Llegado a los 17 años a Oxford, Carlos se encontró con un mundo nuevo que le sorprendió sin atraerle. Sus placeres no eran los mismos a que veía entregarse a sus compañeros. Su ingénita aristocracia latina repugnaba al ejercicio muscular constante y violento que era el fondo de la ocupación de sus fellows. Pero bien pronto la emulación, cierto prurito patriótico (¿dónde no va a meterse?) le determinaron a esforzarse, a trabajar, a querer y tras largas y terribles horas pasadas al sol, inclinado sobre el remo o jadeante en el campo del cricket, fué un día admitido a ocupar un puesto en la canoa de honor.
Pronto tomó gusto a la vida independiente del estudiante inglés, tuvo su apartamento, su servicio, su caballo, el valet de chambre hábil y correcto, invitó a lunchs, entró por las formidables wines partys, y como era generoso y sus medios le permitían ser espléndido, conquistó su carta de ciudadanía en el difícil mundo estudiantil en el que se requiere un tino exquisito para no ser demasiado obsequioso con un hijo de Lord o seco en demasía con el triste vástago de un cura de campaña.
Introducido por sus compañeros o por medio de cartas venidas de Londres, en el seno de algunas familias, sus ideas artificiales sobre la mujer, formadas en los bailes de suburbio en Buenos Aires o en sitios más característicos aún, empezaron a transformarse en un respeto instintivo. La atmósfera de pureza moral que respira un hogar inglés le penetró por completo y pronto, al ser tratado como un hombre de honor por un padre que le confiaba su hija, comprendió que no es necesaria una lucha tenaz con el instinto bestial que inspira infamias, para vencerlo con nobleza. Así, lentamente, sus facultades de raza, aquellas que no debemos envidiar a pueblo alguno de la tierra, se elevaron por la conciencia de sí mismas y acercaron a Carlos al ideal de un hombre, esto es, el hombre sereno, correcto, leal y reservado, cómodo en la vida, preparado por la reflexión para el porvenir, como la fortaleza prepara para la desgracia. El rasgo fundamental de su carácter fué la profundidad inalterable de sus afecciones. Quería a pocos, pero quería bien. Era un amigo de novela latente; más de una tarde, solo, pensando en la patria lejana, sonreía al ver pasar por su espíritu la imagen seductora del sacrificio en obsequio de un amigo. Todo habría hecho en caso necesario. Con una concepción semejante de la amistad, los pequeños rasguños duelen como heridas profundas.
¿Amores? El ligero flirtation del estudiante, la cinta recibida en una suave presión de mano para adornar su pecho en la regata, dos ojos azules palpitantes de júbilo el día de triunfo en el cricket, los paseos por la tarde o la lectura romántica de Tennyson. Pero ninguna impresión honda ni duradera.
A los veinte años, el primer rayo de la tormenta cayó sobre su alma serena. Un telegrama lo llamó a Buenos Aires, al lado de su madre gravemente enferma. Era su única familia, su mundo, su idolatría. Buena y dulce, no pudiendo habituarse a la separación, pero con esa fuerza de sacrificio en la que las madres concentran toda su energía, su cuerpo se fué debilitando hasta que el primer accidente la encontró sin vigor para la lucha.
Carlos llegó a tiempo para pasar dos días al pie de su lecho y recostar en su seno la cabeza querida en el último momento.
Una desesperación honda y callada se apoderó de él. En esos instantes, los amigos no bastan. El alma aspira al dolor con una voluntad persistente e invencible. La vida de la ciudad se le hizo insoportable y fué a pasar sus horas de amargura en uno de los establecimientos de campo que formaban su patrimonio.
Su vida de dos años, con raras apariciones en la ciudad, pasada en la atmósfera serena y monótona de los campos, borró la impresión aguda, dejando sólo la melancolía del recuerdo que jamás se olvida, pegado al corazón hasta la tumba. Ese aislamiento voluntario tiene el peligro del embrutecimiento, si no hay voluntad para resistir la inerte tendencia animal que empuja a la vegetación, al acuerdo inconsciente con todo lo que vive y muere alrededor. La música, la lectura, las visitas de sus amigos, la larga correspondencia subjetiva, salvaron a Carlos. Un incidente le determinó venir a Buenos Aires. En una campaña electoral uno de sus amigos fué candidato a la diputación nacional. El comité, conociendo las relaciones de éste con Carlos y deseando atraer un hombre que en tres partidos de campaña podría presentar quinientos electores perfectamente alineados, a caballo y con facón, sin más voluntad que la de Don Carlitos, nombró secretario a Narbal. Este, a pesar de no tener gran afición a la política, aceptó en el acto, en obsequio de su amigo. Además, la plataforma de la lucha del momento era la cuestión clerical. En ese terreno Carlos, hombre de ideas liberales y tolerantes hasta el extremo, opinaba, como toda la gente razonable, que lo mejor es no meneallo. Pero como cuando hay dos que pueden menear algo, no basta que uno solo no quiera hacerlo, resultó que los clericales menearon de tal manera que fué necesario salirles al encuentro. Como siempre, el público, el pueblo, quedó indiferente. Pero la emulación intelectual, los pinchazos por la prensa, la polémica que arrebata, acabaron por comunicar a los combatientes la falsa convicción de que se encontraban en presencia de uno de los más graves problemas que se hubiera presentado desde el "día de la organización". Un artículo cualquiera fué atribuído a Carlos por una hoja clerical. Como el artículo no era bueno, la réplica fué sabrosa, sin que faltara la alusión "a la gente que mide su competencia por el número de vacas que posee" o que cree "que basta saber inglés para entender de todo". En seguida, toda la guerrilla guaranga de los sueltistas que, a pesar de tener una idea muy vaga y difusa de lo que significa patronato y que a veces dicen cañones por cánones, se tratan unos a otros de gran batata, monigote y demás gentilezas de un gusto perfecto.
Carlos se irritó. En su vida había publicado nada, pero tenía los cajones de su escritorio repletos de todas esas cosas que se escriben en la juventud. "Sueños", más o menos fantásticos, "Recuerdos", conatos de novela, biografías de próceres, versos, etc. La pluma no le era un instrumento desconocido ni la cuestión tampoco, a cuyo estudio había dedicado el último año de su vida de campo. Replicó, la polémica se hizo más extensa y levantada, creyó tener por adversarios, bajo el anónimo de la prensa, a hombres del valor de Goyena y Estrada y con el respeto de sí mismo que jamás le abandonaba, resolvió suspender la improvisación del momento que a veces desvirtúa la idea, esparciendo los argumentos, y después de un mes de laborioso esfuerzo publicó un nutrido folleto titulado "La Iglesia ante la sociedad política".
El libro hizo efecto; escrito en un estilo simple y elevado, con una cultura no desmentida y un verdadero respeto a la religión, quitó en la réplica a sus adversarios el derecho a la invectiva, sin la cual un escritor clerical de la buena escuela no hace nunca nada que valga la pena. El nombre de Carlos, hasta entonces desconocido o poco menos, tomó cierta celebridad. En la memoria del pueblo se reavivó el recuerdo de su padre y de su abuelo, hombres dignos y que habían servido bien a su país y pronto sintió Carlos que se abría ante él un porvenir que no había sospechado.