[ [9] Nietzsche: "Le crépuscule des idoles", traducción de Albert, pág. 172.
[Por montes y por valles]
Los diarios ingleses han publicado una curiosa estadística de las hazañas cinegéticas de lord Grey, que ha de haber sido reproducida por la prensa universal. En todo caso, hela aquí. Lord de Grey, en 18 años, de 1877 a 1895, ha muerto la siguiente cantidad de animales:
111.190 faisanes, 89.401 perdices, 47.468 grouses, 24.147 conejos, 26.417 liebres, 2.735 becasinas, 2.077 coqs de bruyère, 1.363 patos silvestres, 381 ciervos rojos, 186 ciervos, 97 jabalíes, 94 aves negras, 45 paletos, 12 búfalos, 11 tigres, 2 rinocerontes y 8.450 piezas diversas: lo que hace, en conjunto, 316.699 piezas, o sea un término medio de diez mil piezas anuales.
Lord de Grey es indudablemente el primer cazador de Europa y no me extrañaría que el sindicato de fabricantes ingleses de armas y cartuchos de caza, pensara, al día siguiente de su muerte, en levantarle un monumento que consagrara su gratitud. La casualidad me hizo cazar un día en compañía de lord de Grey: era en España y los azares de la colocación hicieron que tuviese el puesto contiguo al suyo en un ojeo. La estación de la caza estaba ya avanzada y las perdices rojas españolas, difíciles siempre, flaconas y vigorosas, hendían el aire, como saetas, generalmente fuera del alcance del fusil. Yo, cazador mediocre, pero sin vanidad, hacía un fuego de todos los diablos, muchas veces con la conciencia de la inutilidad de mi tiro, pero sin poder resistir al placer de apretar el gatillo cuando tenía el ave en línea. Lord de Grey tiraba mucho menos; pero ese día no le ví desperdiciar un solo tiro. Tenía dos hombres detrás de él, que le pasaban una escopeta cargada con una rapidez extraordinaria; concluído el ojeo, los dos servidores no perdían una sola pieza de las que había abatido su señor, merced a una perrilla gris, de pobre aspecto, pero admirable de olfato.
Hay algunos cazadores que, sin ser de la fuerza de lord de Grey, no pierden generalmente un solo tiro. El príncipe de Mónaco, el feliz soberano de Monte Carlo, tiene esa reputación; pero parece que la cuida de tal manera, que a veces transcurren horas enteras sin que haga un disparo. No tira sino lo seguro.
Como nunca he podido comprender ningún aspecto de la vida a través de la vanidad, tampoco me ha sido dado entender la caza de esa manera. He tenido gran afición por ella, afición que, con los años, ya pasando, como tantas otras que son el glorioso séquito de la juventud. Por ese motivo, los puntos donde he encontrado mayor placer en cazar han sido mi tierra y España. La marcha en nuestras admirables praderas, sobre el tapiz espeso y elástico, en la llana extensión que prolonga hasta donde los ojos alcanzan, precedido por un buen perro hecho a nuestros hábitos, bajo un cielo de una transparencia sin igual y en medio de esos fugitivos fenómenos de la pampa que los hijos del suelo comprendemos y sentimos, la marcha en esas condiciones es una de las sensaciones más gratas que pueden darse. En España la empresa es más ruda. En primer lugar, la temperatura; he cazado varias veces en las regiones de Avila y Segovia en el mes de Enero, y a pesar del calor natural de la marcha y de todas las precauciones necesarias, el cañón de la escopeta nos helaba las manos. Muchas veces el suelo es pedregoso y os destroza los pies. Otras, como en San Bernardo, cerca de Toledo, la configuración del terreno es de tal manera accidentada, que se necesitan las piernas de acero que tenía nuestro inolvidable Lucio López, uno de los primeros cazadores de mi tierra, para resistir un par de horas. Pero al fin, es la caza, es la aventura, es la lucha, con sus pequeñas mortificaciones, que son recompensas. No olvidaré nunca nuestras largas excursiones, en pleno invierno, en Extremadura, allá por las sierras de Guadalupe, a caza de jabalíes, en tierras de mi amigo el marqués de la Romana.
Teníamos una noche de camino de hierro, luego un día de caballo y por fin empezábamos a trepar los montes, salvajes si los hay, precisamente por las mismas sendas, talladas en la piedra, que se practicaron hace quinientos años, cuando don Pedro el Cruel, rey de Castilla, quiso emprender cacerías en aquellas regiones desconocidas. Ya en América había observado el mismo fenómeno, al subir los contrafuertes de los Andes por los mismos escalones socavados en la piedra por el rudo brazo de los conquistadores: una vez que el español, con su tesón y su ímpetu inicial, ha trazado una ruta, las generaciones pueden sucederse infinitas, todas ellas han de tomar el mismo camino, en tanto que subsiste, pues nadie piensa en mejorarlo ni en conservarlo. Por estas gargantas, ásperas y sombrías como su carácter, subía, pues, don Pedro, camino del Hospicio, donde iba a pasar la noche para ponerse en caza al día siguiente. En el Hospicio dormimos también, vasto y tosco edificio de piedra, elevado sin arte, pero para desafiar los siglos. Los ojeadores, guías, peones y perreros, ocupaban la enorme cocina, que, con su colosal fogón en el centro, era la única pieza habitable de la casa, porque en los cuartos destinados a los señores el frío nos penetraba hasta los huesos. En ella hicimos campamento, pues, en democrática promiscuidad, y envueltos en nuestras mantas, esperamos la aurora para ponernos en movimiento. Nos despertó un ruido infernal, una jauría de perros que llegaba, nada menos que la recova del marqués de la Conquista, el noble anciano descendiente de Pizarro, que, impedido por un achaque de su edad, de tomar parte en la cacería, nos enviaba sus afamados perros, con una carta de un tono de admirable hidalguía, en la que nos pedía que no los economizáramos, porque, cuanto más numerosos fueran los que quedaran en el campo, más se colmarían sus votos de un éxito feliz. Eran ochenta perros de primer orden, hechos al combate, pequeños, fuertes y valientes, que unidos a los cincuenta con que contábamos, nos formaban una jauría de excepcional importancia.
La del marqués de la Conquista la dirigía el perrero más afamado de aquellas regiones, un hombre alto, seco como un alambre, vestido de recio cuero de pies a cabeza, con el hablar lento y sentencioso, conociendo todos los perros de la comarca por sus nombres y hazañas y las costumbres del jabalí mejor que las de sus semejantes. Fué él quien me inició en los hábitos, curiosos a veces, del animal que por primera vez iba a combatir. Así, mientras defendía al jabalí de ciertas imputaciones desdorosas, confesaba la malicia y la prepotencia del solitario que, llegado a la venerable edad de cuatro años, en el momento en que los colmillos próximos a retorcerse y hacerse inofensivos, son más temibles, hace vida aparte, aislado siempre, como su nombre lo indica, pero no sin hacerse preceder, tanto en marcha como en el reposo, por un javacho de un año o diez y ocho meses, al que ha aterrorizado hasta el punto de convertirlo en centinela avanzado de su seguridad, llamado a dar el alerta en caso necesario o a sufrir las consecuencias del primer encuentro desagradable. Era tan curiosa la conversación de aquel hombre, tan peregrinas las historias que contaba, que todos, amos y criados, estábamos suspensos de sus labios, al calor del hogar alimentado por enormes troncos de encina. Por fin al amanecer de un día radiante de sol, aunque muy frío en la mañana, nos pusimos en camino. Eramos ocho cazadores y seis escopetas negras. Se da este nombre a los guardas armados que cierran el circuito del ojeo; ocupan los últimos puestos a ambos extremos de la línea para tirar sobre los jabalíes que escapan a los cazadores o ultimar los heridos. Tienen una reputación de tiradores extraordinarios, pero yo creo que la deben a sus escopetas viejas y ordinarias, con el cañón reforzado por cuerdas, composturas y remiendos primitivos por todos lados. Yo les he visto errar con más frecuencia que nosotros mismos.
Llegados al sitio del primer ojeo, nos numeramos y, según la suerte, fuimos ocupando cada uno nuestro puesto, separado del vecino lo menos por trescientos metros. Cerrábamos un valle que se extendía a lo lejos, entre dos montañas. El suelo estaba cubierto de una jara espesa y bravía de más de dos metros de altura. El ojeo abarcaba cerca de una legua de valle: los ojeadores con los perros habían partido en otra dirección al iniciar nuestra marcha. Tardamos cerca de una hora en ocupar nuestros puestos y cuando todos estuvimos colocados, el guarda jefe, que nos mandaba a caballo, hizo un disparo de fusil. Un silencio de muerte reinaba en ese instante en el sombrío valle; las cumbres de los montes vecinos estaban ya bañadas por el sol, cuya luz dorada empezaba a bajar por las laderas. A mí me había tocado una pequeña hondonada; era un buen puesto, porque a mi frente, a cincuenta metros, clareaba por momentos la jara, lo que indicaba que había un sendero por allí, que probablemente tomaría el jabalí acosado. Pero entre ese punto, que era mi campo de tiro probable y yo, corría un arroyo de agua muy clara y muy fría, cuya profundidad ignoraba. Tenía a mi lado al secretario, como llamábamos al peón encargado de llevar, en la marcha, las armas, municiones y vituallas. A las ocho y media de la mañana tomé posesión del puesto que debía ocupar hasta las cuatro de la tarde y los compañeros siguieron adelante. Con gran rapidez y silencioso siempre, según los cánones, mi secretario reunió leña para hacer fuego en el momento necesario, para calentar agua. Me senté, preparé mis armas y esperé. Tartarín se habría mostrado satisfecho de mi arsenal. Tenía una carabina express, austriaca, de dos tiros, de la que el fabricante me había dicho maravillas, mi vieja escopeta calibre 16, cargada a bala, mi revólver, y al cinto, lo que me daba un aspecto feroz, un enorme cuchillo de caza, de hoja ancha y filosa, que ya había hecho jugar en la vaina, con cierto aire de d'Artagnan antes de un duelo.