Desde la llegada a la estación de Park Square, por otra parte, nos asaltan recuerdos y reminiscencias literarias. Para dirigirme bien y no perder tiempo en divagaciones y preguntas, en vez de una guía banal como las de Appleton o Baedeker, llevaba en mi bolsillo el curioso librito de Wolfe, Tabernáculos Literarios (Literary shrines) e iba haciendo mi peregrinación intelectual dirigido por ese silencioso «cicerone» que desde que puse el pie en Park Street, me señaló la amplia casa de George Ticknor, que durante muchos años fué uno de los centros de cultura de Boston. Sucesivamente fuí recorriendo y visitando la vetusta Old South Church, en cuyo campanario estaba el estudio del historiador doctor Belknap; King’s Chapel, en que ofició durante muchos años uno de los espíritus más finos y elevados de la generación intelectual que hizo la gloria de New England, el doctor Holmes; State-House en que Hawthorne ha puesto el pillory de Hester Prynne, uno de los héroes de La letra escarlata; Tremont House, en que se reunía el «Club de los Jacobinos» con Ripley, Channing Parker y otros reformadores radicales; mientras al recorrer las calles menos bulliciosas, al separarme voluntariamente de las grandes arterias comerciales donde se aglomera la multitud y los carros eléctricos se suceden en fila interminable, con ruido ensordecedor y movimiento que marea, repetía mentalmente la larga lista de nombres gloriosos que forman el blasón de la ciudad universitaria y que constituyen la más brillante constelación de talentos de la gran república. «Aquí Mathew escribió su Magnalia, Paine moduló sus cantos, Allston compuso sus cuentos, Buckminster escribió sus homilias, Bowditch tradujo la Mecánica celeste de Laplace. Aquí Emerson, Motley, Parkman y Pol nacieron; aquí vivió Bancroft, escribió Combe, murió Spurzheim. Aquí predicaron Maffit, Channing y Pierpont; dieron conferencias Agassiz, Phillips y Lyell; Alcott, Elizabeth Peabody y Fuller enseñaron. Aquí Sargent escribió Dealings with the dead, Sprague su Curiosity, Prescott su Fernando e Isabel; aquí tuvo Isabel Fuller sus «Conversaciones» que atrajeron y encantaron a los más brillantes espíritus de su tiempo; aquí vivió Melville, pintado por Holmes en La última hoja; aquí Emerson predicó el Unitarismo y aquí comenzó su carrera como conferenciante y filósofo. Aquí, además de los ya mencionados, Dwight, Brisbane, Quincy, Ripley, Graham, Thompson, Hovey, Loring, Miller, Mrs. Folsom y otros de igual celo y habilidad hablaron y escribieron abogando en pro de varias reformas e «ismos» que estuvieron en boga hace más de medio siglo.

Toda la literatura de este país, o, por mejor decir, la crema de su literatura, ha dejado aquí huellas indelebles, y es necesario confesar que, a pesar del aparente desdén con que muchos se refieren al «espíritu americano», al «arte americano», como si se tratara de una mistificación o de una fantasía, los nombres de Holmes, de Lowell, de Longfellow, de Whittier, de Hawthorne, de Poe, de Emerson, bastarían para ilustrar la historia intelectual de cualquier nación menos joven que los Estados Unidos. Las más puras cualidades brillan en las obras de estos autores. La distinción de su talento les ha conquistado una fama universal, y si bien no tienen por el momento reemplazantes que los igualen, esa pléyade luminosa no será fácilmente olvidada, y ella merece que se le consagre un homenaje reverente. En la esquina de Washington Street y de School Street, en el antiguo Corner Book-Store, o «librería de la Esquina», los miembros más prominentes de aquel cenáculo se reunían habitualmente, siguiendo una tradición uniforme en los hombres de letras de todos los países, y así como en París, en la trastienda de la librería de Lemerre, conocí a Barbey d’Aurevilly, a Sully-Prudhomme y a François Coppée; en el Corner Book-Store pude cambiar algunas palabras con varios jóvenes herederos del grupo glorioso a que antes me he referido, mientras regateaba interesantes especímenes de las primeras ediciones de sus obras más afamadas.

Por lo demás, penetrando en el tohu-bohu de Washington Street y en el centro comercial de State Street, donde se aglomeran los Bancos, las Bolsas, los altos edificios que, como el Ames Building, pueden competir ventajosamente con cualquiera de las enormes estructuras de Nueva York o de Chicago, el perfume de la intelectualidad se evapora y caemos en la fiebre de los negocios, en el estruendo abrumador de la colmena humana alborotada, en la actividad enfermiza de una labor de todos los minutos, en la lucha terrible por la fortuna con todos los desbordes y peculiaridades excesivas de la tierra del omnipotente Dollar. Y esta parte de la ciudad, ya modernizada, se parece a todos los barrios análogos de Filadelfia, de Baltimore, de Chicago, de San Luis, tiene las mismas casas, los mismos letreros, los mismos tranvías, la misma platitud monótona y grandiosa.

En compensación, ninguna ciudad americana posee un sistema de parques más completo y extenso, ni suburbios más pintorescos y poblados. El Common, con sus juegos de base-ball, hockey, foot-ball, etc., es una delicia de sombra y de frescura, de céspedes de un verde tan claro y puro que recuerda el de las residencias señoriales de la campiña inglesa. Los jardines públicos, que forman como una prolongación del primero, están graciosamente dibujados y abundan en plantas de una maravillosa frondosidad y de un cultivo irreprochable. Franklin Park, finalmente, ofrece un campo casi ilimitado a los placeres de la bicicleta, a los paseantes a caballo y a pie, y constituye uno de los más hermosos adornos de que podría enorgullecerse una ciudad de varios millones de habitantes, tan grande es su extensión y tan perfectos sus detalles. Esta red de boscajes y de prados de yerba fina y menuda está ligada entre sí por avenidas igualmente arboladas, y entre ellas merece visitarse detenidamente la de la República (Commonwealth Avenue) con su doble hilera de alamedas y sus palacios grandiosos a la derecha y a la izquierda, una calle ideal, silenciosa y tranquila, en que han levantado sus lares los favorecidos de la fortuna y que goza la reputación merecida de ser la más hermosa tal vez que existe en los Estados Unidos.

En las viejas calles de Cambridge se respira una atmósfera igualmente tranquila, pero saturada de intelectualidad. Sin poseer la vetustez ni el escenario incomparable de Oxford, la situación de Harvard College es sencillamente admirable, y todo en los jardines de la universidad y en sus alrededores invita al estudio, al trabajo sereno, a la contemplación y la investigación de las verdades eternas. ¡Ah! si fuera posible desandar el camino recorrido y volver a los días de la adolescencia lejana—me decía a mí mismo—¡con qué placer enterraría algunos años de mi vida en este rincón apacible y hermoso, tan alejado del tumulto humano que bulle en el hirviente crisol de la vasta democracia americana! Esos árboles centenarios que sombrean calles solitarias con cottages de madera a través de cuyas ventanas se ven perfiles femeninos inclinados sobre el libro abierto o sobre el bordado; la majestad severa de los edificios de la universidad, los pasos juveniles de los estudiantes que cruzan las avenidas o se extienden sobre el césped con su autor favorito en la mano, la tradición de respeto moral y de pureza cristiana de la vieja academia, las modestas viviendas de los profesores que consagran todas sus horas al cultivo de la ciencia, de las letras o de las artes,—todo inspira en Cambridge pensamientos elevados, todo parece desprendernos de las preocupaciones de la vida diaria para hacernos meditar en más grandes y puros ideales. «Con la calma favorable al estudio se tiene allí—ha dicho un viajero distinguido—reunidos en un espació reducido todos los elementos de trabajo, los más abundantes recursos intelectuales; cerca está la ciudad con sus museos, sus galerías de arte, su Ateneo, sus clubs literarios y científicos; en la universidad misma se encuentran cursos de toda especie, profesores de hebreo, de sánscrito, de filología romana, de arqueología, de etnología, de historia política; museos de biología, de paleontología, de botánica, colecciones de cristales y de piedras preciosas, de medallas, de bajorrelieves y de estatuas antiguas, bibliotecas, salas de lectura, laboratorios, todos inmensos y soberbiamente provistos; el Boylston Hall tiene 250 mesas para las manipulaciones; el laboratorio de física, de 250 pies de largo, tiene una mesa construída sin hierro para los experimentos magnéticos, mesas de piedra y una torre con cimientos especiales para los trabajos que exigen el empleo de instrumentos de precisión; la biblioteca, científicamente clasificada, de manera de simplificar las investigaciones, contiene 300 mil folletos y 400.000 volúmenes».

Después de recorrer la universidad, no puede dejarse Cambridge sin visitar la histórica casa de Longfellow, conservada como el tiempo en que la habitó el poeta, y ennoblecida también por haber residido en ella Washington. «La pintoresca mansión—dice Wolfe en una página que prefiero reproducir por sus detalles minuciosos—tiene el aspecto de una antigua conocida, y el interior con sus proporcionados cuartos principescos, espaciosas chimeneas, amplios halls, y curiosos tallados, tiene muchas cosas que Longfellow ha compartido con sus lectores. En la puerta de entrada está el poderoso llamador; un descanso de la escalera mantiene «el viejo reloj de la escalera»; a la derecha del hall está el estudio, con sus recuerdos sin precio del tierno y simpático bardo que pasó aquí lo mejor de su vida de trabajo, desde la temprana virilidad hasta el suave crepúsculo de la edad dulce y benigna. Aquí está su silla, desocupada por él sólo unos pocos días antes de su muerte; su escritorio, su tintero, que antes fué de Coleridge; su pluma con «un eslabón de la cadena de Bonnivard», la antigua jarra de su «Canto a la bebida», la chimenea de «El viento en la chimenea», el sillón tallado en la madera del «dilatado castaño» del herrero, que le fué ofrecido por los niños de la aldea y celebrado en su poema «Desde mi sillón». Alrededor nuestro, están sus libros preferidos, sus cuadros, sus manuscritos, todas preciosas reliquias, y desde sus ventanas vemos, a través del Parque Conmemorativo de Longfellow, el río cantado tan a menudo en sus versos «resbalando como el curso de la vida». En ese cuarto, Washington celebró sus consejos de guerra. De las muchas sesiones intelectuales que sus muros han presenciado, contemplamos con el mayor placer las reuniones de los miércoles por la tarde del Club del Dante, en que Lowell, Howells, Fields, Norton, Greene y otros amigos y discípulos se sentaron con Longfellow para revisar la nueva traducción del Dante. El cuarto tapizado de libras que está sobre el estudio—en un tiempo dormitorio de Washington y más tarde de Talleyrand—fué ocupado por Longfellow cuando vivió, primero como un huésped en la vieja casa. Fué allí que oyó las «Pisadas de los Angeles» y las «Voces de la Noche»; aquí escribió «Hyperion» y los tempranos poemas que le hicieron conocer y amar en todos los climas.»

Otro tributo indispensable al talento es la visita de Elmwood, el hogar de Lowell, la tranquila residencia colonial de uno de los espíritus más nítidos y brillantes de la intelectualidad americana, encerrada en un cerco de árboles seculares como en un muro impenetrable. Finalmente, antes de abandonar la pintoresca ciudad, contemplemos un instante los restos del histórico olmo, a cuyo pie Washington asumió el mando del ejército patriota. Así, a cada momento, en una evocación constante, el pasado surge a nuestra vista, mezclando la gloria de las armas con el brillo de las letras, y mientras nos alejamos de Brabble Street, en dirección a la metrópoli, vamos repitiendo los versos que el poeta dedicó al árbol histórico y que pueden aplicarse igualmente a los demás momentos de la vieja Cambridge: «De nuestro rápido pasaje a través de este escenario de vida y muerte, más duradero que nosotros, ¿qué mejor piedra miliaria que un árbol que repite su verde leyenda cada primavera y con un círculo anual mantiene el recuerdo de las hermosas estaciones fugitivas, tipo de nuestra breve, pero siempre renovada mortalidad?... Los monumentos humanos envejecidos olvidan los nombres que debieron eternizar, pero los lugares en que almas luminosas han pasado se embeben de una gracia más que terrestre; la dulzura de su fama deja en el suelo una huella inextinguible, mordiente, patética, sombreada por la tristeza de los más nobles fines, que penetra nuestras vidas y las eleva o las avergüenza.»

Of our swift passage through this scenery
Of life and death, more durable than we,
What landmark so congenial as a tree
Repeating its green legend every spring,
And, with a yearly ring,
Recording the fair seasons as they flee,
Type of our brief but still renewed mortality.


Men’s monuments, grown old, forget their names
They should eternize, but the place
Where shining souls have passed imbibes a grace
Beyond mere earth; some sweetness of their fames
Leaves in the soil its unextinguished trace
Pungent, pathetic, sad with nobler aims,
That penetrates our lives and heightens them or shames.