—El moro, señor.
—Vaya por el moro. A las 5 me recuerdas con todo listo.
Desfiló el clásico menú de los hoteles de campaña en nuestra tierra. ¿Un buen puchero? ¿Un buen asado? ¡Jamás! Frituras, guisos pseudo-franceses, combinaciones de un chef que, para elevarse al arte cree deber salir de la naturaleza. Carlos recorrió la lista, recordó su experiencia pasada y pidió un ingenuo bife con dos de a caballo, una botella de cerveza inglesa y queso. ¡Ay de aquel que sale de ese régimen higiénico!
El cansancio del ferrocarril le dió algunas horas de sueño. Pero cuando a las 5 de la mañana Tobías vino a golpear su puerta, le encontró vestido y pronto a montar.
Así que dejaron el pueblo y que el espacio abierto se presentó, Carlos sintió esa sensación deliciosa que sólo los argentinos sabemos apreciar, cuando, sobre un buen caballo, se galopa por los campos en la mañana. Una leve brisa, fresca, con un olor sano e intenso, venía de oriente, donde el sol se elevaba ya, pugnando por abrir camino a sus rayos al través de un grupo de nubes. Las estancias esparcidas en la extensión de la llanura, como islas en un mar inmenso, manchaban con sus tonos obscuros la sábana de verde pálido en la que la vista se perdía hasta el confín del horizonte. Los caballos, contentos y briosos, resoplaban con energía, levantando sobre el camino resecado una nube de polvo, que iba a disolverse a la espalda en fugitivos remolinos. Un grupo de ovejas que comía al borde de la ruta se precipitaba al lado opuesto y detrás iba toda la majada, desatentada, como si corriera un peligro inmenso. Cuatro o cinco corderos quedaban rezagados, con la colita entre las piernas, enclenques, temblorosos bajo su cuero desnudo y arrugado, balando con un quejido lastimoso. Diez o doce madres habían dado vuelta cara y respondían al llamado sin cesar, como sacando la voz de las entrañas para que sus hijos las reconocieran. Un perro, girando a la carrera alrededor del rebaño, ladraba furioso al pasar junto al grupo de jinetes, cuyos caballos agachaban las orejas e hinchaban ligeramente el lomo. Luego, una manada de yeguas que sale a escape, se detiene a cincuenta varas y queda inmóvil, las orejas rectas, los ojos grandes e ingenuos. El sultán está a la cabeza, soberbio con su larga crin y opulenta cola. Brilla su pelo inmaculado como un tejido de acero. Un potrillo más audaz se acerca, hace una cabriola, rompe a la carrera, se detiene al pie de la madre y se pone tranquilamente a mamar. Las vacas son más reposadas; algunas levantan la cabeza, pero pronto la inclinan sobre la tierra y continúan rumiando. Uno que otro toro espléndido se cuadra noblemente, escarba el suelo y mira con arrogancia.
Los teros atronan el aire; parecen la bocina del derecho indio, clamando eternamente sobre la pampa contra la conquista europea. Avanzan audaces, cruzan a dos varas de los jinetes como una saeta y se pierden a lo lejos, dando la voz de alarma que hace poner en fuga a los patos que reposan en la próxima laguna, rica en juncos y pobre en agua. La lechuza, inmóvil sobre una viscachera o en la punta de un palo de alambrado, abre el pico como un resorte mecánico, lanza su grito gutural, que en la noche inquieta los espíritus más serenos, deja caer sus párpados amarillentos, que tienen más expresión que sus ojos mismos y queda en su postura egipcia. Multitud de pequeñas aves saltan a cada instante de entre el pasto; por momentos, una perdiz hiende el aire con su silbido característico y el ruido estridente de sus alas al batir precipitadas; otras se agachan, se disuelven entre los tonos grises de la tierra y quedan inmóviles. De tiempo en tiempo Tobías les lanza su rebenque, no siempre sin resultado, ante el asombro de Pedro, que contempla atónito el nuevo sistema cinegético.
Y así avanzan en silencio, Carlos perdido en sus reflexiones, el sirviente un tanto dolorido ya, Tobías con la indiferencia suprema del gaucho por todas las cosas de la vida. Cada media hora, Tobías da la señal de reposo deteniendo su caballo y poniéndolo a un trote suave, pero que rinde camino. Según él, el secreto para llegar pronto no está en andar ligero, sino en andar seguido. Tobías nombra las estancias que aparecen a lo lejos, a medida que se avanza y que las copas de álamos que se veían suspendidas en el aire se unen a sus troncos al cesar el miraje. A las doce se hace alto junto a un jagüel rodeado de algunos sauces y paraísos que ofrecen una sombra suficiente. Carlos no ha querido ir a una pulpería que está a diez cuadras, en una estancia donde indudablemente habría sido muy bien recibido, pero en lo que habrían tardado tres horas en matar algunos pollos y donde habría tenido que hablar sobre cuanto Dios crió. Tobías, que se ha avanzado, después de manear cuidadosamente los dos caballos de repuesto, vuelve a la media hora con un carnero muerto y degollado, pan, vino y sal, hace fuego, fabrica un asador con una rama de sauce y a los veinte minutos se presenta con un asado color de oro, chisporroteando aún y chorreando de jugo.
Diez, veinte años de París, comiendo en Bignon, cenando en el café Anglais, no alcanzan jamás a borrar en nosotros el tinte criollo, la tendencia indígena, el amor a las cosas patrias... y el gusto por el cordero al asador. Se quema uno los dedos, es cierto, queda en la boca cierto sabor empaté, pero es esa una sensación posterior, altamente compensada por las delicias del primer momento.
La charla de sobremesa animó a Tobías, que aprovechó una buena ocasión para echar fuera lo que sin duda le estaba trabajando hacía tiempo.
—Dígame, señor, ¿viene por mucho tiempo a la Quebrada?