—No; quiero sólo una concepción vasta y completa del honor: he ahí todo. Para ustedes, la altura desinteresada en materia de dinero y la suceptibilidad exquisita que pone la espada en la mano por una nimiedad, constituyen el código completo. El engaño de una mujer joven y candorosa, que cree cuanto le dices, porque no tiene razones para dudar, el desgarramiento moral que sucede a la desilusión, el compromiso de la felicidad de su vida entera, ¿no te parece un acto tan reprochable como el de dejar de pagar tres o cuatro mil pesos a uno de esos barbones del Club, que apoyándose en su experiencia y sangre fría, te ganan todas las noches al bésigue?

—¿Es decir, que no debemos ni aún ser sociables?

—¡Es curioso! ¡Parece que pretendieran ustedes serlo! ¡Sociables! ¡Pero si ni idea tienen de lo que es la sociedad! Pasan ustedes la vida en el Club; jamás una visita, jamás esas atenciones cordiales que son el encanto de la vida. En el teatro, o metidos en el fondo de la avant-scéne, fumando como en un café, o paseándose en el vestíbulo en los entreactos. Viene un baile; a amar con la primera que cae, cuestión de tener a quien clavar los anteojos en Colón.—Por el contrario, les pediría más sociabilidad, más solidaridad en el restringido mundo a que pertenecen, más respeto a las mujeres que son su ornamento, más reserva al hablar de ellas, para evitar que el primer guarango democrático enriquecido en el comercio de suelas se crea a su vez con derecho a echar su manito de tenorio en un salón al que entra tropezando con los muebles. No tienes idea de la irritación sorda que me invade cuando veo a una criatura delicada, fina, de casta, cuya madre fué amiga de la mía, atacada por un grosero ingénito, cepillado por un sastre, cuando observo sus ojos clavarse bestialmente en el cuerpo virginal que se entrega en su inocencia... Mira, nuestro deber sagrado, primero, arriba de todos, es defender nuestras mujeres contra la invasión tosca del mundo heterogéneo, cosmopolita, híbrido, que es hoy la base de nuestro país. ¿Quieren placeres fáciles, cómodos o peligrosos? Nuestra sociedad múltiple, confusa, ofrece campo vasto e inagotable. Pero honor y respeto a los restos puros de nuestro grupo patrio; cada día, los argentinos disminuímos. Salvemos nuestro predominio legítimo, no sólo desenvolviendo y nutriendo nuestro espíritu cuanto es posible, sino colocando a nuestras mujeres, por la veneración, a una altura a que no llegan las bajas aspiraciones de la turba. Entre ellas encontraremos nuestras compañeras, entre ellas las encontrarán nuestros hijos. Cerremos el círculo y velemos sobre él.

—¡El cuadro de la aristocracia austriaca!

—No la critiques, que tiene su razón de ser. Es la defensa de la naturaleza. Tú conoces mis ideas y sabes que sólo acepto las aristocracias sociales. En las instituciones, en los atrios, en la prensa, ante la ley, la igualdad más absoluta es de derecho. Pero es de derecho natural también el perfeccionamiento de la especie, el culto de las leyes morales que levantan la dignidad humana, el amor a las cosas bellas, la protección inteligente del arte y de toda manifestación intelectual. Eso se obtiene por una larga herencia de educación, por la conciencia de una misión, casi diría providencial, en ese sentido. Tal es la razón de ser de la aristocracia en todos los países de la tierra, tenga o no títulos y preocupaciones más o menos estrechas. Entre nosotros existe y es bueno que exista. No lo constituye por cierto la herencia, sino la concepción de la vida...

Con semejantes ideas no era extraña por cierto la reputación de aristócrata que Carlos adquirió. Sonreía y dejaba decir, observándose con una rigidez implacable para poner de acuerdo sus actos con sus principios.

1884.

[A las cuchillas]

A Eugenio Garzón.

I