—Conozco dos o tres puntos en que el desembarque será fácil, dijo. Escribiendo unos días antes a los amigos de la costa, estoy seguro que nos esperan quinientos hombres con caballada suficiente. Luego se lanza el manifiesto, entramos en campaña y...
—¿Qué manifiesto? dijo uno de los ancianos.
—¡Pues!... ¡el manifiesto... el manifiesto que se lanza siempre! dijo Galindo mirando con asombro al que le interrumpía.
—Es necesario ponernos de acuerdo sobre ese documento, dijo el viejo formulista.
—Cuatro líneas bastarán, señor, contestó Castellar. Una vez presentados los hechos en toda su brutalidad, no creo necesario agregar una palabra más.
—Sí, pero creo conveniente, creo indispensable determinar de una manera fija el objetivo de la expedición y anunciar el uso que se piensa hacer del triunfo.
—Es precisamente lo que pienso que debe evitarse, dijo Castellar con cierta impaciencia. Mi pensamiento es éste: el manifiesto no debe ser ni blanco ni colorado....
—Sin embargo, replicó el tenaz anciano, el atentado inicuo ha sido hecho en nombre del partido colorado....
Castellar iba a replicar, tal vez sin suficiente calma, cuando Narbal le previno.
—Puesto que se juzga necesario un manifiesto ¿no creen Vds., señores, que el llamado a dirigirlo al pueblo oriental, sea el Presidente constitucional de la República, que acaba de ser depuesto de una manera violenta? Nadie puede tener mayor autoridad que él. Una palabra suya pondrá las cosas en su lugar: ellos los revolucionarios, nosotros los defensores del orden legal.