CALDAS

El sabio colombiano Francisco José de Caldas nació en 1770 en Popayán, capital hoy del Estado del Cauca, uno de los de Colombia. Fué botánico, físico, geógrafo y astrónomo. Le distinguían con su amistad los sabios europeos y escribió un prefacio para la Geografía de las plantas del barón de Humboldt.

Entre las obras de Caldas, bien conocidas y apreciadas por los amigos de la ciencia, figura la Memoria publicada en 1807 con el título de Estado de la geografía del virreinato de Santa Fe de Bogotá, con relación á la economía y al Comercio, trabajo que supone dotes nada comunes de aplicación, de saber, de constancia y de carácter. Mucho tesón y excesiva laboriosidad necesitó poseer el que terminó con éxito aquel trabajo difícil, que todavía se consulta con provecho.

Caldas fundó y dirigió el Semanario de Nueva Granada, periódico tan original como acaso no lo haya sido ninguna publicación redactada en nuestra lengua.

Escribió una obra titulada Fotografía del Ecuador, que se ha perdido para siempre. La temprana muerte del autor y la desaparición del manuscrito, son dos desgracias que nunca habrán llorado bastante los amigos de la ciencia.

El malogrado Caldas murió fusilado en Bogotá el 29 de octubre de 1816. Cuando le notificaron la sentencia, pidió un plazo que necesitaba para rectificar ó comprobar ciertos importantes cálculos científicos. El plazo se le negó, y fué ejecutada aquella sentencia inicua.

Hablando de Caldas, dice un escritor contemparáneo suyo: «Sabio como Arquímedes, justo como Arístides, abnegado como Foción, severo como Platón cuando soñaba en su utopía, nos ha dejado su ejemplo como lección, su sangre como ofrenda en el altar de la patria, su muerte como inri, si no para España, para los tenientes á quien la metrópoli tuvo el desacierto de confiar su honra.»

Murió cuando tenía 46 años, cuando era todavía una esperanza al mismo tiempo que una realidad.

Otro americano ha escrito sobre Caldas lo que copiamos á continuación:

«... La época más dichosa de la vida de Caldas fueron los años en que gozó de la plena y pacífica posesión del Observatorio de Bogotá. Digno sacerdote de la divinidad tutelar de aquel santuario elegante, consagrado fervorosamente á su culto, pasaba allí la mayor parte del día con sus libros, con sus instrumentos, ó con la pluma en la mano, en las diversas tareas científicas á que se había dedicado: pasaba allí también parte de la noche si el estado del cielo era favorable para las observaciones astronómicas; y allí le amanecía, tras de pocos ratos de inquieto sueño en su catre de camino, cuando así lo demandaba la circunstancia grave de algún notable fenómeno celeste. Un pariente inmediato y dos ó tres amigos íntimos, incapaces de abusar de su confianza, y algún jovencito que recibía de él lecciones de matemáticas, eran las únicas personas á quienes franqueaba sin disgusto la entrada de aquella su habitual residencia, en que el espíritu de orden todo lo regulaba y el menor acto de perturbación era un crimen...»