—Por mucho tiempo, Tobías; no pienso moverme de allí hasta que vuelva a Europa.
—¡Pero cómo va a vivir en esos ranchos, señor! ¿Cómo no se ha ido más bien a las Tunas?
—¿Te incomoda mi visita, mi buen Tobías?
—¡Por dónde, señor!
—Entonces, no hay que hablar.
Tobías se rascó la nuca, ensilló de nuevo los caballos y pronto la partida estaba en marcha. Fué ese el momento duro para Pedro. Al principio, el buen galope del moro recomendado por Tobías le había seducido; pero pronto le dolió la cintura, las rodillas le empezaron a arder en la parte que frotaban la silla y cuando después del reposo del almuerzo volvió a su postura de centauro, todo el cuerpo protestó en un estremecimiento. Se dominó, sin embargo, sonrió a Carlos y partió heroicamente al galope.
A las tres de la tarde, poco después de atravesar el arroyo de Chapaleofú, algunas gotas de agua empezaron a caer. El cielo se había cubierto por completo y pronto un aguacero tremendo cayó sobre los viajeros. La tierra parecía revivir bajo la onda; un olor de humedad se desprendía del suelo. El horizonte se había estrechado y los montes de las estancias más próximas se iban disolviendo entre la bruma. La lluvia redoblaba de violencia a cada instante y los viajeros estaban empapados hasta la carne.
Así marcharon dos horas, lentamente, al paso, porque el suelo se había hecho resbaladizo. Carlos, rebelde a la fatiga física, había recibido con placer la lluvia. En cuanto a Pedro, sólo Dios y él saben lo que pasó en esos momentos por su alma y la opinión que formó de nuestra tierra argentina y de sus modos de vialidad.
A las 7 de la noche, profundamente obscura, bajo la lluvia, un violento aullar de perros se hizo oir y una luz mortecina apareció a unos cien pasos.