En muchas ocasiones, ya se trate de instituciones, ya de hombres, procura que el lector se ilustre con opiniones extrañas a las suyas. Dicho método produce, naturalmente, una impresión favorable para quien no está muy al corriente de lo que pasa en aquellos lugares, al mismo tiempo que corrobora con nuevas ideas las que el lector pudo formarse acerca de las materias que desenvuelve en su peroración elocuente y fundada. El método informativo y ameno de su exposición hace que los Estudios Americanos se lean con facilidad y con interés ascendente. Muchos y muy distintos son los asuntos que García Mérou trata de interpretar en su obra. Sin temor a equivocarse, puede decirse que quinientas páginas nutridas, abonan, si no completamente, por lo menos en su mayor parte, la vida, las manifestaciones comerciales e intelectuales de ese pueblo, el movimiento, en fin, de sus industrias, la descripción de sus principales ciudades, el estudio de sus severas instituciones educacionales, de sus más grandes progresos, de sus más célebres acontecimientos políticos.

Todo está estudiado, todo está visto con amor, que yo diría americano, pues está probado que los europeos no miran sino con cierto recelo el desarrollo de los Estados Unidos que, joven aun y con los atropellos inherentes a su corta vida política, se ha colocado a la vanguardia de las naciones del mundo. Y es necesario consultar este libro para ver cómo ha ido evolucionando hasta adquirir la forma que hoy ha adquirido y para que su informe grandeza aparezca en su magnitud verdadera.

Injustamente se ha reprochado a los Estados Unidos el desdén con que ha mirado siempre las manifestaciones superiores de la inteligencia. Para refutar una inculpación semejante y destruirla totalmente, no habría más que apoyarse en la urgencia en que todos los pueblos de formación embrionaria atienden a su existencia económica.

Pero es que los Estados Unidos han dado pruebas de una intelectualidad gigantesca en una cantidad de obras que, por desgracia, no han alcanzado la popularidad que debían.

Con haber engendrado a Edgardo Poe habría hecho bastante. ¿Quién niega que Poe fué uno de los más grandes hombres del siglo? Pero es que no es sólo Poe, sino que son Emerson y Longfellow, Hanthurne y Lowell, Walt Whitman y Wisthler, Sullivan, Holmes y Whittier, impuestos hoy a la admiración universal.

¿Cómo se explica entonces el rencor europeo por todo lo que es «americano», como si esta palabra «americano» envolviera todo un pasado de obscurantismo y derrota? ¿Será necesario buscar en el progreso excesivo, en la rara energía, en la grandeza acumuladora y enorme, en el dominio exclusivo y desmesurado de la raza, la antipatía de la vieja Europa por ese inmenso pueblo ciclópeo? ¿O es que la altivez del pueblo yankee lo irrita? ¿O es que Europa ve en los Estados Unidos su sepulcro futuro?...

El señor García Mérou roza estas cuestiones en algunos capítulos.

Una de las cosas que me han llamado más la atención es la independencia de su juicio al penetrar en asuntos tan complicados y resbaladizos. En esto se diría que procede como los noveladores realistas, es decir, sin traducir sus emociones ni sus ideas ante el objeto observado, como un simple espectador que ve y analiza, reservándose su opinión o escondiendo su sentimiento. Así es como el escritor puede apreciar mejor los fenómenos sociales y los hechos que caen bajo el dominio de sus facultades.

Estados Unidos ofrecía un hermoso escenario al autor de las Confidencias literarias y un vasto campo de acción a sus notorias cualidades de escritor y de hombre estudioso. Ignoro el tiempo que ha empleado en terminar una obra de tan vastas proyecciones como la que ha publicado, pero imagínome que no ha sido breve.

A García Mérou no lo intimidaba el trabajo: se formó trabajando y concluyó como había comenzado, es decir, con la pluma en la mano.