Hablaba Wáshington á la razón, no á las pasiones; su escudo era la verdad; su fuerza el buen sentido. No hizo jamás inmoderado uso de hipérboles ni de metáforas; no las necesitó para hacerse aplaudir ni para hacerse admirar; no le fueron necesarias las imágenes de relumbrón ni los artificios de una pueril retórica, para fundar una República inmortal, potente, rica y gloriosa, que ha llegado á ser el modelo de las naciones libres.
Se ha comparado á Wáshington con Napoleón; los que lo han hecho injurian al caudillo americano.
Entre ambos héroes no hay comparación posible.
Napoleón era un genio militar, al servicio de sus personales ambiciones.
Wáshington, soldado más modesto, peleaba por la patria y por la libertad.
Se le ha comparado con Bolívar.
Tampoco es justa la comparación.
Bolívar luchó más, porque tuvo enemigos más tenaces y dificultades más tremendas.
Pero Wáshington fué más liberal, más consecuente y más modesto.
Bolívar lidiaba como un león; era un torrente en la montaña, un huracán en las llanuras.