«Este año—exclama—ha rebosado de historia y ha rebosado de gloria. Pero, a mi juicio, también él ha estado lleno de peligros. La bandera de España, en otro tiempo, y desde los días del imperio romano, el más orgulloso de los poderes de la tierra, ha caído en la obscuridad y en la sangre, ante la escuadra y el ejército victoriosos de los Estados Unidos.
«El pendón americano se ha alzado en el firmamento oriental, como una nueva constelación. Pero no aceptemos los deberes y responsabilidades de esta victoria, con ningún sentimiento de vanagloria, y todavía menos con ambición vulgar de poder o de ganancia. Los Estados Unidos han ido a esos pueblos del este y del oeste, como un gran libertador. Aprovechar esta ocasión para hablar de estaciones carboneras y de ventajas comerciales, los degrada y empequeñece.
«No hemos derribado a España, no hemos puesto en peligro las vidas preciosas de nuestros hijos para poder aumentar nuestras posesiones, o para poder obtener ganancias de nuestras nuevas relaciones.
«El primer deber del pueblo americano es preocuparse de sí mismo, y cuando digo esto no lo hago en un espíritu de egoísmo o de indiferencia por el bienestar del género humano. Por el contrario, creo que el más alto servicio que el pueblo americano puede prestar a la humanidad y a la libertad, es reservar sin mancha y sin cambios, la república tal como nos vino de nuestros padres. Es por medio del ejemplo y no por medio de cañones o bayonetas que la gran obra de América, en beneficio de la humanidad, deberá realizarse.
«Y en mi opinión, estamos hoy en frente de un gran peligro, un peligro más grande que los que hemos encontrado, desde que los peregrinos desembarcaron en Plymouth. El peligro es que vamos a transformarnos de una república fundada sobre la declaración de la independencia, guiada por los consejos de Washington, en un vulgar y ordinario imperio, fundado sobre la fuerza material.
«Por mi parte, no estoy deslumbrado por el ejemplo de Inglaterra. Las instituciones de Inglaterra, que le han permitido gobernar con éxito colonias distantes y estados vasallos, están fundadas, como Mr. Gladstone señaló, en la doctrina de la desigualdad. Si estamos destinados a sobrepasar a Inglaterra en poder nacional, será siguiendo nuestro propio camino y no sus huellas.
«Se ha dicho que Puerto Rico ya es nuestro. Puede ser que Puerto Rico llegue a ser nuestro. Pero no existe autorización bajo la constitución de los Estados Unidos para adquirir ningún territorio extranjero, excepto por un tratado, aprobado por el senado, por dos tercios de votos o por un acto legislativo, en el cual, el presidente, la cámara de representantes y el senado estén unidos. Se dice que las islas Filipinas son ya nuestras por derecho de conquista. Los seres humanos—hombres, mujeres, niños, pueblos—no pueden ganarse como despojos de la guerra o presas del combate. Puede ser que tal doctrina encuentre un sitio en las antiguas y bárbaras leyes de la guerra. Pero ella no es admisible bajo la constitución americana.
«Ella no cabe, tampoco, en el código moral del pueblo de los Estados Unidos. He explicado, en otra parte, las consideraciones que a mi juicio garantizaban la adquisición del Hauaii. Hauaii vino a nosotros con el consentimiento de su propio gobierno, el único gobierno capaz de mantenerse allí por un considerable espacio de tiempo. En el caso de las Filipinas, se nos pide que avasallemos a una nación y que la mantengamos en vasallaje. Las tomamos por conquista y las conservaremos por la fuerza. En el caso de las islas Sandwich, las tomamos por acuerdo celebrado con su gobierno legal.
«Algunos de nuestros buenos amigos han dicho, en su celo irreflexivo, que donde va la bandera americana allí debe permanecer. Pero, seguramente, ellos no pueden desear que el país se ligue a esta doctrina. Plantamos nuestra bandera en la ciudad de México. Pero nadie pidió que permaneciera allí. Si la guerra continúa, podremos plantarla en la costa de España, aunque no deseamos mantener un dominio permanente sobre ella.
«Si las islas Filipinas llegan a ser nuestras, según la última decisión de la suprema corte, cada niño que en adelante nazca allí, llegará a ser un ciudadano americano, libre de entrar, libre de salir. ¿Pensáis conservarlos como vasallos? ¿Pensáis fundar una clase educada y gobernante? ¿Váis a tener al colector de contribuciones como el más frecuente y conocido visitante de toda casa americana? ¿Váis a aumentar varias veces vuestra deuda nacional? Todas estas cosas están envueltas en ese salvaje y apasionado grito a favor del imperio. Por mi parte, rechazo y detesto la idea que el pueblo americano se decida a someterse a semejante transformación.»