Luego se acostó y empezó para él el infierno cotidiano de los que han perdido el dulce sueño reparador de la vida...

Corría el tren por los campos iguales y monótonos. En el vagón que ocupaba Carlos iban dos o tres personas desconocidas entre sí, lo que no impidió que a partir del almuerzo trabaran una larga conversación sobre los temas eternos de la vida de campo, la lluvia que hacía falta, porque los pastos estaban flojos, el cardo que tardaba, las barbaridades de los jueces de paz de los partidos respectivos a que pertenecían los viajeros, y por fin, la política, vista al microscopio, las profesiones de fe grotescas, una estrechez de espíritu inconcebible. Carlos oía con cierta atención la insípida charla; como los campos que atravesaba le traían la perdida nota impresional de la patria, así el palabreo que llegaba a sus oídos hacía revivir en su memoria el mundo normal en cuyo seno pasó su juventud. Luego sus ojos se perdían en la dilatada llanura, extensa como el mar y como él generadora de tristezas.

Pedro, solo y grave en un vagón de 2ª., miraba con asombro nuestros campos, buscando en ellos el cultivo, la subdivisión, el canal de riego, el bosque, el aspecto europeo, en una palabra. Una sensación indefinible le oprimía y a veces sacaba la cabeza por la portezuela, ansioso, en la expectativa de un cambio que no se producía.

Por fin, a la caída del día, el tren llegó al Azul; Carlos se dirigió a la posada. En la puerta del gran patio donde llegan las diligencias, carruajes y gente de a caballo, se encontraba un hombre recostado en un poste. Tendría de cuarenta a cincuenta años; alto, delgado, barba canosa, ojos negros serenos. Su traje era el de nuestros gauchos, chiripá, poncho, un modesto tirador viejo ya, un sombrero de felpa entrado en años y unas fuertes botas de baqueta, nuevas, compra sin duda de la víspera. A pesar de haber visto a Carlos, no hizo un movimiento. Este avanzó sonriendo hacia él y le puso la mano en el hombro.

—¿No me reconoces, Tobías?

—Niño Carlos...

No pudo decir más; se sacó el sombrero, empezó a darlo vuelta entre las manos y se quedó mirando a Carlos con tamaños ojos de asombro.

—Sí, mi buen Tobías, estoy muy cambiado. Además, hace como diez años que no nos vemos. ¿Y cómo va la salud? ¿Y los hijos?

—Buenos todos, señor; los muchachos andan en tropa. Anselmo salió anteayer con una punta y Gregorio debe llegar mañana o pasado.

—¿Y quiénes hay en la Quebrada?