«Usted no ha juzgado imparcialmente de las cosas y de los hombres. Ni Colombia es Francia ni yo soy Napoleón. No lo soy ni quiero serlo. Tampoco pretendo imitar á César; menos á Iturbide. Tales ejemplos me parecen indignos de mi gloria. El título de Libertador es superior á cuantos el orgullo humano ha recibido.»
Vamos á terminar, copiando lo que dice de Páez el escritor argentino señor Decoud en su libro La Atlántida:
«...Tenía el instinto sagaz, realzado ante sus compañeros por una fuerza prodigiosa. En la pelea, el león desesperado no se avalanzaba con más furia... Sus soldados le respetaban y le temían, porque el insubordinado tenía por castigo someterse á una lucha personal con su jefe, en la cual estaba seguro de ser herido; y las cicatrices que dejaban las armas de Páez jamás se borraban...
»No tenía exigencias, no pretendía vestuarios, ni armas, ni raciones, ni sueldos. La carne sin sal le saciaba, no le afligía la intemperie, no le molestaba la lluvia. Había un río: lo pasaba. Había un pantano: lo salvaba. Había un llano prolongado como un desierto: lo cruzaba silencioso al paso monótono del animal... Su estrategia consistía en la traslación rápida de un punto á otro, su táctica en la sorpresa y su ataque en la impetuosidad irresistible de la carga. Peleaba sinceramente, por convicción, sin vanidad. Sólo sabía que todo hombre debe morir por su patria y que á esa patria subyugada es menester libertarla...»
En efecto, así era Páez.
MARIANO EDUARDO RIVERO
Tal es el nombre de una de las mayores celebridades científicas de América.
He dicho de las mayores, aunque en realidad sólo debiera decir de las mejor fundadas y de las más legítimas; pues si bien su fama ha sido tan grande como justificada y merecida, hoy se va desvaneciendo y las nuevas generaciones parecen olvidarla.