—¡Ya! gritó el aludido desde la región ignota donde procuraba convertirse en eco lastimero.
—¡No, hombre! Oiga bien el piano y entre en el acorde que le hemos indicado.
—¡Perdón! dijo D. Benito asomando la cabeza por la puerta del cuarto y teniendo en las manos el famoso peine envuelto en papel de seda. ¡Perdón! ¿Pero no sería posible hacerme saber por algún medio visible, cuál es el acorde indicado? Hay muchos que se parecen y me puedo confundir. Además, de donde me han puesto no alcanzo a verlas y...
—¿Pero no le queda el oído? Todos los eslavos son músicos de nacimiento, señor Morreón, y usted, por simpatía, debe tener oído.
El argumento pareció convencer a D. Benito, que desapareció asegurando que pescaría el acorde.
Clara dibujó la melodía en el piano y María empezó el triste recitativo de la serenata de Braga con su vocecita débil pero afinada y simpática. Todo el mundo había hecho silencio y el público menudo de la ventana retenía el aliento para no perder una nota. En el momento oportuno, justo después del acorde indicado, D. Benito, puntual bajo la excitación hecha a su honor panslavista, rompió denodadamente el fuego con bastante precisión.—La cosa no era muy fácil, porque la voz llevaba una melodía y el piano acompañaba, mientras D. Benito debía esgrimirse por su cuenta, concurriendo con el elemento principal al conjunto. Había empezado bien; pero en el cambio de tono, le era necesario llegar a un si bemol que había sido uno de los primeros obstáculos en el ensayo, hasta que María consiguió hacer apretar los dientes al pedagogo sobre la parte unida del peine y llegar así, por un esfuerzo que las venas del cuello revelaban, al si bemol deseado. D. Benito, todo a su tarea, apretó con tal frenesí, que la nota salió vibrante, no muy justa, pero potente de sonoridad.
—¡Mirá el paine!—exclamó Toribio sin poderse contener, con medio cuerpo dentro de la ventana.
Todos soltaron la carcajada, María la primera, que interrumpió el canto—Toribio se puso como una flor de amapola, y no sabiendo qué hacer, sonrió humildemente, mientras D. Benito asomaba la cabeza con aire agitado, preguntando:
—¿Me he equivocado?
—Al contrario, señor Morreón, merece Vd. un bravo, dijo la señora. Ha sido un acceso de entusiasmo en el público.