—Llegamos, señor, dijo Tobías.
El viejo capataz se avanzó, gritó a los perros, que callaron al reconocer su voz y dió los caballos a dos o tres hombres que habían salido de la cocina. Una viejecita, con la cabeza descubierta bajo la lluvia, se avanzó mirando a uno y otro lado y cuando hubo reconocido a Carlos, lo ayudó a bajar, repitiendo sin cesar: "Niño Carlitos! Dios se lo pague!"
Carlos cortó el torrente de las expansiones y ganó rápidamente la casa, seguido de Pedro, rígido como un autómata. Cambió de ropa, comió y con inmensa delicia se tendió en una cama.
A la mañana siguiente se levantó temprano, tuvo su conferencia con Nicasia, a quien pronto despachó a la cocina y dió un vistazo sobre su morada. He aquí lo que vió.
Una pequeña casa de material, con techo de hierro de media agua, ocupaba el fondo de un cuadrado. A la derecha un rancho, cocina y cuarto de peones. A la izquierda la habitación de Nicasia, sin duda, un pequeño rancho de paja. Al frente un palenque para atar caballos y en el centro del patio un ombú raquítico que se había ido en raíces. Las tres piezas de su apartamento consistían en un dormitorio casi desnudo de muebles, un comedor por el estilo y un gran cuarto donde había algunas viejas sillas de montar, bolsas, una romana, una pila de cueros secos en un rincón, diarios viejos, un tercio de yerba, una damajuana de aguardiente, barricas de azúcar, una bolsa de sal y en una pared un retrato del general Mitre en 1860. Allí había dormido Pedro.
Carlos sacó una silla al corredor, puso sobre otra las piernas y cayó en profunda meditación. El día estaba espesamente nublado y la lluvia caía por momentos. Un silencio de muerte reinaba sobre los campos y el horizonte concluía a cien varas. A lo lejos, el eco amortiguado de un cencerro o el apagado ladrido de un perro. Contra un pilar del corredor, el criado fiel, perdido en ese mundo nuevo para él, dejaba vagar su mirada por el cielo gris. Carlos sintió que el corazón se le oprimía; temió que la paz tan buscada no estuviera allí, comprendió que mientras durase la tormenta intensa era inútil buscar la tranquilidad de las cosas para darla a su espíritu conturbado y pasó la mano por su frente. De nuevo miró a su alrededor; un recuerdo pasó por su memoria, una amarga noche en que inclinaba ya su cuerpo sobre el Sena, en París, para buscar la calma en la muerte. La lluvia caía, monótona, triste, sepulcral; la llanura parecía envuelta en una mortaja. Carlos inclinó la cabeza llena de sombras, murmurando:
—Heme en el fondo del río, con una piedra al cuello.
1884.
[ [14] Este fragmento, así como los dos titulados "De cepa criolla" y "A las cuchillas", formaba parte de un estudio de nuestra sociabilidad en aquel momento, que empecé a escribir en 1884. Ese trabajo ha quedado definitivamente sin concluir porque esas cosas, cuando no se publican de primera intención, dan más trabajo para corregirlas, que para escribirlas de nuevo. Si publico aquí esos fragmentos, es porque pueden leerse sin que choque su incoherencia, refiriéndose cada uno a un cuadro o a un asunto particular.
[ [15] Debe recordarse que en los vapores franceses ("Messageries Maritimes"), los pasajeros de 1.ª y 2.ª clases, viajan confundidos.