De entre la mediocre cáfila de hombres sin pensamiento ni acción, este espíritu noble y de esfuerzo surge como un rayo de sol de entre una nube sombría. Esta gente que no leerá su libro, pero que irá a mentirle elogios, podría inspirarse en su ejemplo. Si así sucede, se convencerá que no es con falsas posturas, ni con adulaciones, ni con genuflexiones adorables, que se conquistan distinciones y honores. García Mérou, por ejemplo, se los ha conquistado a fuerza de puños, de una labor ruda y continua, de un trabajo sano y persistente, de una honrada existencia.
Iba a penetrar en la estructura de su libro, pero noto que el espacio me falta. Por otra parte, paréceme que no es de absoluta necesidad entrar en la descripción de los distintos capítulos de que se compone. Baste saber que los Estados Unidos, en lo que tienen de más grande, han hallado en Martín García Mérou un propagador admirable y que los Estudios Americanos compendian y dan una idea exacta de su movimiento económico y social, de sus instituciones e industrias, de muchas de sus costumbres y de un crecido número de sus hombres ilustres.
Los que se interesan por esta nación deben apresurarse a leer el libro que el señor García Mérou ha tenido a bien legarnos, que los instruirá deleitándolos, como dicen los aficionados a la retórica.
Por mi parte, vuelvo a leer los capítulos sobre «John Hay» y ese triste y doloroso que se llama «Un christmas sombrío» y los consagrados a Henry Cabot Lodge, uno de los más interesantes, a «David James Wells», al «Génesis del imperialismo»; y al doblar la última hoja, recuerdo que son pocos, muy pocos, los libros que como Estudios Americanos se han escrito sobre la gran República del Norte, a quien un poeta amigo mío llamó el Calibán de América, en un día de locura.
Eugenio Díaz Romero
Estudios Americanos
I
IMPRESIONES DE BOSTON
De todas las ciudades americanas, tal vez la más interesante y original, la menos nivelada y amoldada por el progreso vertiginoso que ha uniformado la fisonomía de las capitales de este país, es Boston, centro de cultura académica y de refinamiento intelectual, en que viven tradiciones literarias y en que se conserva el culto celoso del genio americano. Mientras el tren rápido me conducía desde Nueva York hasta el corazón de la metrópoli de Massachussetts, después de haber entrado íntegro en un colosal ferry-boat, recorriendo una gran parte de la bahía de la gran capital y pasando bajo la red gigantesca del puente de Brooklin, para entrar en Harlem River y volver a tomar de nuevo las vías en que ahora volamos arrastrados por una de esas gigantes locomotoras de carrera (racers) que devoran las distancias, iba confirmando en silencio la exactitud de las observaciones de un viajero humorístico respecto a la reputación de que goza Boston en el resto de la Unión. Como a él, se me había dicho en tono de broma que «tan pronto como el tren entrara en la Nueva Inglaterra, oiría muy poco inglés, porque casi todo el mundo hablaba latín o griego; que los teatros representaban sólo tragedias de Esquilo o Sófocles, y de cuando en cuando una pieza de Ibsen; que no se permitía ni fumar ni jurar en las calles; que las señoras llevaban velos azules y lentes; que los hombres hablaban el inglés más británico posible, y en vez de pecheras de camisa llevaban sus diplomas de pergamino de Harvard College; que los niños iban en procesión por las calles a pedir al gobernador que se aumentaran las horas de clase; que en los principales clubs tres veces por semana se debatían cuestiones metafísicas; que en las tertulias, después de la discusión de algún tema propuesto por un profesor de Harvard, se servía Apollinaris y crema helada, mientras en las casas muy chic (very swell), se convidaba a los invitados con «Club soda».
Sin tomar muy al pie de la letra estas bromas con que los habitantes de Nueva York acostumbran satirizar a los «bostonianos», es lo cierto que en la vieja capital se respira una atmósfera diferente que en el resto de este inmenso país, y que el amor a la ciencia se ostenta en ella en las formas más inesperadas. Así, al entrar en el magnífico Hotel Touraine, recientemente edificado y servido a la francesa, con todos los refinamientos de un lujo exquisito, lo primero que me llama la atención es una soberbia biblioteca de autores escogidos y el aire de recogimiento con que, en sus cómodos sillones y alrededor de sus mesas, se entregan a la lectura una veintena de mujeres que, para decir la verdad, no usan lentes ni velos azules. Esa biblioteca, realmente admirable, es el orgullo del hotel y su rasgo característico. No pude menos de expresar a una distinguida señora americana con quien la recorríamos mi agradable sorpresa al encontrar ese centro de estudio en medio de un establecimiento de carácter tan forzosamente prosaico, y ella me respondió sonriendo, con una frase en que devolvió la pelota a los neoyorquinos que me habían caricaturado a Boston: «You know, en Nueva York la mejor pieza de los hoteles es el bar; entre nosotros la biblioteca.»