Pero si la influencia de la gran victoria mejicana se ha sentido en el antiguo mundo, ¡cuánto mayor no habrá sido en el mundo americano! El triunfo de Zaragoza ha librado á los príncipes de soñar en coronas que son imposibles en América, ha evitado para siempre las veleidades realistas ó imperialistas de caudillos ambiciosos y de aventureros insensatos, ha curado á los traidores de toda ilusión liberticida. El mundo todo sabe ya cómo defienden su independencia y su honor los pueblos americanos y cómo se bate Méjico por la libertad y la República.
Zaragoza era un general modesto, que no daba importancia á su victoria. Había cumplido con su deber y suponía que por ello no había contraído ningún mérito especial. En su abnegación patriótica, virtudes cívicas y severidad republicana, encontraba tan sencillo ganar una batalla como perderla. El parte oficial que dió de la batalla, parece más bien el parte de un revés que el de una grande y trascendental victoria. Dijo que había sido atacado, que sus soldados se habían portado bien, que el enemigo se había retirado á tal hora, en tal dirección, dejando tantos ó cuantos muertos y algunos prisioneros, y que él había perdido tantos hombres. Nada de hipérboles ni de metáforas, nada de imágenes bélicas ni de consideraciones rimbombantes, nada acerca de sí mismo ni nada injurioso para sus adversarios, en quienes sólo veía soldados como él que se batían por su patria y por el honor de sus banderas. No siempre imitan al vencedor de Puebla los caudillos victoriosos.
El general Zaragoza había nacido en Tejas (bahía del Espíritu Santo) en 1829. Hijo de militar abrazó la carrera de su padre cuando ya era hombre. Su hoja de servicios no contiene hecho alguno extraordinario hasta la invasión francesa. Nombrado general en jefe del ejército republicano, defendió las cumbres de Acultzingo, más para aguerrir á sus reclutas y acostumbrarlos al fuego que para disputar seriamente el paso al ejército enemigo.
El 5 de mayo de 1862 ganó la batalla de Puebla, forzando á los franceses á emprender su retirada con dirección á la costa.
Una enfermedad traidora cortó la vida del héroe, que falleció pocos meses después de inmortalizarse como soldado, como general y como buen patriota.
Su nombre se inscribió con letras de oro en el salón de sesiones del Congreso mejicano; se le declaró benemérito de la patria en grado heroico; se le dió su nombre á la ciudad de Puebla, que antes era Puebla de los Ángeles y hoy se enorgullece con el título de Puebla de Zaragoza.
La memoria de este general es con justicia respetada en todos los ámbitos de América.