El movimiento separatista se había propagado en las colonias de América, y Franklin al regresar de Europa se asoció con toda su voluntad al incontrastable movimiento. Había visto por sus propios ojos la estrechez de miras de los poderes británicos, y sabía perfectamente que lo que no progresa regresa, que para su patria no había salvación sin libertad y que la libertad es incompatible con toda dependencia.
Una confederación de las colonias con la madre patria, moviéndose ésta y aquéllas con entera libertad en la esfera de sus intereses y en el círculo de sus funciones propias ó de sus atribuciones esenciales, habría sido una buena y digna solución del conflicto colonial. Pero Inglaterra no quería ceder en mengua de su autoridad ó en menoscabo de su prestigio, y por no conceder algo lo perdió todo. Las colonias británicas se hicieron independientes.
Franklin fué uno de los que coadyuvaron á la obra magna de la emancipación, figurando desde entonces como hombre público tanto como sabio. En 1775 llegó á París como embajador de las colonias inglesas y fué admitido en Versalles como tal embajador. La reina que compartía con Luis XVI el tálamo real, muchos príncipes y cortesanos que como ella habían de perecer más tarde en la guillotina, se burlaron de Franklin y de sus maneras, pues el ilustre sabio no conocía las reglas de la etiqueta y mucho menos los procedimientos de la cortesana adulación; pero el ilustre plebeyo, el cajista americano desdeñó la pequeñez de seres tan inútiles y tan mezquinos y acabó por hacerse respetar de todos.
Su permanencia en París se prolongó diez años, hasta el de 1785. Durante ellos consiguió más de lo que esperaba, acaso más de lo que se proponía, pues no sólo obtuvo recursos materiales y apoyo efectivo para la causa de América y el reconocimiento por parte de Francia de la independencia de los Estados Unidos, sino que los mismos ingleses trataron con él en París los preliminares de la paz. El 20 de enero de 1782 firmó Franklin un tratado con Inglaterra, mediante el cual la metrópoli reconocía de hecho la independencia norte-americana.
Á su vuelta á la patria recibió mil testimonios del cariño y respeto de sus conciudadanos y fué nombrado presidente del congreso de Pensilvania reunido en Filadelfia. Era casi octogenario; con todo, ni su edad ni sus deberes políticos le impidieron continuar trabajando en el campo de la ciencia. La agricultura, señaladamente, le debió nuevos progresos en los últimos años de su aprovechada y laboriosa vida.
Franklin murió el 17 de abril de 1790 á la edad de ochenticuatro años. El Congreso Federal acordó que los Estados Unidos llevaran luto por la muerte del ciudadano insigne, que representaba á Pensilvania en el Congreso y á la América entera en el mundo científico y filosófico. El luto oficial duró dos meses; el particular de cada ciudadano fué más largo todavía.
La Asamblea nacional de Francia tributó su homenaje á la memoria de Franklin, llevando tres días de luto por acuerdo unánime de aquella ilustre Asamblea, que fué la Asamblea de la Revolución.
El viejo Franklin moría; su obra no perecerá. Fué uno de los hombres más ilustres de su siglo, con ser el siglo más grande de la historia; fué, sobre todo, un hombre bueno, título más noble, más raro, más apetecible que el de grande. En las luchas de la pasión y en las tempestades de la vida conservó siempre su ingénita bondad; su envidiable grandeza fué la grandeza de los bienhechores.