Habiendo fracasado sus proyectos, regresó de Londres á Filadelfia en 1726. En Filadelfia tuvo una existencia de las más penosas, trabajando como cajista, siendo tenedor de libros en alguna casa y no dejando por eso de estudiar con ahinco las letras y las ciencias.

Pero no tardó en encontrar amigos generosos que le facilitaran los recursos precisos para adquirir una imprenta, conseguido lo cual se dió á conocer como escritor político. Sus artículos eran leídos con gusto y sus negocios marchaban perfectamente. Se dedicaba al comercio de papel, vendía objetos de escritorio y no dejaba por eso de escribir. Su popularidad y consideración aumentaban cada día, pues todos veían en él un modelo de ciudadano, y un hombre verdaderamente útil.

Publicaba á la vez un diario y un almanaque, siendo este último la obra más nueva, más original y acaso la más célebre que se publicó en América en su siglo. Encierra el almanaque de Franklin preciosas lecciones de moral social y de economía doméstica, máximas provechosas y sentencias que no ha olvidado, por fortuna suya, el gran pueblo de los Estados Unidos. Los pensamientos de Franklin, traducidos á todos los idiomas y conocidos en todo el universo, están tomados del almanaque antedicho.

Algún crítico asegura que los Proverbios del viejo Enrique ó ciencia del buen Ricardo (Filadelfia, 1757), es por su forma y su fondo la obra maestra de los libros populares.

Es indudable que las obras de Franklin ejercieron poderoso influjo en sus compatriotas y en su época; se puede decir que él formó una generación laboriosa y varonil, la que conquistó y consolidó la independencia y la libertad de América. Los enciclopedistas franceses están considerados como precursores de la Revolución; Franklin fué también enciclopedista y precursor, no sólo de la revolución francesa, sino de la americana. Los derechos del hombre fueron reconocidos y practicados en la América libre antes que se escribieran en Francia.

Ocupábase Franklin preferentemente en el estudio de la física, descifrando los misterios de la atmósfera. Él inventó el volantín eléctrico y el pararrayos, hizo estudios muy serios sobre el calórico y resolvió problemas difíciles de hidrodinámica. La física experimental le debe ensayos útiles que Franklin hizo antes que nadie.

Era un hombre de ciencia, pero al mismo tiempo era hombre práctico, dos cosas que rara vez se ven juntas. Franklin organizó en Filadelfia, en 1738, la primera compañía de seguros contra incendios.

Lo más admirable que hay en los ensayos físicos y en los experimentos mecánicos de Franklin, es que los hacía con aparatos imperfectos; carecía de instrumentos ad hoc, no tenía péndulo para medir el tiempo y se valía para esto de una vara que movía cantando como los músicos.

Comunicó sus trabajos y descubrimientos sobre la electricidad á un amigo de Londres (Cóllinson), el cual amigo á su vez lo puso todo en conocimiento de los sabios de Europa. El nombre de Franklin fué desde entonces conocido en ambos hemisferios. No hubo informe científico ni memoria académica donde no se le citara, ya para discutir sus grandes descubrimientos, ya para invocar su nombre como una autoridad. La universidad de Oxford le confería en 1762 el título de doctor en derecho. El gobierno de la metrópoli, por su parte, le nombraba director general de correos de las colonias angloamericanas.

Las distinciones del gobierno inglés no le hicieron olvidar que había nacido americano; jamás echó en olvido lo que debía á sus compatriotas; por eso, cuando la Cámara de los Comunes abrió una información parlamentaria con motivo de las quejas que formulaban las colonias, Franklin hizo un viaje á Londres como delegado de Pensilvania y expuso francamente la situación de las cosas. En 1775, habiendo expirado su mandato, regresó á América. Nada había conseguido en favor de su querida patria, ni en obsequio de la justicia que es ante todo. Los ingleses persistían en su política tirante, pretendiendo que la actitud rebelde de los americanos dificultaban toda concesión; los americanos hablaban ya de romper con la metrópoli separándose completamente de la madre patria, fundándose en la obstinación de los ingleses: era un verdadero círculo vicioso. La culpa, entre tanto, no era de unos ni de otros, sino del tiempo. No en balde marchan y se suceden los siglos; no en vano progresan las sociedades; no impunemente se trata á un pueblo viril como á colonia primitiva ó sociedad naciente. En la sociedad humana como en la naturaleza todo se modifica y se transforma; lo que no se renueva se petrifica, lo que no adelanta retrocede, lo que no se agita sucumbe. No hay sociedades en el quietismo, no hay entidades en la inercia, todo marcha en el mundo, desde el universo que tiene movimientos regulares y exactamente medidos por el cosmógrafo, hasta el pensamiento incalculable que abraza la eternidad y abarca lo infinito.