Nada más asombroso que las cifras reveladoras de este progreso extraordinario. Ellas nos demuestran que Chicago, que se organizaba en 1837 como ciudad con una población de 4.170 habitantes, es hoy la sexta ciudad del mundo y tiene cerca de dos millones de almas. En 1833, el Congreso votó 25.000 pesos para establecer un puerto en el lago Michigan, en el punto en que hoy se extiende la ciudad. Hoy este puerto tiene siete millas de muelles y está iluminado por siete faros mantenidos por el gobierno. En 1850 el comercio de la ciudad era de unos veinte millones de dólares. El censo de 1890 eleva esa cantidad a pesos 1.459 millones. En el mismo año el total de los salarios pagados a los obreros en las fábricas de Chicago llegó a 104 millones, mientras el capital empleado en las fábricas era de 210 millones. El desarrollo de la educación ha seguido una marcha paralela y en 1894 se gastaba en mantener las escuelas públicas de la ciudad seis millones de dólares, mientras el valor de la propiedad de las mismas llegaba a 18 millones. Más singulares aun son las cifras que se refieren al movimiento marítimo de Chicago, situada al borde de un lago, en el corazón de este vasto continente. En 1894 el número de navíos que entraron y salieron del puerto de Nueva York fué de 14.121; mientras en el mismo año entraron y salieron del puerto de Chicago 16.768 navíos. Del movimiento de tráfico terrestre puede formarse una idea aproximada teniendo en cuenta que Chicago es el centro de una red de caminos de hierro de 90.000 millas de extensión.
Al tomar el tren para Omaha la espléndida ciudad desarrolla una vez más a nuestros ojos la inmensidad de sus proporciones. Las calles suceden a las calles, la poderosa locomotora vuela sobre las cintas de acero, y cuando creemos que por fin vamos a salir a campo abierto, nos encontramos de nuevo en medio del dédalo gigantesco, en el vaivén de la población interminable. En la rapidez de la marcha, todo el panorama de su vida febriciente desarrolla sus cuadros pintorescos y animados. Los obreros marchan a sus labores, con paso diligente y con esa mirada franca y leal, característica del trabajador americano. Los trenes elevados cruzan como una exhalación a derecha e izquierda, mientras los carros eléctricos pasan con el chirrido peculiar de los trolleys o el rumor sordo del cable subterráneo. Las altas chimeneas de los establecimientos industriales lanzan al espacio bocanadas de humo espeso y perezoso, que se extiende como un inmenso velo sobre los edificios y se mezcla lentamente con la bruma impalpable de la mañana nebulosa. Poco a poco el movimiento va decreciendo, la atmósfera empieza a recuperar su diáfana transparencia y los primeros soplos de la brisa campestre apaciguan los nervios irritados por la tensión continua de aquel tumulto atronador. Al fin, la visión del Chicago atormentado y dantesco acaba de desvanecerse como una pesadilla, mientras el tren cruza la región de las llanuras del oeste, desiertas hace medio siglo, o cruzadas tan sólo por el indio, y que hoy están habitadas por una población próspera e industriosa.
La pradera americana, cantada por Bryan en un poema inolvidable, recuerda las llanuras argentinas, aunque en general es más accidentada que nuestra Pampa y más cultivada que ella. Después de pasar por Fulton, última estación del estado de Illinois, el tren cruza el río Mississippi sobre un puente soberbio de 1.500 metros de extensión que nos introduce en Iowa. Más tarde se desciende el valle del río de Des Moines, en medio de un escenario imponente. A la montaña sucede nuevamente la pradera hermosa y cultivada sembrada de aldeas que respiran prosperidad. Al fin empieza el descenso del valle del Missouri, que nos conduce a Council Bluffs, ligada por dos puentes de acero de cerca de un kilómetro de largo a la ciudad de Omaha, fundada en una hermosa altiplanicie limitada por ásperas barrancas.
Ha llegado el presidente McKinley, acompañado de periodistas y diplomáticos, el pueblo se aglomera en torno de ellos, aclamando al presidente, al general Schafter, el héroe de Santiago, al general Miles, el héroe de Puerto Rico, al viejo general Joe Wheeler, a los ministros de China y de Corea, el primero de los cuales, graduado de Oxford, pronuncia speeches en correcto inglés y a Gonzalo de Quesada, el representante da la junta cubana en Washington, que toma una parte activa en los torneos oratorios indispensables en las festividades patrióticas americanas. Se trata de la celebración del jubileo de la paz, y la ocasión da motivo al señor McKinley para pronunciar una de sus arengas más elocuentes y felices.
La exposición en sí misma no ofrece un interés extraordinario. La sobriedad y belleza de los edificios impone agradablemente; pero fuera de la exhibición agrícola, que es realmente notable, las demás secciones no tienen el desarrollo que sería de desear. Por la noche, es de una belleza indescriptible, el espectáculo de la iluminación eléctrica de los palacios, cuyas diez mil lámparas incandescentes se reflejan en la laguna central, donde resbalan góndolas venecianas. La exposición se encuentra situada a dos millas de la ciudad y posee todo el atrezzo común a los espectáculos de su especie. Hay allí la montaña rusa y el toboggan reglamentario, la calle de las Naciones con chinos verdaderos, levantinos escamados y muestras más o menos legítimas de las razas del Extremo Oriente. Los descendientes de las tribus que en 1854 cedieron a los Estados Unidos el territorio en que hoy se eleva la ciudad, hacen un simulacro de batalla india lleno de interés y de gran actualidad, pues precisamente en estos momentos fuerzas americanas se baten pour de bon con los salvajes en el estado de Minnesotta. Los teatros y los panoramas; los cafés moriscos y la posada bohemia; el túnel de una mina de oro californiana; la danza subterránea de los demonios en la sección llamada The Big Rock; la reproducción del peñasco de Plymouth, en que desembarcaron en 1621 los puritanos; la cámara obscura con sus cuadros cambiantes y sus linternas mágicas, la enana de Cuba llamada Chiquita, de veinte años de edad y veintiséis pulgadas de alto; el ciclorama en que se presenta el combate naval entre el Merrimac y el Monitor en 1862; los perros y los monos sabios; la aldea alemana; la menagerie con sus 500 especies de animales; el laberinto; la reproducción de una plantación antigua, y, finalmente, el ferrocarril en miniatura,—son las novedades que amenizan la feria y que recuerdan una de las páginas más coloridas de Dickens, la pintura de los viajeros que con rumbo a las carreras se reunen en la taberna de Jolly Sandboys.
Omaha es el centro geográfico de los Estados Unidos y su rápido progreso representa de una manera digna, el crecimiento de la región transmississippi, cuya población alcanza hoy a más de 20 millones de habitantes establecidos en 2 millones y medio de millas cuadradas. La designación de aquel punto ha sido feliz y aunque los miembros del sindicato que proyectaron esta empresa no pudieron prever la guerra con España, que absorbió por tanto tiempo la atención pública, más de dos millones de visitantes han asegurado el éxito financiero de la exposición, dejando ya una ganancia líquida de 150.000 dollars para los promotores de la idea. Los recursos inagotables de este país son la mejor garantía de tentativas de esta especie. Los Estados Unidos constituyen un mundo aparte, y bastándose a sí solos, gozan de una verdadera independencia política e industrial. Pero sin duda el fenómeno más asombroso del desenvolvimiento de la joven democracia es la conquista del Oeste, la invasión pacífica y civilizadora de la región transmississippi.
El honorable J. W. Baldwin de Council Bluffs, en su oración inaugural recordaba que en 1858 la North American Review declaraba lo siguiente: «El pueblo de los Estados Unidos ha alcanzado a su frontera terrestre occidental, y los bancos del Missouri son las orillas en que termina un vasto desierto de mil millas de ancho, que se propone atravesar, si ello es posible, con caravanas de camellos y que interpone una barrera final al establecimiento de grandes comunidades agrícolas, comerciales o aun pastoriles.»
¿Dónde está hoy ese desierto?, se pregunta con orgullo Mr. Baldwin, al hacer el balance de las conquistas realizadas por sus compatriotas. «En lugar de él podemos mostrar una inmensa chacra de 67 millones de acres bajo cultivo y cuyos productos alcanzan anualmente a un valor de mil millones de dólares. Las praderas que fueron consideradas «impropias para el cultivo» producen anualmente 1.200 millones de bushels de maíz, 350 millones de bushels de trigo, 30 millones de toneladas de heno, cuyo valor total llega a 600 millones de dólares, sin contar el valor de los otros cereales, frutas y legumbres. En vez del «oso caparazonado y del búfalo», 9 millones de caballos y mulas trabajan en los valles; 32 millones de animales pastan en las colinas; 51 millones de ovejas y de cerdos producen sus vellones y engordan, y el valor de este ganado llega a 1.200 millones de dólares. Se pensó en un tiempo que 15 millones de dólares, era un precio excesivo para esta «región salvaje». Hoy su producción anual de oro y de plata es de 100 millones de dólares, de cobre y otros minerales de otros 100 millones y de carbón 30 millones. Con el solo precio de los metales preciosos, podríamos pagar el precio de compra en setenta días. La «barrera para el establecimiento de empresas comerciales», ha caído derribada por el hombre de la frontera y más allá de ella, giran las ruedas de las fábricas produciendo anualmente un valor de 1.400 millones en artículos de la mejor y más barata manufactura del mundo. Como las «caravanas de camellos» no venían del Egipto, el pueblo de esta región, construyó 80.000 millas de caminos de hierro, como medio de viaje y de transporte. En la tierra en que solamente hace cincuenta años vagaban salvajes aborígenes y se abrigaban en wigwams y tiendas de hojas de palma, ahora viven 22 millones de ciudadanos inteligentes, con 121 universidades y colegios; 62.000 escuelas, 5.700.000 niños, 6.000 periódicos y 45.000 organizaciones religiosas cuyos miembros alcanzan a 3.500.000 y que reverencian a su Dios en 44.000 iglesias destinadas al culto. Finalmente, la riqueza agregada de esta región del país llega a 22 mil millones de dólares, o sea, más de la mitad del capital íntegro de la Gran Bretaña.»
Próximamente, tendrá lugar aquí la exposición ganadera, y aunque ella se abrirá sólo dentro de dos semanas, casi todos los estados de la Unión están ya representados, mientras en las calles de la ciudad, se cruzan los principales criadores de los Estados Unidos. La exposición ganadera no se limitará a la región del oeste, habiendo llegado ya animales finos de Illinois, Indiana y hasta de los estados de la Nueva Inglaterra. Cincuenta mil dólares al contado, serán distribuidos, junto con una cantidad mayor en medallas, certificados, y otros premios. Refiriéndose a esta exposición, leo hoy en el carro eléctrico que me conduce a la feria, un artículo de The Country Gentleman, muy interesante: «La industria ganadera del oeste,—dice,—está en una condición floreciente. Nebraska, es un ejemplo elocuente de lo que pasa en los estados adyacentes, a este respecto. Los vacunos y otros animales han alcanzado un precio muy elevado. Un detalle curioso de la presente situación es el hecho de que el caballo, como artículo de comercio, parece estar atrayendo mucha más atención ahora en los estados occidentales que de diez años a esta parte. Este año un buen caballo de campo vale de 40 a 50 pesos, mientras hace algunos meses el mismo caballo no alcanzaba la mitad de ese precio. Muchos de estos animales vienen de las chacras de Illinois, Michigan, Indiana, Ohío e Iowa. Otro detalle interesante de la exhibición ganadera serán las lecciones prácticas de lo que se conoce por campaña educadora del «cerdo magro», que harán los empacadores del oeste. Esas lecciones tienden a demostrar a los productores que es preferible producir un animal que pese 200 libras, en vez de un animal más pesado. La demostración se hará en forma de corrales de varios tamaños, con cerdos de un peso de 195 a 300 libras. Habrá estadísticas preparadas mostrando lo que cuesta producir el cerdo liviano, el precio que obtiene el animal en la cotización del mercado diario y cuáles son las probabilidades de pérdida, comparado con el cerdo más pesado. Después, las mismas estadísticas serán aplicadas al cerdo de 300 libras. El deseo de los empacadores en general, es fomentar la producción del cerdo magro más pequeño, del cual se obtiene la más fina calidad de tocino inglés de desayuno (English breakfast bacon). Esta clase de cerdo, se cotiza siempre de uno a dos centavos más por libra, en Chicago, Kansas City, Omaha, que el cerdo de 300 y 350 libras.»
Los resultados de la exhibición ganadera serán, indudablemente, muy interesantes. Omaha, lo he dicho ya, es el tercer mercado de carnes en América, y en ninguna parte mejor que aquí puede estudiarse los adelantos de la ganadería de este país, así como admirarse la pujanza de la raza que ha edificado esta hermosa ciudad, y que hoy se regocija de su obra, recorriendo complacida y orgullosa los palacios monumentales de la exposición y aclamando con entusiasmo a los héroes de la guerra con España.