Nuestro buen Icaza puso en limpio su artículo magistral, en buen papel, tinta negra y letra clara y se lo llevó solemnemente a Héctor, que entendía de música como de cualquier otra noción racional. Este se lo recibió, agradeció al compadre Icaza (todo el mundo era compadre de Héctor, no sé por qué) su valiosa colaboración y le pidió que esa misma noche fuera a corregir las pruebas. Icaza no faltó por cierto, espulgó su prosa, teniendo por oidor al ñato Montes de Oca, de todos los errores de caja, y luego se nos presentó en el teatro, más misterioso que nunca. "Mañana y a callar!", nos dijo. Preparamos el alma a las grandes emociones, advertimos a Ferrari, nos fuimos al Club, en donde, de mesa en mesa, propalamos la buena nueva y a la mañana siguiente, nos despertamos al alba para pedir la Tribuna. En vano la recorríamos desde la cruz a la fecha: ni sombra del artículo de Icaza! Por fin, se me ocurre echar una mirada sobre las "Cosas" de Orión. Lo primero que leo es lo siguiente: "El buen gringo, mi compadre Ferrari, va a dar el Don Juan, de Mozart, ese alemán de rechupete, en el teatro Colón". En seguida, sin título ninguno, como consecuencia de esa frase trascendental, el artículo de Icaza, menos la firma. Al final, este parrafito, dedicado a Ferrari o a Mozart, el texto es confuso: "Ah, gringo lindo!" Luego la firma: Orión.

Me vestí de prisa y corrí a casa de Icaza; un sirviente gallego me recibió, trastornado: "El señorito me pidió los diarios a las 7, en seguida le dió un ataque y ahí está sin sentido; le han puesto ventosas!"

1897.

[ [11] Aun vivía el buen maestro cuando fueron escritas estas líneas.

[ [12] Así se ha dibujado él mismo, "Treinta años después", en la deliciosa página que lleva ese título y que publicó "La Biblioteca".

[ [13] La señorita Genoveva Amadeo.

[En el fondo del río ] [14]

El último día de cuarentena tocaba a su término. Había a bordo un bullicio insólito. El piano, golpeado con más rigor que en las melancólicas noches de la última semana, exhalaba sus quejidos ásperos con tal buena voluntad, que se creía adivinara próximo el momento del reposo. Se había instalado un nueve animadísimo en una de las mesas del comedor y los maltratados en la travesía trataban de rehacerse, tentando la suerte del último día, postrera esperanza, engañosa como todas. Un coro de señoras, un tanto enrojecidas por la labor interna de la digestión, rodeaban el piano, donde una escuálida criatura de veinte años batía las teclas sin piedad, mientras su hermana o algo así, soñaba en voz alta, más o menos afinada, con bosques sombríos, claros de luna, citas de amor y mal de ausencia. Los corchos de cerveza y limonada gaseosa, con su falso ruido de champagne, saltaban a cada instante. Los sirvientes, al pasar, solían poner la mano en el hombro a algunos pasajeros y les deseaban, con un aire de superioridad incontestable, buena suerte en el piquet.[15]

Arriba, sobre el puente, la luna, el espacio tranquilo, el Plata dormido, meciendo sus olas pequeñas y numerosas, que se extinguían sin rumor contra los flancos del navío. A lo lejos, al frente, en el confín del horizonte, una faja rojiza tenue, como el resplandor lejano de un incendio, visto a través de una atmósfera cargada de vapores leves. A la derecha, también distantes, los faros de las costas y la imperceptible raya negra que el espíritu adivinaba más de lo que los ojos veían. En medio del río, vasto como un mar, multitud de luces que oscilaban lentamente en lo alto de los mástiles. De tiempo en tiempo el eco triste de una campana que daba las horas, como si recordaran al que soñaba sobre el puente que aun en el seno de esa paz silenciosa, la vida corría y las tristezas con ella.

Estaba solo en cubierta, tendido sobre un banco, el brazo apoyado sobre la baranda y la cabeza sostenida en la mano. La luna bañaba de lleno su rostro de facciones regulares, joven aun, pero fatigado. Miraba al astro velado por la niebla ligera con la persistencia de los soñadores y la vaga expresión de sus ojos anunciaba que su alma recorría el pasado.