—¡Pero éste es un maestro!

—¿Sabe Vd. lo que he dicho a Zorrilla de San Martín, sobre Tabaré, en el álbum de su señora? Que versos como esos valen la buena prosa.

Volvió a sonreir Núñez de Arce con aire de dulce reproche por lo que parecía considerar una mera paradoja.

Yo me defendí; le recordé que los primeros balbuceos de la humanidad habían tomado la forma métrica y que sólo en un estado de civilización relativamente avanzada había hecho la prosa su aparición. Que recordaba también cuántos poetas consagrados enumeraba la historia literaria, desde los griegos, para no ir más arriba, hasta nosotros y que al lado de esa lista nutrida y numerosa, contara, con los dedos de la mano, que le iban a sobrar, cuántos eran los prosistas de primera fila, aquellos que nadie discute, como Platón entre los griegos, Tácito entre los romanos, o, saltando al mundo moderno, del siglo XVI al presente, Montaigne, Cervantes, Renán... Y para hacerme perdonar mi osadía, le recité de memoria, que así las sabía entonces, dos o tres estrofas de la Lamentación de Lord Byron.

Aceptó que yo hablara a Zorrilla antes de que él le invitara, y se retiró, quedando amigos ya.

Vi y vió a Zorrilla, que, sumiso y contento, no sin temor, se encargó de la conferencia en el Ateneo. Esa noche fuí allí por primera vez y con encanto respiré la culta atmósfera, tan afectuosa para nosotros. Llegado el momento, el alma vigorosa y bien templada del poeta uruguayo, subió hasta la tribuna su pequeña envoltura mortal. El público miró con sorpresa aquel rostro invadido por la hirsuta y rebelde cabellera que, al avanzar sobre la frente, parecía continuarla, para dar ancho hogar al pensamiento. Cuando empezó a hablar, el acento, la armonía de la palabra, la vibración de la idea, la lujosa forma en que salía envuelta y la gracia con que se movía, conquistaron a poco andar al auditorio, que rompió en aplausos calurosos. Por fin, cuando Zorrilla de San Martín, de pie, en la cumbre que parte el istmo americano, como Balboa, miró, no ya los dos océanos que tendieron su inmensa majestad a los ojos atónitos del rudo navegante, sino el cuadro entero de esa colosal América latina, que empieza, en el continente austral, por las regiones que baña el Orinoco y concluye en la glacial soledad del último cabo del mundo habitado; cuando, como Andrade en su canto, describió una a una las naciones desprendidas del vigoroso cuerpo de España, sus luchas feroces, herencia de su organismo pasional, sus esfuerzos por surgir a la luz, sus riquezas, sus esperanzas y su fe en el porvenir; cuando ligó todo ese pasado al pasado de la madre patria y confundió, en la imagen esplendorosa del triunfo definitivo que reservan los días venideros, a la raza entera, entonces los ojos se llenaron de lágrimas, los corazones se agitaron a romperse y las manos se buscaron instintivamente. Núñez de Arce, que estaba a mi lado, murmuraba a cada instante, a mi oído, palabras de gratitud, y fué con un abrazo estrecho que recibió a Zorrilla cuando éste descendió de la tribuna.

Pocas veces, más tarde, tuve ocasión de encontrarme con el ilustre poeta español; hacía poca vida social y su delicada salud le imponía una vida sedentaria. Pero mi admiración por su espíritu crecía a medida que nuevas obras, cada vez más perfectas y acabadas, venían a enriquecer los tesoros de nuestra lengua, como se aumentaba mi respeto y profunda estimación por su carácter, a medida que rasgos incomparables de su noble naturaleza moral me eran conocidos. Con ser tan admirado, no creo que hubiera entonces, en España, nadie más estimado que Núñez de Arce.

Dos veces, desde entonces, la muerte, rugiendo como una furia, se ha arrojado sobre él, y dos veces la naturaleza tan amada del poeta, ha sostenido por él la lucha, animosa siempre, triunfante al fin. Hoy el peligro se ha alejado y vuelve a su amplia y vigorosa plenitud el espíritu admirable y delicado que envuelve, como finísimo encaje, una de las almas más nobles y armoniosas venidas a la luz en suelo español.

1902.