Me había provisto de un libro, sabiendo de antemano las largas horas de la espera, pero estaba tan nervioso y excitado, tan penetrado por aquella naturaleza salvaje y tan empoigné por la rudeza de la caza, que no lo abrí un momento. Cuando sonó el tiro de señal, me puse de pie precipitadamente y empuñé con decisión mi carabina. Al poco tiempo empezamos a oir a lo lejos, como un eco, el ladrar de los perros, que se fué acentuando, luego disminuyendo, hasta no oirse sino el aullar penetrante, como quejumbroso, de un solo perro. "Es el latido de Juanicho, me dijo casi al oído el secretario. Ha olido algo". Juanicho era la perla de la recova del marqués de la Conquista. A los veinte minutos, por entre la jara, a nuestro frente, silenciosos ahora, pero husmeando con tesón, llegaron cuatro o cinco perros. Se cruzaban, se detenían, levantaban la cabeza como para aspirar aire fresco y de nuevo seguían rastreando. Llegaron hasta nosotros, los acariciamos un instante en silencio y volvieron a desandar el camino hecho, jadeantes y tenaces; de nuevo la calma silenciosa volvió a reinar; volví a sentarme, pero a cada movimiento de un arbusto, a cada ondulación de la jara, saltaba sobre mis pies. Mi secretario, más habituado que yo, sin embargo, saltaba también, e instintivamente llevaba la mano a su cuchillo, su única arma. Por fin, después de dos horas de espera, oímos una algarabía muy lejos; pronto cesó, los perros estaban despistados. Pero a mi frente la jara se movía de un modo casi imperceptible. Mi secretario me tocó suavemente el hombro y me alcanzó municiones, como si mis armas no estuvieran cargadas. Tendiendo la vista anhelante, ví a unos cincuenta metros y cruzando diagonalmente frente a mí, un jabalí que al trote se deslizaba cauteloso entre la jara. Yo sabía que debía esperar a que pasara por el punto más próximo. La ví bien; era una jabalina regordeta, no muy grande. Por un esfuerzo de voluntad conseguí no hacer fuego, siguiendo con el cañón de mi carabina la marcha del animal; pero en ese momento sonaron varios tiros a mi derecha e izquierda. Sin duda la banda de que formaba parte mi jabalina se habría dispersado y puesto a tiro de mis compañeros. Mi animal se detuvo, agachó la cabeza y dió vuelta como para alejarse; en ese momento tiré. La jabalina continuó su trote, que no interrumpió el segundo tiro y se perdió entre la espesa jara. Eché a un lado la carabina con cólera; yo no soy un gran tirador, ni mucho menos; pero no dar en aquel blanco, a cincuenta metros, era demasiado. Abandoné, pues, la carabina y todas sus faramallas y tomé mi vieja escopeta, compañera tranquila y segura de cinco años de campaña.

Un momento después se dejó oir gran aullar de perros en la altura que tenía frente a mí y antes de que nos diéramos cuenta, un jabalí enorme, un solitario, bajó a escape la cuesta y se detuvo jadeante, prestando el oído a los perros que se acercaban, a treinta o cuarenta metros de mí, al otro lado del arroyo. Apunté con toda la calma posible e hice fuego; el jabalí se levantó casi en sus dos patas traseras, se sacudió todo y como los perros bajaban ya, frenéticos, dió dos pasos y se espaldó en el tronco de un árbol para hacerles frente. Cuando los perros estaban ya casi encima de él, le hice mi segundo tiro, que debió darle, porque de nuevo se sacudió todo, pero no cayó. "Juanicho, señor, Juanicho a la cabeza!" me decía entusiasmado el secretario, señalándome un perrillo pequeño, ensangrentado, bravo como las armas, que del primer salto se había prendido a la oreja del jabalí que lo sacudía en el aire, mientras a colmillo limpio se defendía de los otros perros. Uno de éstos (eran cinco o seis) yacía ya con el vientre abierto y otro malherido se retiraba del combate gimiendo. Sin darme cuenta, sin atinar a cargar de nuevo la escopeta, como si el jabalí se me fuera a volar, tiré el arma, saqué el cuchillo y a escape llegué al arroyo, me metí dentro con el agua a la cintura y fría como el demonio y llegué hasta el animal que se defendía desesperadamente. "Por detrás, señorito, por detrás!", me gritaba el secretario desde el medio del arroyo. Pero yo no le oía; a gritos y puntapiés trataba de alejar los perros, que temía sucumbieran todos, incluso Juanicho, si soltaba la oreja. Al verme, el jabalí pretendió hacerme frente pero estaba muy malherido y los perros le acosaban. Por fin, ganándole el lado, conseguí meterle hasta el cabo el cuchillo en el codillo. Cayó como una masa; pero Juanicho no soltaba, a pesar de los esfuerzos del secretario por arrancarlo. Me decidí entonces a cortar la oreja del jabalí y sólo cuando se encontró con un pedazo de cuero inerte entre los dientes, que no hacía resistencia, Juanicho soltó la presa. Lo llevamos al arroyo y lo lavamos, así como a los otros perros heridos, y echando una mirada de cariño a los dos muertos en la lucha, arrastramos al jabalí hasta la orilla del curso de agua. A los tiros, y gritos, llegó el capitán (guarda-jefe); el secretario le narró el combate mientras echaba pie a tierra. Me saludó y diciéndome: "los derechos del capitán!" convirtió al jabalí en émulo del más desgraciado de los amantes de la Edad Media. No ví otro jabalí ese día; pero cuando a la noche, en la gran cocina, llamamos al perrero del marqués de la Conquista para charlar de la jornada, éste se avanzó con las manos y la cara destrozadas por las espinas de la jara y nos dijo que habíamos perdido catorce perros, diez del marqués y cuatro nuestros. Luego se adelantó hacia mí y sacándose el sombrero, me dijo con cierta alteración en la voz: "Pero nada se ha perdido, porque el señorito ha salvado a Juanicho. Dios se lo pagará!"

Nos apretamos la mano y desde ese día somos buenos amigos, aunque no nos hemos vuelto a ver. Yo no tenía gran conciencia de ser el salvador de Juanicho; pero sin duda mi secretario debió haber arreglado a su manera la narración de la hazaña. Que no me disgustó la cosa, lo probó más tarde la propina...

Se me ha ido la pluma contando ese recuerdo de mis gratas cacerías en España, porque acabo de llegar de una partida de caza, aquí, a tres cuartos de hora de París, en una gran propiedad, con un castillo enorme y de un lujo extraordinario. Apenas bajamos del tren, subimos a un ómnibus arrastrado por un tractor automóvil, que nos llevó al castillo. Almorzamos allí, en un comedor con tapicerías de cien mil francos. Luego, en un carruaje cómodo, nos llevaron hasta el sito de la caza y los faisanes enormes como pavos, engordados a grano, comenzaron a volar pausadamente. Se tiró más o menos bien, pero el tableau fué soberbio. Nos vestimos de frac para comer, se hizo un poco de música, se jugó al whist y a las 12 de la noche estábamos de regreso en París. ¡Oh, mis ásperos cerros de Extremadura! Recordaba una vez más la linda jornada, desde el Hospicio hasta el Monasterio de Guadalupe, aquella inesperada catedral perdida entre las montañas, consagrada a la virgen maravillosa, que, según la leyenda, talló el mismo San Marcos en un tosco tronco y que por siglos ha sido venerada en toda España. A ella enviaba reverente don Juan de Austria, al día siguiente de Lepanto, la soberbia lámpara de la nave capitana, y Zurbarán cubría los muros y los altares de la iglesia de telas admirables que el tiempo empieza a destruir. Mientras mis compañeros, creyentes como buenos hidalgos, se arrastraban de rodillas en el misterioso santuario que guarda a la virgen, yo, de rodillas también, admiraba su magnífico manto cuajado de pedrerías, las innumerables joyas que la cubrían y en la sombra, su cara, su enigmática cara, casi negra, toscamente tallada. Y después de nosotros los perreros, los peones, los criados, con el rostro desencajado por la emoción, prosternándose para besar la orla del vestido de la imagen y pedirle alivio en sus vidas miserables!

Allí la naturaleza, el hombre libre, creyente y fuerte; aquí la convención y el hombre raquítico, escéptico y snob. ¡Buena y robusta tierra de España, que guardas en tu seno los huesos de mis abuelos y en medio de tus penas y dolores, en este mundo chato que la civilización nivela y hace cada día más banal, conservas aún tu altiva fisonomía y los rasgos soberanos de tu enérgica personalidad, yo te imploro, oh buena tierra de España, resiste a la ola por largos años, para que nuestros hijos trepen gozosos tus montes salvajes y en tus rincones perdidos, que el riel de hierro no cruza, sueñen, esperen y crean!

París, Enero 1897.

[El arte español]

ORIGEN Y CARÁCTER

Al principiar el siglo XVII, la España, que en el siglo anterior había alcanzado al apogeo de su grandeza, ejerciendo sobre la Europa entera, bajo los dos primeros príncipes de la casa de Austria, una influencia incontrastable, marchaba ya en la senda de su decadencia. Felipe III había vivido con el reflejo de su predecesor y la falta colosal de su reinado, aquella expulsión de judíos y moriscos, que dejó una cicatriz jamás cerrada en el corazón de España, no había hecho sentir aún todas sus consecuencias. Pero ya la dilatación de las fuerzas españolas que, sin la organización de la Inglaterra actual, se extendían por toda la Europa y el nuevo mundo en vías de colonización, empezaba a debilitar la metrópoli, que poco o nada había aprovechado de su grandeza pasajera.

Casi todos los pueblos que han dejado una memoria gloriosa en la historia humana, han aprovechado sus tiempos de esplendor y fuerza, para darse una organización interna estable y vigorosa, merced a la que han vivido independientes y respetados, cuando la época extraordinaria hubo pasado. No así España. Carlos V encontró la nacionalidad española fresca y flojamente constituída; el provincialismo inveterado, que era el modo de ser histórico en la Península, persistía en los hábitos y leyes locales, aun después del triunfo de unión obtenido por el enlace de los Reyes Católicos. Cada región de la monarquía era tratada según su derecho histórico; unas, como las tres provincias del Norte, que pretendían haberse incorporado voluntariamente, tenían condiciones de nobleza y privilegio. Las accedidas por aporte matrimonial, como Castilla y León, Aragón y Cataluña, tenían fueros menos considerables, y otras, como Valencia y Granada, sobre las que pesaba aún la conquista, vivían literalmente en esclavitud. De ese desquicio orgánico, Carlos V y Felipe II habían exigido esfuerzos que aun a una constitución nacional vigorosa hubiera sido difícil alcanzar. Constantes y aventuradas expediciones a América, la flor de la juventud española enrolada en los ejércitos que consumían las guerras de Italia, de Flandes y de Francia; todos los recursos del país agotados para atender a los vastos dominios de la metrópoli, una política comercial estrecha e inconcebible, y en fin, por meta suprema, un ideal teocrático, ¿cómo era posible que España resistiera? El golpe de Felipe III la hirió de muerte y desde entonces su historia es sólo la de una lenta agonía, en la que el enfermo se debate desesperadamente por momentos, asombrando por energías pasajeras, que recuerdan su viril constitución.