Sin embargo, el ejército y el pueblo se identificaron con el dictador y sostuvieron la guerra con singular bravura. Los combates fluviales y terrestres, generalmente mortíferos, pusieron muy alta la fama de heroísmo de los paraguayos. Ni sus lanchas cañoneras retrocedían una braza ante los acorazados brasileños, ni sus batallones cedían el campo á fuerzas superiores mientras tenían cartuchos. Victorias y derrotas fueron igualmente honrosas para los héroes paraguayos. Quizá no se haya visto desde los tiempos homéricos una lucha más porfiada y tenaz. López estuvo á la altura de las circunstancias, batiéndose en todas partes y todos los días y siempre con un arrojo verdaderamente inconcebible. Juró morir por la patria y supo cumplir su juramento: perdió la vida en uno de los últimos combates (1870).

El pueblo se mostró digno de aquella heroica epopeya. El Paraguay en masa lidió con heroísmo. Hombres y niños, ancianos y mujeres tomaron parte en la lucha. En sus postrimerías había coroneles de 20 años y capitanes de 15 y aun soldados indios de 70, que se dejaban matar antes que entregarse prisioneros, diciendo estas palabras que todos tenían siempre en los labios y las cumplían:

«Un paraguayo no se rinde.»

Frase que pudiera ser el lema del escudo paraguayo, una vez que está justificada por hechos repetidos y notorios.

Al fin triunfaron los ejércitos de la triple alianza, pero fué después de una de las guerras más porfiadas y rudas de la historia. El Paraguay quedó vencido, cuando ya no tenía soldados ni hombres útiles; su población se redujo á una quinta parte de la que existía antes de la guerra, esto es, á 300,000 personas entre mujeres, niños, viejos é inválidos.

La ruina, por otra parte, fué completa. Cara pagó el país su adhesión á los déspotas y su incalificable sumisión al poder personal de Francia y de los López.

El último de éstos, sin embargo, será citado siempre como acabado modelo de tesón y de energía. Fué un tirano sin duda, pero también un hombre. Su personalidad tiene rasgos y perfiles propios que la harán sobresalir en la historia americana. Si se pierde á veces la memoria de un gobernante sabio y justo, solo por no haber sido grande, no se pierde jamás la de un carácter, sea cualquiera su obra, quizá porque no abundan los grandes caracteres.

Con la muerte de López y las influencias extranjeras entró por fin la República en el régimen constitucional, marchando con lentitud, pero con paso firme, por la senda del progreso.