¡Da capo, da capo!—gritó Pepe.

La serenata, por fin, se ejecutó a la satisfacción general, sobre todo del maestro de escuela que, agobiado por las felicitaciones y vislumbrando un porvenir de gloria, preguntó a María muy seriamente si no había música escrita para el peine. La alegre criatura le aseguró que sí, prometiéndole hacer venir la partitura de una ópera de Rubinstein, transcripta para ese amable instrumento.

Luego vino el esperado duo de D. Juan, por María y Barclay. Barclay conocía la música y allá en sus tiempos debía sin duda haber cantado. La verdad es que, con su voz sin timbre, pero sumamente afinada, supo dar al "la ci darem la mano" una expresión tan característica y personal, que Carlos lo miró asombrado. Algo le revelaba que en aquel corazón silencioso y solitario pasaban cosas que la calma aparente de la vida no dejaba ver. La música es el lenguaje universal de todo lo que siente y sufre; ella sola puede traducir con la vaguedad necesaria para no profanarlos, los sentimientos más ocultos y profundos que se mueven en el fondo del alma humana. Además, Mozart tiene este rasgo característico, que la excelencia de su interpretación no depende exclusivamente del arte, sino de la inteligencia. A un artista sin talento se le puede enseñar bien una ópera cualquiera, siempre que tenga voz y sepa usarla. Eso no basta para Mozart o mejor dicho, Mozart, el único, puede pasarse de esos elementos. Fuera de Faure, a nadie he oído la serenata de D. Juan como a un hombre de mundo, casi sin voz, que la murmuraba de una manera exquisita para las ocho o diez personas que rodeaban el piano...

Así corrían las noches en la alegría, como los días en la serenidad.

[La primera de "Don Juan" en Buenos Aires]

Después de un largo eclipse, nunca completo, pues tras la penumbra brillaba siempre la tenue luz que muchos recordaban como una fuente deliciosa de vida y armonía, reaparece en el cielo el astro soberano en su calma serena y transparente.

¿De dónde viene el engouement actual por Mozart? En primer lugar, de la pobreza de la producción contemporánea y luego por su eterna belleza. Mozart no será olvidado jamás, y mientras la raza humana persista, continuará fascinándola. En resumidas cuentas, Mozart, Beethoven, Wagner. Todo lo demás son poetae minores, muy apreciables, pero que al lado del trío majestuoso, gravitan como partículas siderales innominadas.

Pero a mis ojos, Mozart se mantiene, persiste y triunfa, precisamente por la ausencia de algunos de los caracteres que le han sido generalmente atribuídos por la mayor parte de los escritores—y son legión—que de él se han ocupado. Todos sabéis que hasta hace diez o doce años, para el vulgo, música alemana era sinónima de obscuridad, de impenetrable profundidad, de ciencia abstrusa reservada únicamente a los iniciados, destinada a no ser comprendida jamás por el buen grueso público, a quien gusta salir del teatro tarareando los motivos de la ópera que acaba de oir. Recuerdo que en uno de los novelones de Pérez Escrich, ese ilustre predecesor de Onhet, que hizo la delicia de nuestra infancia, dos personajes conversan al salir del Real de Madrid, antes de ir al Café Fornos, que para Escrich era el summum de la elegancia. Han oído... el Fausto, de Gounod, y uno de ellos, dilettante apasionado y con autoridad en la materia, declara que el arte musical morirá a manos de esos armonistas maldecidos, que desprecian la melodía y les da por hacer música sabia e incomprensible. Y se trataba del Fausto!

Así, ¡cuánto se ha dicho de Mozart, de la profundidad de su concepción, de lo intrincado de su manera y de la preparación especial que se requiere para entenderlo! Y, sin embargo, es el mayor portento de claridad, de nitidez cristalina que la historia del arte registra. Pero a su maravillosa facilidad, al espontáneo torrente de melodía que brota de su cerebro, se unen dos condiciones tan raras, que han hecho de él el único y el inimitable: su instinto dramático, en primer lugar, que le permite, con sin igual soltura, traducir la situación, y en segundo, la elegancia, la distinción suprema de su melodía. Se le acusaba de haber puesto la estatua en la orquesta y el pedestal en la escena. Es que fué de los primeros en comprender que una batalla debe darse con todas las fuerzas de que se dispone y utilizó los pocos instrumentos con que contaba, fundiéndolos con las voces, abriendo así esa vía luminosa que Wagner debía recorrer triunfalmente hasta agotarla.

Es esa la maravilla del Don Juan; el drama está en la música más que en la palabra y pienso que hasta sin el juego escénico, se necesita ser muy lego en la materia para no sentir y comprender la intención de la frase musical y no adivinar, tras las melodías que Mozart hace cantar a su héroe, el alma voluptuosa, ligera y escéptica del seductor...