En 1814 pasó Rivadavia á Europa, donde prestó servicios á la causa de la independencia y atesoró conocimientos que más tarde le fueron de suma utilidad.

En 1820, de vuelta en Buenos Aires, fué nombrado ministro de Gobierno y supo granjearse las mayores simpatías. Rivadavia estableció el sistema representativo, allí donde solo existía una dictadura revolucionaria; emprendió mejoras materiales, sin descuidar las morales que son la base del bienestar de los pueblos; creó el registro oficial, archivo, policía, casa de expósitos; fundó escuelas, bibliotecas, premios á los estudiantes, sociedades de beneficiencia presididas por señoras; popularizó la enseñanza pública y erigió, por último, la Universidad, decretada por el rey de España en el siglo precedente sin que el decreto hubiera tenido ejecución.

Buenos Aires le debió también dos cosas tan interesantes como el cementerio y la recova.

La Universidad de Buenos Aires, agradecida á su verdadero fundador, concedió á Rivadavia el título de doctor en uso de facultades que tenía para conferir los grados que estimara justos, sin necesidad de pruebas, «á los hombres ilustrados y eminentes»[3]. Esta concesión se hizo algún tiempo más tarde, siendo Rivadavia presidente de la República.

Antes de ocupar tan elevado puesto, hizo otro viaje á Europa con una misión diplomática cerca del gobierno inglés. Al regresar fué elegido presidente (1826).

El período de su presidencia fué notable, como se esperaba. No desmintió el presidente las lisonjeras esperanzas que había hecho concebir. La instrucción progresó considerablemente; se protegió y fomentó la cría de ganados, que tan útil y productiva es para la República Argentina; fundáronse pesquerías como la de Patagones; se buscó en Europa maestros de capacidad que secundaran la benéfica iniciativa del presidente; en los campos se fabricaron iglesias y se fundaron colonias; en fin, se hizo la independencia de Montevideo, á pesar del Brasil. Fué un período fecundo el del doctor Rivadavia. Si después ha adelantado tanto la República Argentina, política, industrial y comercialmente, si ha crecido la población, si han acudido inmigrantes de todas procedencias, si se ha extendido los límites de la República, sometiendo á los salvajes y explorando los desiertos, bien pueden decir los argentinos como en la célebre fábula:

¡Gracias al que nos trajo las gallinas!

Y el que llevó las gallinas fué sin duda Rivadavia, no negando con lo que decimos la gloria que les quepa á sus continuadores.

Á pesar de todo, Rivadavia fué muy combatido y se vió obligado á renunciar el poder.

En 1829 le encontramos en Europa. En 1834, gobernando sus mayores enemigos, tuvo el atrevimiento de volver á Buenos Aires para responder ante los tribunales de ciertas acusaciones que le dirigían. No quisieron juzgarle, pero se le desterró.