De pie, con su elegante figura, con los ojos chispeantes, todos le contemplaban bajo una atracción misteriosa. Habló largo rato con palabra de fuego, colorida, poco lógica, pero irresistible. El argumento flameaba como una bandera de guerra y él mismo creía sentir el olor del combate.
¿Cómo rebatir esas cosas? ¿Cómo hacer oir la razón cuando el corazón late a reventar? Las manos se estrecharon en un movimiento impetuoso que hizo acallar todas las dudas, y la resolución suprema se adoptó. El porvenir podía ser obscuro, los negros vaticinios del anciano realizarse, el esfuerzo ser inútil, pero, en el fondo, jamás un grupo de hombres tuvo la conciencia más pura en el momento de aceptar el sacrificio. Allá, a lo lejos, en el seno de las sociedades secularmente organizadas, hay una eterna sonrisa para nuestras asonadas americanas, y, sin embargo, ¡cuánta virilidad, cuánta altura de pensamiento importan muchas veces! Esa fatalidad histórica es nuestra cruz; llevémosla sin desesperar, porque, en el fondo del caos aparente, se mueven ya los elementos de la organización definitiva.
1884.
[Aguafuerte]
D'après Zurbarán.
....El corazón de Rejalte yace en silencio, había dicho alguien del fraile. Tal era la impresión que recibía el que por primera vez veía a ese hombre, cuyo aspecto helado, seco, en vez de la consunción por el fuego de una pasión íntima, revelaba la mediocridad de una naturaleza moral sin resortes para la exaltación. Hijo de un obscuro maestro de escuela de la colonia, cuya vida entera había trascurrido en Córdoba, Rejalte había heredado de su padre una inteligencia limitada, un carácter porfiado hasta el absurdo y una moralidad circunscripta y severa. Educado en el seminario, corrió allí su juventud fría, sin sentir una sola vez el impulso de curiosidad por conocer lo que pasaba en el mundo fuera de las cuatro paredes que formaban su horizonte. Cuando llegó la adolescencia, la savia primaveral que trepa al tronco de las palmeras más opulentas como al de los arbustos más raquíticos, llenó un instante el corazón y la cabeza del flaco seminarista. En la estrechez de su devoción, Rejalte sintió con horror esa agitación desconocida y con la tenacidad de un sectario, la combatió por la abstinencia y la oración, por el cilicio, las largas horas pasadas en el claustro desnudo y la concentración del pensamiento en el Sér divino que su inteligencia le permitía concebir, no un Dios de amor y de paz, manso y perdonador, sino el Jehovah bíblico, oculto y temible, reinando en el paroxismo de la ira, la mano pronta a la venganza y rápida.
Rejalte había perdido a su padre muy niño aún; cuando al cumplir los veinte años salió del seminario para recibir las órdenes y ejercer el sacerdocio, su alma no había sentido un solo cariño humano, una sola afección capaz de suavizar la rigidez impresa en su espíritu por la tristeza de la atmósfera en que había vivido. Era un hombre vulgar, sin pasiones, sin luchas íntimas, sin exigencias intelectuales. Jamás tuvo una duda, jamás se permitió una lectura que pudiera arrojar un germen de turbación en él, no por temor, sino por falta de curiosidad y por la disciplina estricta que le apartó toda su vida de los libros marcados en el Index. Como un soldado, veía el camino recto ante él. No aspiraba a ascender, no tenía ambiciones ni necesidades. Los grandes problemas de la filosofía religiosa, esa agitación moral que el estudio sincero y venerado de la teología despierta en el alma de la mayor parte de los sacerdotes de buena fe, no existían a sus ojos. Durante el curso de sus estudios especiales, continuados en todo tiempo, no levantó una sola vez la cabeza del libro sagrado, para perder la mirada en el espacio y caer en el sueño penoso de la especulación. Sabía su oficio como un buen oficial sabe la táctica. Para él, los nombres de Lamennais, de Montalembert, de Falloux, del mismo Ozanam, tenían idéntica significación que los de Lutero, Calvino o Zwingle. No conocía uno solo de los libros de controversia escritos en nuestro siglo; jamás leyó una página de Renan, no por temor, lo repito, sino por la ausencia absoluta, por la atrofia nativa de toda curiosidad intelectual. Su religión era un conjunto de reglas claras, concretas, definidas, cuya enumeración encontraba en la historia canónica y cuya observancia no permitía la menor desviación. Jamás se encontró frente a un conflicto, porque el mundo de carne y pasiones, para cuyo gobierno moral se ha hecho la religión, no existía en su concepto. La fe no se revestía a sus ojos de los caracteres celestes con que la cubrió la predicación inmaculada de Jesús; era simplemente un deber, idéntico al del obrero honrado que en las horas de trabajo no escasea el esfuerzo ni la perseverancia. La palabra fanatismo, que pesó constantemente sobre él, no le era aplicable. El fanatismo importa calor y pasión, es capaz de crear, renovar, agitar ideas y suscitar emociones. La religión de Rejalte era fría, definida y sin ideal. Nunca sintió tampoco rozar su alma, ni aun en los largos años pasados en la tumba claustral de un convento boliviano, por las alas de aquel misticismo callado que nace en las soledades y que, bajo la meditación, consuela. No fué un acceso de amor divino, no fué una necesidad moral la que le llevó al triste convento; para él el mundo entero era un convento. Ni en la sociedad ni en el claustro necesitó jamás esfuerzo. No había metodizado su vida, ni disciplinado su espíritu. Como la hoja que, al brotar en el árbol en un botón imperceptible, tiene ya marcada su forma y su color, la vida espiritual de Rejalte, por un capricho de la naturaleza, se había sustraído a la ley de variación que la influencia del mundo determina.
Pasó cinco años en el convento, simple fraile, sin pretender a los pequeños honores que en aquella existencia de desesperante monotonía y sordas rivalidades, se persiguen con igual tenacidad que las grandezas de la tierra. El no pensó en ellas y nadie pensó en él. Cuando pasaba por el claustro con su fisonomía yerta, sin un vestigio de pasiones, pero también sin el reflejo soberano que da la serenidad conquistada sobre el tumulto moral vencido, los tristes frailes, jóvenes aún, que morían lentamente, minados por el invencible recuerdo de su vida destrozada, le miraban con cólera y envidia. Rejalte no los veía, no los comprendía. Nunca el aspecto de un hombre heló más la expansión en el labio ajeno. El cumplimiento de los deberes mecánicos del culto, llenaba gran parte de su tiempo; durante el resto, leía siempre los mismos libros sin que jamás una idea nueva se levantara. Para su alma nada era sugestivo. Comprendía la letra y la letra le bastaba. La vivificación por el espíritu no tenía sentido para él. En el orden de las criaturas animadas, tal cual la naturaleza lo ha creado, Rejalte era un monstruo. Esa frialdad, sin dolor y sin pesar, habría sido terrible como base de una inteligencia de vuelo elevado. La mediocridad absoluta de ésta fué, en este caso, la defensa del calor vital que se anida en la aglomeración humana.
Uno de sus viejos profesores, espíritu débil, sin voluntad, vegetativo, fué hecho obispo y le llamó a su lado. En 1870 acompañó al prelado a Roma. La influencia que la atmósfera de la ciudad eterna ejerció sobre Rejalte, puede compararse a la que tendría un veneno o un bálsamo vivificante sobre un cuerpo inanimado. En San Pedro, sus ojos no vieron más que el altar durante el oficio y el libro. Asistió a una sesión pública del concilio y no volvió. Esperó el resultado sin premura, sin impaciencia, sin agitación. Una vez conocido, lo anotó. En adelante, el Papa era infalible, como Cristo está presente en la hostia; era un dogma, sin época, sin ubicación en el tiempo y el espacio, sin conexión con el estado de la iglesia; era un dogma. Vino el Syllabus: sus autores mismos pretendieron explicarlo, atenuar la letra por el espíritu. Para Rejalte el comentario no existía, su inteligencia no lo necesitaba ni lo comprendía. Lo anotó como había anotado la infalibilidad, como anotó el dogma de la Inmaculada Concepción.
Su vida material en Roma, en cuanto era posible, fué la misma que en los Claustros del convento boliviano. El espíritu luminoso de Esquiú, turbado por la absorción en una sola idea, lanzó un grito de alarma al encontrarse por primera vez frente al progreso humano, profético en su adivinación, señalando en él el germen de muerte del catolicismo. Rejalte no vió nada de eso; cruzó los mares y media Italia sin adquirir una noción, sin el inquieto germinar de una nueva idea. Vió y habló un día al Papa; habituado al respeto mecánico de la idea encarnada en el Pontífice, la forma visible no le impresionó. Se arrodilló ante él como al alba, allá en el convento lejano, sobre la dura losa, para la oración de la mañana. Y nada más.