—Gaspar Núñez de Arce, señor.

Me puse de pie como movido por un resorte y un poco confuso, me incliné profundamente. A pesar de mi alejamiento voluntario de los centros literarios de Madrid, había dos hombres que deseaba vivamente conocer: Núñez de Arce y Pereda. Al primero por su inspiración gentil, vibrante y generosa, por el ropaje suntuario de su lengua opulenta, lengua mía, de mis padres y de mi raza, por la nobleza tradicional de su carácter, por la pregonada sencillez de su vida armoniosa. A Pereda, porque un día, allá por 1884, en la opaca tristeza germánica de Carlsbad, había recibido un paquete de libros acompañados por una grata carta de Martín García Mérou, que enviaba a su antiguo jefe y siempre amigo, algunos libros españoles, entre otros la Sotileza del escritor de la Montaña; lo había empezado a leer, lo había devorado y había contestado al que tal regalo me había hecho, una carta entusiasta y cariñosa que García Mérou envió a Pereda, quien me hizo decir que tenía en España dos brazos abiertos que me esperaban. Pero mi hombre estaba constantemente metido en Santander (decir que en ese tiempo meditaba Peñas arriba, esa maravilla, sin que yo lo supiera, para ir a rogarle me hiciera visitar el teatro de ese drama admirable!) y cuando venía a Madrid, lo hacía tan callandito, que los diarios anunciaban su llegada el día de su partida.

Y ahora, de pronto, sin sospecharlo, tenía en mi casa, a mi lado, para mí solo, a Núñez de Arce! Le tomé la mano, le dije que hasta entonces, al hablar conmigo, sólo había hablado con un particular, pero que ahora me ponía el uniforme diplomático, le recordaba que estaba reconocido en mi carácter de representante de mi país por Su Majestad (Q. D. G.), que en mis credenciales mi gobierno pedía al de España—y por consiguiente a todos los españoles—que prestaran fe a mis palabras—y que, por lo tanto, le pedía la suya al manifestarle la gratitud profunda de todos mis compatriotas que habían tenido la fortuna de leerle, por los puros y levantados goces de orden intelectual y moral, encontrados en las estrofas de sus cantos admirables, en los que, bajo formas nuevas e impecables que hacían valer el viejo idioma, se levantaban, sobre el chato horizonte moderno, todas las nobles ideas, todos los instintos generosos, todas las actitudes valientes, hasta la duda misma, que animan a pensar que el alma humana es algo más que una resultante fisiológica. Le hablé de sus poemas, de sus dramas, de sus trabajos anunciados—y el poeta, ante mi acento sincero, me escuchaba con placer, entretenido, quizá, en oir el elogio de su obra, hecho en algo, para él, como un idioma extraño, en el que la construcción de la frase, la cadencia del período, hasta el valor de las consonantes, parecía dibujar vagamente, no ya el español del pasado, petrificado allá en Levante en labios de los descendientes de moros y judíos, sino un castellano del porvenir, ágil, vivo, un español americano, en una palabra, listo siempre a jinetear, sin estribos, la mismísima gramática.

Nos pusimos a charlar o, mejor dicho, le hice hablar larga, afectuosa y abiertamente, suscitándole nuevos temas, así que veía que el anterior iba a agotarse. Así hablamos mucho de arte, un poco de política, a raudales del pasado español y del porvenir americano. Y a medida que los juicios del poeta se condensaban en frases no cuidadas, pero claras y de elegante movimiento, me abandonaba al placer de contemplar ese espíritu ecuánime, cuyas raíces iban a beber la fresca savia que le animaba, allá en las regiones donde el corazón encierra la bondad, la ternura, el entusiasmo y la fe, sin que ninguna se extraviara para ir a aspirar la ponzoña del odio o de la envidia.

Y el tiempo corría, la América y la España misma se habían agotado y, desaparecidos los Pirineos, entrábamos como conquistadores, a través del Rosellón, en vieja tierra de Francia. La pléyade, el cenáculo, los Parnasianos, los estéticos, los naturalistas, los decadentes, a todos los pasamos en revista, él, conteniendo con su sonrisa moderadora mis juicios impetuosos, yo animando a veces, con un rasgo atrevido, la armoniosa mesura de sus opiniones. Hace poco, leyendo, con el trabajo que mis hermanos en análoga tarea habrán apreciado, un libro de Nietzsche, me encontré con esta gráfica descripción del autor de Naná: "Zola, o el placer de heder"[9]. El juicio de Núñez de Arce era casi idéntico, pero la forma exquisita en que se enunciaba, le quitaba la crudeza, sin disminuir la eficacia. En cambio, como me seguía contento con su mirada animosa, al oirme decir que había más naturalismo de verdad en Fortunata y Jacinta, de Pérez Galdós, que en la obra entera de Zola, y más belleza en la descripción que el mismo hace de Toledo en Angel Guerra, que en todos los celebrados cuadros descriptivos del autor de L'Assommoir! Y luego, de un salto sobre la Mancha, a Inglaterra y allí, arriba, alto, a la cumbre y al honor, Dickens, Elliot y entre los poetas Keats, Shelley, el mismo Byron, los que tienen entrañas, sangre y vísceras; y luego... Se puso de pie, sacó su reloj, gentilmente me hizo ver el largo tiempo transcurrido y me repitió con mucha insistencia su amable invitación para el Ateneo. Entonces le hablé con toda franqueza.

—Ahora que conoce Vd. un poco mi espíritu, señor, no le extrañará oirme afirmar que sólo puedo hacer lo que hago con convicción y sinceridad. Hacer un discurso o conferencia sobre Colón y las relaciones históricas, hispano-americanas, de manera a que sea grato a mi auditorio (porque nadie está obligado a escribir un poema épico ni a decir, en materia de arte, cosas desagradables), será para mí algo muy difícil, porque siempre he pensado que dos de los hombres más fatales que ha tenido España (y cuidado que no se ha quedado atrás en la especie!) han sido Colón y Felipe el Hermoso, que la trajeron dos de las calamidades mayores que pueden caer sobre un pueblo, la riqueza fácil y la gloria militar. El primero, con su América y su oro, su espíritu romántico, aventurero, anti-industrial, con los sistemas absurdos que el galeón esperado e indispensable impuso; el segundo metiendo a España, con sus vinculaciones germánicas y su imperial vástago alemán, en todas las complicaciones de la Europa de entonces y a la infeliz que salía de guerrear siete siglos con árabes y moros, obligándola a desangrarse de nuevo desde las costas de Argel hasta las dunas de Holanda, sin olvidar los campos de Italia, de Nápoles a los Alpes, los llanos de Alemania y las frescas colinas de Francia y Bélgica. ¿Qué quiere Vd. que vaya a decir al Ateneo? ¿Que nosotros, los del Río de la Plata, no teníamos derecho a enviar a España más que uno o dos barcos por año, con tantos cueros consignados a tal casa de Cádiz? ¿Que se nos obligaba a ir a comprar ropa, calzado y sombreros a Panamá o Portobelo, que estaban a seis meses de distancia, ida y vuelta, con cuyo motivo comprábamos todo lo que nos hacía falta, de contrabando, bien entendido, a los portugueses de la Colonia? ¿Que todo eso, si bien nos dejó en un estado de delicioso atraso, pues no creo que haya habido pueblo más feliz que el colonial Buenos Aires, antes que los ingleses vinieran a hablarnos, a balazos, de ideas nuevas y paparruchas liberales, que todo eso remató en la triste España de Carlos II o en la dolorosa de Fernando VII? ¡Fernando VII! Figúrese Vd. que se me cruce ese nombre en mi trabajo mental; ¿puede Vd. imaginarse todos los improperios que van a salir de esta boca, por más mesura que le imponga? El tratamiento de Macaulay a Barère será de malvavisco y altea al lado del que, sin poder resistirlo, propinaré al hijo infame de Carlos IV. Y si, hablando de los autores principales del hundimiento español, llegara a plantar, delante de Cánovas del Castillo, que es Presidente del Consejo de Ministros y que seguramente estará en el Ateneo, las cuatro frescas que se merece el Conde-Duque de Olivares, que él pretende rehabilitar, ¿a dónde irá a parar mi reputación diplomática?

Núñez de Arce me oía sonriendo, pero como sus ojos insistían, continué:

—Pero como Vd. me ha hecho un honor muy grande y con ser de los mayores de mi vida, un placer que lo supera, viniendo a mi casa, quiero que salga Vd. en su empresa mejor de lo que pensara. ¿Conoce Vd. al actual ministro del Uruguay en Madrid? ¿No? Pues se llama Juan Zorrilla de San Martín, vive aquí a la vuelta de mi casa y si Vd. le ve con sombrero no da un real por él, ni mucho menos si le ve descubierto. Nadie le conoce aún aquí, porque ha llegado hace poco; pero el día que caiga en un cenáculo intelectual en el que haya algunos poetas, uno que otro hombre de pensamiento, un colorista y algún oído habituado a oir sonar el cristal y el templado bronce, le van a sacar en andas. Para que Vd. no olvide esta visita, regalo a Vd. y al Ateneo, a mi amigo y compañero Zorrilla de San Martín. Oiga Vd. un momento.

Tomé Tabaré en el armario vecino y le leí algunas estrofas; cuando interrumpí mi lectura para continuar, Núñez de Arce me tomó el libro de las manos y continuó leyendo en silencio. Al fin me dijo: