Tú que dijiste contemplando el cielo:

«Ya mis ojos no alcanzan, pobre anciano;

Yo rasgaré del firmamento el velo».

Y en el aire elevando dos cristales,

Vuelta á Venus la faz, puesto de hinojos,

Los ojos que te hiciste fueron tales

Que envidiaron las águilas tus ojos.

Y era cristiano aquel que meditando

En el retiro de modesta estanza,

Sin afán, sin error, pesó jugando