—Manuel Tabares, cuatro peones y la vieja Nicasia.
—¿Aún vive Nicasia?
—Cuando ha sabido que el niño iba a venir se ha puesto como loca.
—Bueno; tenemos tiempo de hablar. ¿Cuántos caballos has traído?
—Cuatro, por si acaso, aunque ninguno hemos de tener que cambiar.
—¿Y el carro?
—Llegará mañana a la tarde. ¿Cuándo nos vamos, señor?
—Mañana bien temprano, para llegar con día.
—Saliendo a las seis estamos a las cinco en la Quebrada.
—Tobías, este hombre (y señalaba a Pedro, que, con un saco de noche en la mano, correcto e inmóvil, había presenciado el diálogo sin entender una palabra), este hombre es mi sirviente, pero no habla español. Dice que aunque no es muy de a caballo, quiere ir montado, en vez de esperar el carro. Dale uno de buen andar y manso.