—El señor es siempre bondadoso conmigo; sólo le pido que me lleve consigo donde vaya y que me acepte a su lado mientras mis servicios le sean útiles.

—Bien, bien; tenemos tiempo de hablar. Prepare todo para descender mañana temprano. ¿No ha habido nuevos curiosos?

—No, señor; desde Río me dejan tranquilo.

El joven hizo un gesto de fastidio mientras el criado se retiraba. El hecho es que desde Burdeos había vivido a bordo en una acechanza constante, en una insoportable persecución de la curiosidad ajena. Su retraimiento sistemático, sus respuestas monosilábicas, dadas con glacial corrección a los que intentaban abrir charla con él, su silencio en la mesa, el imperioso deseo de soledad que revelaba su aspecto, le habían señalado al mundo de a bordo como un personaje original, orgulloso primero, enigmático después, sospechoso más tarde. Entre los pasajeros había pocos argentinos; la mayor parte eran familias de extranjeros radicados en el país y sin contacto con la alta sociedad porteña. Así, había duda hasta sobre el nombre del joven, que figuraba en sus maletas, en la lista de pasajeros, que no importaba misterio alguno, pero que el deseo de crear historias rodeaba de sombras en el ánimo de esa buena gente. No pudiendo sacar nada del amo se dió el asalto contra el criado, llevando la voz los que hablaban francés, porque Pedro no entendía una palabra de castellano. Pero o Pedro tenía un natural poco comunicativo o cumplía instrucciones terminantes, el hecho es que tres o cuatro respuestas secas, dadas con su aire de ceremonia, pusieron en derrota a los más audaces.

Sólo se supo a punto fijo que el joven se llamaba Carlos Narbal, que pertenecía a una distinguida familia de Buenos Aires, que tenía fortuna y que había estado muchos años ausente. Y esto, gracias a tres o cuatro cocottes que venían a Río contratadas para el Alcázar, según decían, que se daban suntuosos aires de artistas, pero que el comisario de a bordo, que debía conocerlas a fondo, amenazaba con enviarlas a perorar sur le gaillard d'avant cada noche que el alboroto promovido por las ninfas se hacía insoportable. Cuando se les pasó el mareo del golfo y entrando a las aguas más tranquilas del Océano empezaron a recibir los galanteos de la gente de a bordo, que en general ofrecía poco porvenir, sus miradas no tardaron en dirigirse sobre Carlos, cuyo aspecto auguraba un hombre de mundo. Si en alguna parte las mujeres tienen conciencia de su fuerza es indudablemente sobre la cubierta de un buque. Caras que no se han percibido en el momento del embarque, adquieren cierto atractivo a los ocho días de navegación, y a los quince, a menos de ser unos monstruos, pasan con facilidad por bellezas acabadas. El fenómeno se produce a favor de un sinnúmero de circunstancias, de las que cuentan en primera línea el aire vivificante del mar, la fuerte alimentación, la inacción forzosa y la ausencia absoluta de puntos de comparación. Pero todo eso parecía hacer poco efecto sobre el hombre único tal vez que no hacía avances. El repertorio estaba agotado, las miradas tiernas, la pantalla caída a propósito, el "Mon Dieu, qu'il fait chaud!" en los trópicos, el insinuante y audaz "est-ce que vous connaissez Rio, monsieur?", todo el arsenal de escaramuzas femeninas. Una de ellas, más crâne que las demás, había hecho jugar la gruesa artillería y una noche, antes de llegar a Bahía, cuando ya hacía rato que habían sonado las doce y que los corredores estaban desiertos, se entró sencillamente al camarote que ocupaba Carlos, que a causa del calor había dejado sólo la cortina corrida. Carlos, que no dormía, se sentó en la cama. Entonces una voz queda, pero muy queda, cuya entonación procuraba infiltrar la persuasión de que los vecinos no se despertarían, murmuró: "Pardon, monsieur, je me suis trompée de cabine". Carlos refunfuñó algo, se dejó caer sobre el lecho y la poco orientada artista declaró al día siguiente que aquello, con el aspecto de un hombre, y même pas mal, no era tal.

Luego, el aislamiento, las largas horas pasadas con los libros amigos, con el Dumas que no cansa y que se relee con el placer que da la evocación de las impresiones de la primera lectura, los buenos y sanos libros de historia, las revistas científicas, las narraciones de viaje que llevan el espíritu a regiones remotas. Y por la noche el panorama de los cielos llenos de estrellas, del mar que las refleja con cariño, de la estela que se desvanece lentamente como un sueño, la blanca espuma que se apaga murmurando, la caprichosa fosforescencia de las aguas que se abrillantan por instantes como el espíritu del que sufre, con un reflejo de esperanza, para caer en seguida en la sombra...

La última noche, pero frente a la patria, cuyo amor se levanta espléndido sobre todas las ruinas morales. Ahí estaba; bajo el crepúsculo incierto del horizonte, dormía la ciudad madre, cuna de su cuerpo, nodriza de su alma, fuente también sin duda de todas las amarguras de su vida. Miraba, miraba intensamente el reflejo lejano y a medida que su espíritu leía el pasado en la memoria, sus ojos se impregnaban de lágrimas o adquirían una dureza de acero. Luego pasaba la mano por la frente y quedaba inmóvil.

Un dolor profundo o un error inmenso pesaba sobre el alma de ese hombre; o se había estrellado contra una desventura sin remedio, de las que rompen la armonía interna y velan el porvenir o bajo un fastidio colosal, el origen de su mal se había desenvuelto e invadido todo el ser moral.

¿Quién, quién sabe las ideas que pasan por el cerebro de un hombre joven que sueña bajo los vientos dormidos, sin más horizonte a su mirada que las aguas silenciosas y monótonas?...

La campana de proa daba las dos de la mañana, cuando el criado avanzó resueltamente y con cierto aire de autoridad y un "Je vous en prie, monsieur" insistente y suave, pidió a Carlos que se recogiera. El joven descendió; la luna continuaba brillando a través de la niebla húmeda que se aumentaba por momentos, el círculo amarillento que la rodeaba se extendía y las aguas comenzaban a moverse con más rapidez en la superficie del estuario inmenso.