Forzoso es confesarlo.
Aunque parece increíble, han sobresalido más mujeres en las armas que en las letras. Sin duda son bastante más numerosas las que han cultivado las letras y las ciencias que las dedicadas al penoso ejercicio de las armas; pero éstas han sobresalido más que aquéllas.
No tenemos noticia de escritoras que hayan sido nombradas académicas; pero sí de muchas damas que han ganado y lucido una charretera ó dos. Sin hablar de las legendarias amazonas, de las heroínas de la antigüedad, ni de las combatientes de la Edad Media; sin acordarnos de Judit, vencedora de Holofernes, de Juana de Arc, defensora de su patria, ni de las valerosas guerreras araucanas que sucumbieron luchando por la independencia, tenemos ejemplos en épocas más próximas de mujeres esforzadas y realmente varoniles.
María Pita defendiendo La Coruña que atacaban los ingleses, Agustina de Aragón convertida en artillera de las baterías de Zaragoza, Mariana Pineda subiendo al patíbulo en Granada, son otros tantos ejemplos de lo que decimos.
Y en la joven América no podían faltar ejemplos de mujeres heroicas, dotadas de vocación ó instinto militar. Si en España hubo una Agustina de Aragón que terminó su vida de capitán retirado, en América hubo una monja alférez no menos famosa.
Y sargento chileno fué también la heroína americana objeto de estas líneas.
Candelaria Pérez sirvió á su patria, Chile, con singular abnegación, denodado esfuerzo, pasmosa valentía. Sensible fué que lo hiciera en la lucha sostenida por la nación chilena con un país, más que vecino, hermano; pero ella no fué culpable de vivir en aquel tiempo. Lo mismo hubiera hecho en otras circunstancias con cualesquiera enemigos.
Copiemos aquí lo que dice un biógrafo de Candelaria Pérez:
«Candelaria, de apellido Pérez, más conocida por Candelaria Contreras, nació en Santiago de Chile en 1812. Era hija de un artesano y carecía de instrucción. Dedicada desde muy joven al servicio doméstico, pasó al Perú acompañando en clase de criada á una familia chilena, en 1832. Poco después dejó el servicio doméstico, estableciéndose por cuenta propia en el Callao donde tenía un café conocido por el nombre de «Fonda Chilena», al que concurrían los marineros chilenos y otros de diversas nacionalidades.