Jamás un hombre que medite sobre las causas generales de la decadencia española, dejará de consignar en primera línea el fanatismo religioso que circunscribió el horizonte moral de aquel pueblo, y según Buckle, le hizo para siempre impenetrable a toda idea de progreso. Ese hombre tendrá razón; pero no se puede, no se debe olvidar, que si bien la decadencia española es una consecuencia del fanatismo religioso, éste lo es y fatal, ineludible, de la historia de España. Una nación que se rehace heroicamente, reconquistando palmo a palmo su territorio invadido, durante una lucha de siete siglos, sostenida única y exclusivamente por el espíritu religioso, modela su organismo moral bajo un ideal concreto, inspirado por la inflamación de un sentimiento especial, que la gloria y la gratitud han consagrado. Si la mayor parte de las desventuras de España han venido de la exacerbación de ese sentimiento, todas sus glorias lo reconocen por origen. Sí, él encendió las hogueras de Felipe II, él inspiró los decretos de expulsión, él hizo condenar a muerte en masa al pueblo flamenco, él ensangrentó las selvas americanas con la hecatombe de indios, él clausuró el espíritu español a toda idea de libertad intelectual; pero ¿quién sino él, alentó el alma de aquel puñado de asturianos que principiaron con Pelayo la obra de la Reconquista, qué otro guía llevaba San Fernando, y quién condujo a los Reyes Católicos a las puertas de Granada? El espíritu religioso hizo la España, la hizo tal como podía hacerla y no de otra manera. No se puede hacer la crítica de la vida secular de un pueblo, sin tener constantemente en vista las condiciones especiales de su organismo propio. ¿Ha sido un bien o un mal para la humanidad la ingerencia de España como factor activo en su historia? Hay hombres que contemplando los restos soberbios que quedan de la dominación árabe, o estudiando el estado de las monarquías incásica y azteca en el momento de la conquista americana, ven en esas formas del progreso humano, verdaderas civilizaciones avanzadas y deploran la intervención de España y la imposición de su fórmula propia aniquilando aquéllas. Es una paradoja que seduce al espíritu, sobre todo en una blanca noche de luna, en el centro del patio de los Leones en la Alhambra o en el ambiente perfumado de los jardines del Alcázar de Sevilla. La civilización musulmana hizo su evolución completa, alcanzando el apogeo de su desenvolvimiento en el sentido único que el ideal del pueblo árabe y su institución religiosa permitían. Las maravillas arquitecturales que hoy contemplamos con asombro, parecen revelar un estado de espíritu culto, pulido, lleno de movimiento y luz, contrastando con la sombría órbita moral del caballero cristiano que más tarde había de cubrir los mosaicos y arabescos de las mezquitas con los símbolos de su culto ferviente. Es un error; fuera de esa arquitectura característica de decadencia, los árabes no tenían una sola idea que valiera el vigoroso y amplio ideal cristiano, susceptible de obscuridades transitorias, pero fecundo en su germen, próximo a renacer de su prolongado letargo de la Edad Media y a sacudir las cadenas del misticismo, para estallar soberbio en el cinquecento.

Organizada para la más larga y dura guerra por la fe que registra la historia, la España era una entidad moral lógica y entera, armónica en todas sus manifestaciones. Todo en ella venía de Dios y todo volvía a Dios, desde las manifestaciones poéticas de sus más preclaros ingenios, hasta el brutal valor del soldado o el caballeresco arrojo del señor. Concebida la vida nacional como un culto perenne, en su seno no tenían cabida los que no participaban de ese ideal. En un estado análogo de opinión, todas las conquistas morales de la Reforma y la filosofía del siglo XVIII, habrían sido impotentes para evitar la expulsión de los heréticos. Jamás hubo en el mundo fanatismo más sincero; no era más ilustrada y consciente la fe de un fraile mendicante que la de Felipe II o la de su hijo. Felipe IV ve al francés posesionarse de Barcelona, el Portugal segregarse de su corona, los viejos tercios españoles aniquilados en Rocroy; pero su preocupación principal es la resistencia del papa en proclamar el dogma de la Inmaculada Concepción de María. Abandona el gobierno en manos de Olivares o Haro, pero su Egeria política, social, religiosa, íntima, es una obscura monja perdida en un convento de Aragón, cuyo cuerpo macerado y espíritu exaltado le dan los caracteres que la época atribuía a la beatitud. Como era natural en una sociabilidad semejante, el arte nació bajo los auspicios de la religión. El ideal primero no fué la tradición ni se ayudó de la fantasía terrena; el arte bebió su inspiración en la fe, y si el campo fué restringido, ahí están las viejas catedrales góticas para atestiguar de qué manera se explotó. Como el sacerdote que cumple los ritos del culto, como el niño que en el coro eleva su voz argentina cantando las alabanzas del Señor, como el soldado que derriba moros en nombre de Dios, así el artista poniendo piedra sobre piedra, esculpiendo las sillas del coral o trazando en el lienzo las figuras de los bienaventurados, todo acto, toda manifestación intelectual tendía al mismo objeto. La vida nacional entera era una oración colosal.

Luego el artista, llamado a interpretar iconográficamente los misterios del culto y los dogmas revelados, ¿no llenaba acaso una misión sacerdotal, abriendo, por su arte, el espíritu de los miserables y desheredados, a la comprensión de las cosas divinas? En esa aspiración constante del alma española hacia el cielo, el artista que reflejaba en sus telas las escenas de la vida futura o trazaba los cuadros más intensos de la Pasión, era para el clero un colaborador precioso. Así, desde que el duro batallar contra infieles termina con la conquista y que las primeras tentativas artísticas empiezan a producirse, se observa que nacen en el interior de los conventos, realizadas por obscuros frailes cuyo nombre ni aun ha conservado la historia. Figuraos un monje enterrado en un obscuro claustro americano, sin tradición, sin modelos, sin nociones prácticas del arte, luchando con la impotencia de sus medios para traducir las visiones de su alma. Tal debió ser la primitiva pintura española, vigorosa de expresión como todo lo que es sincero, pero de un tecnicismo infantil e ingenuo.

Puede contarse entre los sucesos que mayor trascendencia han tenido en la historia de España, igual en consecuencias de importancia al descubrimiento de América o a la conquista de Granada, el enlace de la hija única de los Reyes Católicos, Doña Juana, a quien la historia vacila hoy en calificar de loca, con el archiduque de Austria, Felipe, llamado el Hermoso. El origen del príncipe y su aporte matrimonial, aquellos Países Bajos que tanta sangre y dinero costaron a España, arrancaron a ésta de su aislamiento secular. Impelida por el espíritu guerrero y los hábitos de aventura contraídos en la larga lucha, volvió su energía al exterior y es desde ese momento que vemos sus ejércitos recorrer la Europa entera, fundar y conquistar reinos, sus naves surcar los mares y sus famosos capitanes fijar nombres gloriosos en la memoria humana.

Con Carlos V el espíritu europeo penetró en España, y el advenimiento del Emperador puede considerarse como el punto de partida de una nueva era. Hasta entonces España había sido un soldado, cuya vida recta y monótona está trazada de antemano. Combatir al infiel era toda su misión; de hoy en adelante, entra en la vida colectiva, necesita formarse una escuela política y ensayar las artes del gobierno para armonizarlas con sus dotes militares. Los grandes capitanes no le faltan: Gonzalo de Córdoba, Alba, Farnesio, Spínola, Villafranca. Sus políticos habrían estado a la altura de la situación, si la concentración del poder y la omnipotencia de la voluntad real en unos casos y en otros la privanza de favoritos ineptos, no hubiera ahogado su iniciativa. Si el famoso presidente La Gasca, cuya acción, desenvuelta en un mundo desconocido entonces, ha quedado en la historia borrada por la distancia, sin que no obstante sea fácil encontrarle un rival en habilidad, prudencia y perseverancia, si La Gasca, repito, hubiera estado al alcance de su soberano y bajo su constante e inmediata inspiración, la España habría perdido el Perú en el siglo XVI en vez del XIX.

Pero todos los grandes señores que comandaban por el rey en el extranjero ejércitos o provincias, se habían ido iniciando lentamente, no sólo a los hábitos más cultos y costumbres más dulces que encontraban en los enemigos que combatían o en los pueblos que gobernaban, sino también tomando gusto por las cosas del arte. La imaginación meridional, fácilmente accesible a la impresión de la belleza y la fastuosidad tradicional del magnate español hicieron el resto. Carlos V, al recoger el pincel del Ticiano, fijó el rumbo, dió el ejemplo y facilitó, ennobleciéndolo, el movimiento artístico que alcanzó su apogeo en pleno siglo XVII.

El momento no podía ser más propicio: los ejércitos españoles pasaban largos años en Italia, convulsionada aún por el Renacimiento, o en los Países Bajos, donde brillaba ya la vieja escuela flamenca, a la que, renovada, tan grandes días estaban reservados. Los nobles españoles que acompañaban a Carlos V formaban su gusto en las telas de Leonardo, que había revolucionado el arte, abriéndole surcos nuevos y fecundos, o en los mármoles del Buonarotti, y sea que entraran aclamados en la Ciudad Eterna, o por la brecha con Borbón, se presentaban por primera vez ante sus ojos las maravillas del arte antiguo. Existen rudas relaciones de soldados de aquella época que atestiguan la impresión producida por esos espectáculos inesperados. La inteligencia española no estaba aún preparada para penetrarse del espíritu del Renacimiento y las letras clásicas, puestas en boga por Petrarca y sus continuadores en el estudio de lo antiguo, dejaban fríos a aquellos hombres, que no concebían otro trabajo digno del espíritu que la teología. Pero las bellas artes tienen la incomparable ventaja de impresionar a los hombres de más opuestas tendencias morales, sin exigirles una preparación especial. No es necesario conocer y sentir a los griegos para extasiarse ante el dibujo de Miguel Angel o el color del Ticiano. La belleza habla por sí misma.

Así, el desenvolvimiento de las bellas artes en España fué debido al impulso dado por la aristocracia. Los magnates más famosos por su cuna, sus hechos o su hacienda, cifraron la gloria de sus casas en acumular en ellas riquezas artísticas o tesoros de erudición, como el reunido en Guadalajara por la ilustre casa de Mendoza.

El duque de Alba, el grande y duro guerrero de Flandes, el soberbio conquistador de Portugal, convirtió su casa de Alba de Tormes en un verdadero museo de obras de arte, que más tarde completó su hijo, ordenando a Granelo y Castello celebraran en lienzos las hazañas del padre. El gran capitán pasó los últimos años de su vida en la Abadía, antiguo castillo de Templarios, en Extremadura, creando sobre las riberas del Ambroy jardines que fueron famosos y dando hospitalidad a Lope de Vega, que escribió allí su Arcadia, en la que describía las magnificencias de la morada de su huésped ilustre.

Por fin Sevilla, que fué el emporio de la riqueza y las artes españolas en el siglo XVII, teniendo el monopolio de las comunicaciones con América, por su Casa de Contratación, era el centro donde afluían infinidad de extranjeros, deseosos de iniciar negocios y cambios con aquellas fabulosas regiones americanas, de las que llegaba oro sin cesar y que la imaginación popular se figuraba como el tradicional Eldorado. Los italianos, holandeses y alemanes que llegaban a Sevilla, traían una educación más avanzada que los españoles y un gusto formado ya por las cosas del arte. Muchos de ellos, sea por el éxito de sus negocios, sea por la razón eterna que persiste aún en el día a fijar en aquel suelo a muchos de los que llegan con ánimo transitorio, la belleza de la tierra, la pureza de la atmósfera y la suavidad del clima, concluían por formar allí su hogar y adornarlo con los nacientes productos del arte español. Su buen gusto contribuyó en mucho a modificar el carácter de la pintura sevillana, grosera hasta entonces, sin más clientela que el populacho ininteligente de las ferias. Sus relaciones de los grandes maestros extranjeros, de la sabiduría de sus composiciones, de la corrección de sus dibujos y de la armonía de su color, fueron modificando poco a poco la tendencia dominante, cuyo último representante puede decirse que fué Herrera el Viejo, pintando enormes lienzos con brocha gorda y a distancia, verdadera escenografía, absurda fuera de su aplicación natural. Las iglesias y catedrales de América, especialmente de Méjico y el Perú, únicas regiones que atraían entonces la atención de España, deben estar aún llenas de cuadros de esa época. Aun se han de encontrar algunos retratos de Sánchez Coello y de Pantoja y no pocas escenas religiosas de los Herreras, Pacheco, etc. Muchas de esas riquezas se habrán perdido y entre ellas tal vez aquellos cuadros que pintó Murillo a la carrera, dividiendo un gran lienzo en compartimentos iguales, llenándolos con su furia vertiginosa y vendiéndolos a mercaderes americanos, para con su importe trasladarse a la corte a perfeccionarse en el arte del que más tarde fué una gloria.