A los veintitrés años se encontró en una de las posiciones más envidiables que es posible alcanzar en nuestra tierra y en muchas otras; un nombre respetado, una fortuna sólida que crecía todos los días en el movimiento progresivo del país, con la estimación general y el cariño profundo de sus amigos, inteligente e ilustrado y todo esto acompañado de una figura elegante.

Alto, delgado, grandes ojos pensativos y de mirar abierto y franco, culto y correcto, sin aquella afectación inglesa que es la caricatura del género, un tanto callado, haciendo poco o nada por divertir la rueda, pero apreciando como el que más los buenos rasgos de espíritu, con buenas costumbres por exceso de lujo, su entrada en nuestra sociedad porteña fué sembrada de flores.

Hay hombres que apenas llegan a la plenitud de su fuerza moral, no tienen más pensamiento fijo que el de encontrar una compañera para la gran ruta de la vida. Carlos era uno de ellos; allá en el fondo, había resuelto casarse, sin comunicar su proyecto ni aun a sus más íntimos amigos, por temor, no sólo del combate diario contra las presuntas suegras, sino sobre todo de perder, en la caza implacable de que sería víctima, todas sus ilusiones y esperanzas.

Naturaleza seria y reposada, sentía una repugnancia instintiva por todas esas pueriles escaramuzas del amor, tan comunes en nuestra tierra.

—¿Pero qué tiene eso de particular, Carlos?—le decía una noche uno de sus amigos, joven elegante, sin más pensamiento que la mujer, de eterna buena fe en sus entusiasmos, creyéndose sinceramente enamorado de la última con quien hablaba, escéptico contra el matrimonio, predestinado por lo tanto a casarse con una contralto cualquiera.—¿Qué tiene de particular que en vez de hablar de nimiedades en un salón, se cante a una mujer joven y linda la canción soñada cuya música adivina sin que la letra haya llegado a su oído? Hay una especie de convención social que sonríe ante esos amores primaverales y no les da importancia alguna. A más, la pureza sale sin mancha de esa esgrima del sentimiento que sirve para conocerse a sí mismo y no tomar por un afecto profundo la veleidad de un atractivo pasajero.

—Te equivocas, replicaba Carlos tristemente. Esa convención social en cuya protección buscas la impunidad, no existe ni puede existir. Por lo que a la mujer toca, ¿no comprendes que en eso que has llamado la esgrima del sentimiento pierde toda la inmaculada inocencia que hacía su encanto? ¿No has oído mil veces a tus mismos amigos, en esas largas charlas del club, fijar su ideal de esposa en una criatura que hubiera abierto para él solo y único la virginidad del alma? ¿Quieres un ejemplo? Hace un año, en un gran baile sumamente fastidioso, te dió a tí mismo que me hablas, por enamorar a esa hermosa y buena criatura que se llama Julia X... Como de costumbre, esa noche te enamoraste perdidamente, lo que no impidió que a la mañana siguiente te hubieras olvidado por completo de tu campaña.—Tres meses después, Jorge tuvo la inspiración de proceder a la misma esgrima en circunstancias análogas. ¿Cuántas veces les he oído entregarse a la eterna broma de las reconvenciones recíprocas y tacharse, riendo, de deslealtad? ¿No crees que ese incidente bastaría para detener a un hombre caviloso que hubiera pensado seriamente en hacer de Julia la compañera de su vida? No es por cierto porque la pobre criatura haya desmerecido ni que su pureza sea sospechada; pero la fuerza de las cosas es así. El escepticismo fundamental de ustedes en materia de mujeres, sólo puede ser vencido por la fuerza de la inocencia absoluta, indiscutible. Una mujer que ha tenido amores con un hombre, por más ideales y castos que hayan sido, parece conservar sobre sus labios, a los ojos extraños, el rastro de un beso furtivo. Me dirás que un beso es nada; a veces es un abismo.

—Pero no se llega siempre al beso, Carlos.

—¿Quién lo sabe? ¿Quién va a preguntarlo? ¿Quién te creerá si niegas, como es tu deber? La duda basta. ¿Además, por ustedes mismos, qué necesidad tienen de ir a buscar en el mundo donde se reclutan nuestras madres, que será el de nuestras hijas, esas vanas satisfacciones del amor propio que con un poco de dinero y audacia, se obtienen tan fácilmente en otra parte?

—¿Quieres hacer entonces de nuestra sociedad un convento?