Cuando al fin se decidieron por la revolución, su peso inclinó la balanza del lado de la Independencia; si se hubieran decidido antes, no se hubiera vertido tanta sangre, no se hubieran levantado tantos patíbulos, no contaría tantos horrores la historia mejicana.
Por eso los mejicanos, haciendo justicia á los verdaderos fundadores de su gloriosa nacionalidad, conservan el culto de Hidalgo, Morelos y Matamoros, festejan el 16 de septiembre, se enorgullecen con las glorias de los que combatieron en la que pudiéramos llamar época heroica de la Independencia mejicana, sin acordarse apenas de los que consumaron la obra con sus arrojos tardíos, en época de victorias fáciles, de triunfos lisonjeros y de evoluciones útiles.
Miguel Hidalgo y Costilla, que así se llamaba el héroe, tuvo que refrenar excesos y desórdenes de gentes allegadizas, necesitando ordenarlas y disciplinarlas al mismo tiempo que hacía su propio aprendizaje de la guerra. Combatir contra un poder constituído, tradicional y fuerte, aprender lo que ignoraba, instruír al mismo tiempo á los suyos, es una triple tarea llena de dificultades que excusan los desaciertos, las faltas militares, los errores políticos del cura de Dolores. No por fanatismo personal, sino por acomodarse al fanatismo ajeno, levantó por enseña revolucionaria la imagen de la Virgen. La devoción de los indios á la virgen de Guadalupe, hábilmente explotada por Hidalgo, le dió un gran contingente de soldados y el apoyo de la raza indígena. Hasta un regimiento colonial formado como todos por soldados indios (el de la Reina, si mal no recordamos) se unió á las fuerzas de Hidalgo en los primeros tiempos.
El 28 de septiembre, doce días después de haberse iniciado la revolución, se titulaba el cura «teniente general» y mandaba un ejército de 56,000 hombres, con el cual tomó posesión de Guanajuato pasando á cuchillo á toda la guarnición y al intendente Riaño (que se hizo fuerte en la Alhóndiga y se defendió como era su deber.)
Hidalgo se valió del fanatismo de los naturales como medio de arrastrarlos al combate por la independencia. Los españoles se sirvieron de las mismas armas para combatirlo, creyendo desautorizarlo con excomuniones de la Iglesia. Por eso fué Hidalgo excomulgado como hereje, sacrílego y perjuro, excomuniones que habían de hacerle poca impresión á él mismo, pues siendo cura estaba en el secreto de su inutilidad, pero podían determinar deserciones en su ejército. Supo contenerlas con habilidad, y no sólo conservó sus fuerzas, sino que las aumentó, dotándolas de buena artillería de la fundición por él establecida en Guanajuato.
Entró en Valladolid el 10 de octubre de 1810 y fué nombrado generalísimo con facultades para legislar y tratamiento de Alteza serenísima.
Poco después, en Monte de las Cruces, derrotó las fuerzas de Torcuato Trujillo, quedándole abierto el camino de la capital. En pocas jornadas hubiera podido llegar triunfante á Méjico, pero no se atrevió; y contramarchando con rumbo hacia Querétaro, se encontró con el famoso Calleja que le derrotó poco menos que sin combatir. Hidalgo, sin embargo, tenía en aquel encuentro unos 40,000 hombres y 12 piezas de artillería. Pero sus soldados eran todavía bisoños y sus oficiales inexpertos, como improvisados y sin instrucción, lo cual explica de sobra su inferioridad.
Después de esta derrota se retiró á Valladolid, donde reorganizó sus huestes lo mejor que pudo. Se trasladó en noviembre con 7,000 hombres, casi todos de caballería, á Guadalajara, ciudad que había caído en poder de la revolución. Allí se constituyó un gobierno presidido por Hidalgo, cometiéndose muchas crueldades con los españoles y degollándose con ensañamiento á personas inocentes y aun inofensivas. Los mismos historiadores mejicanos juzgan con dureza los actos de Hidalgo, de alguno de sus tenientes y de muchos de sus hombres. Las guerras justas no deben ser inhumanas; los jefes de un ejército deben reprimir los instintos sanguinarios que pueda haber en la tropa; los crímenes de Guadalajara, como los ejecutados antes en Valladolid, son tanto más sensibles por que eran innecesarios. Allende, compañero de Hidalgo, se opuso con su influencia á la perpetración de tales crímenes: todo fué inútil.
Grandes tiranías, duras represiones y sangrientas represalias hicieron los españoles en la guerra de la independencia; en toda América sacrificaron víctimas, atropellaron inocentes y cometieron crímenes dignos de la reprobación, de la execración universal. Pero es fuerza convenir en que el cura Hidalgo les marcó tan mala senda. Las represalias no se justifican nunca, pero se explican á veces por la dura necesidad de la defensa propia. Los primeros crímenes de la guerra americana son imputables, desgraciadamente, al cura de Dolores. La posteridad le agradece el heroísmo de que dió pruebas iniciando en Méjico la revolución; le perdona sus faltas, en gracia del sacrificio de su existencia que hizo en aras de la independencia mejicana; pero no le considera á la altura de los grandes héroes, valientes al mismo tiempo que humanos, como Bolívar, San Martín, Wáshington, Sucre, Allende y tantos otros.
El 17 de enero de 1811 fueron batidos Hidalgo, Allende y Abasolo con 80,000 infantes, 20,000 jinetes y 96 bocas de fuego, por 5,000 hombres de tropas regulares que acaudillaba Calleja. El combate fué reñido; pero al fin tuvo que ceder el número ante la disciplina y buena dirección de las fuerzas virreinales. Hidalgo dejó en poder del enemigo crecido número de prisioneros, toda su artillería y las banderas con la imagen de la virgen milagrosa.