1881.

[ PROSA LIGERA]

Gallicæ Constructiones

ESPAÑA

[Una visita de Núñez de Arce]

Hace doce años, era yo ministro argentino en Madrid. Un día un criado me anunció que el señor Presidente del Ateneo me hacía preguntar si podía recibirle. En el acto dí orden de introducirle. Respetaba al Ateneo de Madrid como se respetan las cosas que se temen y ese respeto de mi parte justificaba el origen presunto de todas las religiones humanas. A pesar de mis aficiones literarias, como suponía honestamente que el gobierno argentino no me habría nombrado su representante para darme ocasión de desplegar mis talentos estéticos o mis facultades de estilo, sino para estudiar los problemas políticos o económicos de interés nacional, mis esfuerzos habían tendido a tener una actuación eficaz y activa en el más alto mundo social y en los círculos más influyentes de la política del momento. Así es que conocía—o por lo menos trataba—a muy pocos de los representantes del mundo de las letras. Fuera de Castelar, más político que literato y dulcemente afectuoso siempre con todos nosotros los americanos,—de don Juan Valera, a quien encontraba con frecuencia en el mundo diplomático al que él también pertenecía,—de Menéndez Pelayo, con quien comía a menudo en los clásicos jueves de nuestro buen amigo Bauer, muchas veces, por feliz azar para mí, al lado uno del otro,—de Grilo, a quien conocí en casa de Tamames y que nos encantaba en nuestras deliciosas correrías por Sevilla,—no había hablado, repito, ni conocía, tan sólo fuera de vista, a los demás altos representantes del pensamiento español.

"¿Quién será, me decía, este señor Presidente del Ateneo de Madrid? Yo debía saberlo y precisamente por eso no le hago preguntar por su nombre. El Ateneo, por lo demás, es la primera institución literaria de España, y sus altibajos coinciden con la exaltación o la depresión del espíritu público de este país. No sé lo que este señor Presidente vendrá a pedirme, pero hay que tratarle bien, porque..."

En esto estaba de mi soliloquio, cuando la puerta de mi escritorio se abrió, dando paso a un hombre pequeño, delgado, tan distinguido en su traje, en su fisonomía y en su expresión, que no pude, en el primer momento, darme cuenta ni de cómo estaba vestido, ni de qué cara tenía, ni de lo que era o podía ser.

—Señor, me dijo con una voz reposada y serena, a la que daba un valor que me sorprendió, la manera de mirar de sus ojos grandes, claros y tranquilos, soy Presidente del Ateneo y vengo a pedir. El Ateneo, entre otros achaques, tiene aquel que más nos seduce a todos, el de acercar hasta confundir el alma española con el alma hispanoamericana. Vamos en breve a celebrar una fiesta precursora de la gran solemnidad del centenario de Colón y vengo a pedir a Vd. (aquí un par de frases amables y muy lisonjeras para mí) que quiera honrarnos encargándose de una de las conferencias que se harán en el Ateneo con este motivo.

—Señor Presidente del Ateneo, antes de todo, ¿quiere Vd. tener la bondad de decirme con quién tengo el honor de hablar?