III
EN SAINT-LOUIS
No he querido abandonar el oeste, sin arrojar una ojeada a esta extraordinaria ciudad de Saint-Louis, que es, no solamente la metrópoli del valle del Mississippi, sino como ha sido dicho con exactitud, el corazón comercial de la inmensa región comprada a Francia en 1804. De aquí nace su abolengo de ciudad antigua. Después de Nueva Orleans, Saint-Louis, era el centro más importante de aquella soberbia adquisición territorial. Fundada nueve años antes que Filadelfia, doce años antes de la declaración de la independencia, a fines del siglo pasado, los franceses la habían convertido en una provechosa y próspera factoría, donde se realizaba en grande escala el comercio de las pieles con los indios, únicos habitantes de aquellas inmensas soledades inexploradas.
Saint-Louis, está situada en la banda occidental del Mississippi, y es la llave geográfica de esa magnífica cuenca que comprende un área territorial mayor que las de Alemania, Francia, Austria-Hungría, Italia y Turquía reunidas. Una avenida de 124 pies de ancho la divide de norte a sur. Su situación, excepcionalmente favorable, como punto a que convergen todas las grandes líneas férreas que cruzan el territorio de los Estados Unidos, y las que se dirigen a México, le da aún las ventajas de ser un puerto fluvial de enorme importancia, a donde se detienen los vapores que navegan el Mississippi y el Missouri. Así, su crecimiento ha sido tan estupendo como el de las más favorecidas metrópolis modernas, y el último censo le da una población de 611.268 habitantes.
Por lo demás, la fisonomía general de la ciudad, tiene los mismos caracteres que las de todas las capitales americanas, cortadas por el mismo patrón, con su Broadway tumultuoso, copiado del de Nueva York, su Washington Avenue, semejante a la de Boston, su Chestnut Street, igual a la de Filadelfia, su espléndido sistema de parques, análogos a los de todas las anteriores, sus cortes de justicia, monumentales, su City Hall coronado de pináculos y torrecillas y su Union Station colosal, con una superficie techada de cuatro millones de pies cuadrados. Esa uniformidad de aspecto, de arquitectura, de «high buildings», en que sobresalen siempre un templo masónico y una «Equitativa», se extiende en América, hasta a los nombres de los parques, las calles, las avenidas y las estaciones Los carros eléctricos, igualmente administrados y construídos, aumentan esa impresión de monotonía.
Para distinguir, pues, a Chicago de Saint-Louis, a Saint-Paul de Cincinatti, a Pittsburgh de Providence, es necesario hacer desfilar las cifras estadísticas, que muestran la importancia relativa y los rasgos característicos, comerciales o industriales de cada agrupación. Naturalmente, en este terreno, Chicago aplasta a todas, a pesar de su juventud; pero Saint-Louis puede exhibir un record, que es por sí mismo suficientemente recomendable. Por de pronto, Saint-Louis es, por su rango, la quinta ciudad de la Unión. Sus calles ocupan una superficie de 818 millas, pavimentadas con macadán y piedra, con excepción de 53 millas en que se han empleado otros materiales. El sistema de sus aguas corrientes, costó 13 millones de dólares, y ellas tienen una capacidad de 132 millones de galones diarios.
La longitud total de sus caños de desagüe en 1890, era de 328 millas, y el costo total de su construcción de 7.206.780 pesos. Como centro manufacturero, Saint-Louis, figura dignamente, con sus 6.148 establecimientos industriales, con un capital de 141.872.386 pesos. Ellos emplean un término medio de 94.951 obreros, cuyos salarios suben a 53.294.630 pesos.
Las materias primas empleadas en dichos establecimientos cuestan 122.216.570 pesos, y el valor de sus productos llega a 229.157.343 pesos. ¿Para qué seguir? Con lo dicho basta para comprender que Saint-Louis no tiene motivos por qué humillarse, ni aún al lado de ese fenómeno de crecimiento y riqueza que se llama Chicago.
Ciudad comercial por excelencia, como Cincinatti, como Chicago, como Omaha, las glorias de Saint Louis consisten en amontonar muchos dólares y en edificar muchas casas de grande altura, colmenas de actividad industriosa. No aspira a los triunfos académicos ni a los lauros universitarios. Lo que desea y lo que consigue, es que a sus elevadores afluya mucho trigo, que su puerto sea visitado por muchos navíos, que sus estaciones rebosen de productos de la agricultura, de la ganadería y de la minería; y en su calidad de pueblo práctico, de pueblo trabajador, curado de quimeras, como todo el joven oeste, Saint-Louis es expansionista y conquistador, Saint-Louis quiere que «donde la bandera americana ha flameado, ella permanezca por siempre»; y se deleita de antemano pensando en la cantidad de máquinas y de géneros de toda especie, que le comprarán los portorriqueños, los cubanos y los filipinos.
He aquí la cuestión que por ahora absorbe a la inmensa región a que está vinculada esta magnífica capital, cuestión puesta sobre el tapete por el viaje presidencial a Omaha y a Chicago, con su acompañamiento de héroes como Shafter, Wheeler, Greely y Miles. La visión de tanta gloria encarnada ha trastornado la cabeza de los habitantes del oeste y ha refluído de una manera inesperada sobre el espíritu del presidente McKinley. El corresponsal del Chicago Record, que acompañaba la gira presidencial, William E. Curtis, explica de una manera clara el efecto de esta recíproca sugestión. Refiriéndose a la resolución tomada por el presidente, de pedir a España el grupo entero de las Filipinas, dice el distinguido publicista: «No creo que el presidente iría tan lejos en el asunto de las Filipinas, si no hubiera realizado su gira reciente por el oeste. Los iniciadores del jubileo de la paz de Chicago y de la exposición de Omaha, tienen en consecuencia no poca responsabilidad en la dirección de la política exterior del gobierno. El presidente se impresionó tanto con el sentimiento público, manifestado por todas partes en el oeste, que desde entonces no persistió más en sus inclinaciones de evitar la responsabilidad que la adición de tanto territorio le impondría. Los miembros del gabinete se han divertido bastante con el desarrollo de esta cuestión. Mientras más se internaba el presidente en el oeste más expansionista se mostraba, y uno de sus consejeros declaró que si hubiera llegado hasta Denver también hubiera pedido las islas Canarias.»
Ha existido en la Unión, hasta hace poco—y malos profetas dicen que existe todavía—un oeste platista en oposición a un este rebosante de gold-bugs; y si la expresión de este nuevo sentimiento continúa, tendremos ahora un oeste imperialista en contraposición a un este enemigo de la expansión territorial. Mientras las muchedumbres de Omaha aclamaban a los héroes de la campaña, y pedían nuevas posesiones, panes et circensis, el senador Hoar, uno de los espíritus más cultos y distinguidos de esta nación, y una de las lumbreras del Massachussetts, universitario y apegado a la tradición de los padres, señalaba a sus oyentes los peligros y los errores de la expansión, en palabras tan sobrias como elocuentes.