El silencio que siguió no era sólo consideración por Narbal. Dos o tres personas sonrieron irónicamente y la fisonomía de Castellar se obscureció.
—A mí me parece que el señor tiene razón, dijo Galindo con franqueza.
—Conviene que Vd. sepa lo que sucede, señor Narbal, dijo Castellar con tristeza, puesto que tan noblemente nos trae su concurso. El doctor Erauzquin, Presidente de la República Oriental, es un hombre esencialmente inerte, sin ambiciones, sin resolución para ser enérgico, teniendo todos los elementos para conseguirlo y que llevamos al poder haciendo violencia a su voluntad. En su derrocamiento sólo vió su liberación y el medio de volver a la vida privada. Se encuentra actualmente en el Brasil, donde su fortuna le permitirá vivir tranquilamente, si es que no pasa a Europa en breve. Se le ha escrito, se le ha instado, se han tocado todas las cuerdas que suponíamos vibraran aún en él para decidirle a venir a ponerse a nuestro frente. Nos ha contestado ofreciéndonos dinero para ayudar a los compatriotas proscriptos que se encuentran sin recursos, pero añadiendo que por ningún motivo tomaría parte en ningún movimiento político. Es inútil contar con él. Me es doloroso hablar así, no sólo porque comprendo la falta que nos hará su adhesión moral, sino porque soy amigo particular del Dr. Erauzquin.
Había algo de súplica en las últimas palabras de Castellar; todos lo comprendieron.
Un hombre viejo, el último de su grupo, no había abierto aún sus labios. Cuando el coronel Galindo habló, algo como una expresión de ira o de desprecio pasó por su cara. Al concluir Castellar, no pudo contenerse.
—Quieran los jóvenes aquí presentes, dijo, prestar un poco de atención a un hombre cargado de años y de experiencia. He estado encerrado ocho años en Montevideo, durante el sitio que es y será nuestra página de gloria nacional. Desde 1852 hasta la fecha, he tomado parte activa en la política del Río de la Plata, con los vencedores pocas veces, muchas con los vencidos. No es esta la primera vez que me encuentro en una reunión semejante. Como ustedes he sido joven, me he indignado, me he batido, he quedado tendido en los campos de batalla, he evitado el golpe de los asesinos, conozco bien nuestra triste vida nacional. Hoy, ante el derrumbe de todas mis ilusiones, ante la realidad repugnante que destruye en un minuto tantos años de esfuerzo, siento que hablar es un deber, aunque vaya a chocar contra el noble sentimiento que anima a ustedes. Pero ustedes son nuestros hijos, ustedes son la esperanza única del país y no puedo conformarme en silencio al sacrificio estéril que van a imponerse. No, coronel Galindo, no encontrará usted quinientos hombres al desembarcar; encontrará usted mil, dos mil, semibárbaros, guiados por caudillos locales que sostendrán frenéticamente el nuevo régimen de Montevideo, porque importa la derogación de toda ley y sujeción. Aunque no lo quiera, tendrá usted que hacer pie firme y presentar combate, porque sus soldados se lo exigirán. Y este puñado de jóvenes, lo más noble, lo más digno del país, el grano del porvenir, caerán uno a uno, luchando contra gauchos salvajes, cuya existencia sólo tiene importancia vegetativa. Robustecidos por un triunfo fácil e inevitable, los hombres de Montevideo se afirmarán en el poder y toda esperanza de volver a la libertad y al decoro se alejará por muchos años!...
Castellar había oído mordiéndose los labios.
—¡No puedo suponer que usted nos aconseje la aceptación de los hechos consumados!—dijo.
—Lo que propongo a ustedes es el único temperamento que la historia de todos los pueblos que han cruzado épocas análogas señala como eficaz: la expectativa, la perseverancia. Los lobos acaban siempre por devorarse entre ellos, nuestros dictadores crían siempre serpientes en su seno y en ese mundo moral la traición es elemento normal. Esperemos: dentro de seis meses, esos hombres se separarán en dos bandos. ¡Entonces llevaremos nuestra fuerza intelectual, nuestra autoridad, qué digo! toda la autoridad de la sociedad culta, a aquel de ambos que ofrezca probabilidades de reacción contra la barbarie. Y así, lentamente, favoreciendo a unos contra otros, inoculando con paciencia nuestras ideas, hemos de ver, verán ustedes, seguramente, el orden definitivo imperando, porque se basará sobre el cimiento de granito de una evolución pacífica y no sobre la sangre, que en nuestra tierra marea y enloquece...
—¡No!—exclamó con voz vibrante el hombre de ojos claros y largos cabellos plateados a quien Castellar había mirado con intención al hablar de la independencia oriental. ¡No! también soy viejo, también mi vida ha transcurrido en la lucha, también he conocido la proscripción, puesto que vivo en ella hace 20 años. Respeto el móvil de mi digno amigo; pero no puedo consentir en silencio en que nuestras canas nos den derecho para venir a ahogar esa explosión de viril indignación que inflama hoy el alma de los jóvenes orientales. ¿Por qué ese error de la sangre? Es el rocío sagrado sin cuyo riego jamás un pueblo llegó a nada grande. Luchamos contra bárbaros, luchamos contra fieras y la palabra es inútil. Un pueblo que acepta silenciosamente la opresión y que busca la redención en combinaciones bizantinas, es un pueblo que abdica. Ustedes, jóvenes, son hoy el pueblo oriental, llevan en su corazón el depósito de su dignidad y en sus brazos el estandarte de su gloria. El movimiento que les impulsa a la lucha es la obediencia a la voz de la patria que llama e implora. ¿Seréis vencidos? Y bien, queda el ejemplo. No se pierden jamás los rastros de la sangre derramada por una causa santa y como el polvo de los Gracos engendró a Mario, así la sangre vertida en las hecatombes del año 40 clamó al cielo y Caseros fué...