Las horas corrían así, lentas e iguales. En el comedor se había hecho el silencio; a popa, un grupo que hablaba en voz baja, sólo revelaba su presencia por el intermitente resplandor de los cigarros.

Varias veces ya un hombre había aparecido en lo alto de la escalera que daba al puente y luego de mirar con interés cariñoso al joven inmóvil había descendido. Al fin, en una de sus últimas subidas, se acercó suavemente con un plaid en el brazo y lo tendió al joven, diciéndole en francés con respetuoso acento:

—La humedad de la noche puede hacerle mal, señor. He traído este abrigo, por si el señor piensa no recogerse todavía.

—Gracias. No descenderé aún; no podría dormir. Tráigame un poco de cognac con agua y cigarros.

El criado reapareció un momento después, el joven encendió un tabaco, se envolvió en la manta y quedó mirando con una expresión de cariñosa tristeza a su servidor.

—Mañana concluye la cuarentena, Pedro.

Pedro se inclinó.

—Y empiezan los días amargos de que le he hablado, añadió el joven sonriendo.

—Yo estoy bien en todas partes donde el señor quiera tenerme consigo.

—Sí, pero usted no conoce la vida de nuestros campos, sobre todo a donde vamos. Es el desierto, la soledad y el silencio constantes. Tendrá Vd. poco o nada que hacer allí y el fastidio puede engendrar la nostalgia. Le repito, pues, mis palabras de París: no hay compromiso ninguno entre nosotros. En el momento en que lo desee, regresará Vd. a Europa o se instalará en Buenos Aires, a su elección.