Volvió a la tierra, quedó al lado del obispo durante un año, y al vacar la vicaría de Tucumán fué nombrado para desempeñarla. No la había solicitado, no la rehusó. Se instaló en su nuevo puesto, pobre y humildemente. Jamás había tenido en su poder más dinero que el estrictamente necesario para la vida material. A los seis meses vió que el curato de Tucumán era rico. La idea de reunir una pequeña fortuna no pasó un instante por su espíritu. La caridad era un precepto y lo cumplió, sin sacrificio y sin placer. No tenía el secreto de aumentar, de centuplicar el valor de un don con la palabra generosa que lo realza y lleva el consuelo al alma, al par que el pan al cuerpo, como tampoco la facultad de gozar de esa profunda y serenadora fruición que es el premio divino del ejercicio de la caridad. Sabía que su guardarropa, su cocina, su casa, consumían tanto al año; tanto las exigencias del culto. Una vez reservada la cantidad necesaria, daba el resto de una manera mecánica. Todos los sábados la vieja ama de llaves formaba en fila, en el patio de la vicaría, los pobres habituales y hacía el reparto. Rejalte no aparecía jamás.

En aquella pequeña sociedad tucumana, llena de movimiento, vida e imaginación, Rejalte cayó como un soplo helado. Las mujeres se sobrecogieron y los hombres fruncieron el entrecejo. Durante un mes la sociedad y el vicario se miraron como dos adversarios que se estudian. Pero Rejalte no estudiaba la sociedad; en la parroquia más mundanal de París o en Burgos, en el siglo XVII, se habría conducido lo mismo. Tenía una inflexibilidad orgánica que era su modo genial de ser, arriba de toda contingencia. La reserva que se le manifestó, si es que de ella se apercibió, no le hizo la menor impresión. Al fin se habituaron a él. Las autoridades civiles desarmaron las primeras. Rejalte no tomaba la menor ingerencia en la política militante, que le era absolutamente indiferente, en tanto que no tocara en nada a los derechos de la iglesia, el menor de los cuales formaba para él la base y la esencia de la religión. En ese terreno habría sido de una intransigencia de hierro. Así, las autoridades laicas huyendo y temiendo todo conflicto de carácter religioso, se tranquilizaron al constatar que Rejalte, el primero, no lo crearía. La sociedad al mes no pensó más en el vicario, cuya vida silenciosa se sustraía al comentario. El hecho de su caridad, por otra parte, le hizo ganar en consideración, y ayudado por la insignificancia de su personalidad, sintió pronto el tiempo correr sobre él, sin que un día se distinguiera sobre otro. Las tímidas criaturas, habituadas a abrir su alma al viejo vicario muerto ya, que las había visto nacer y que las acogía suavemente y con cariño, sentían, sí, al aproximarse al confesionario en cuyo fondo se dibujaba la rígida figura de Rejalte, cierto temor instintivo, justificado por la severidad del confesor que les quitaba todo el consuelo que las almas religiosas encuentran en esa práctica católica. Las viejas beatas, por el contrario, nadaban en la gloria; Rejalte era para ellas el ideal y pronto su nombre sonó en labios secos y descoloridos con la unción con que pronunciaban los de los bienaventurados. El vicario tenía la misma palabra, el mismo acento e idéntica expresión para la virgen de diez y seis años que venía temblorosa a mostrarle sus tenues nubes morales, sus tímidas y secretas aspiraciones, efluvios con que el aliento de la primavera llenaba sus pechos,—que para la devota solterona que a los cuarenta años tenía el alma seca y arrollada como un pergamino...

1884.

[RECORDANDO]

[Mi estreno diplomático]

Los azares de la vida diplomática me han llevado desde las capitales más recónditas de la América Meridional hasta las cortes más brillantes de Europa. En los apuntes de viaje que he publicado, algo he contado de mi vida en las primeras; pero razones de un orden especial, relacionadas no sólo con mi posición oficial en esa época, sino también con hombres, que por entonces ocupaban otras quizás más elevadas, en sus respectivos países, me han impedido contar, como me gusta hacerlo, con la pluma suelta y el espíritu benevolente, pero libre, algunas escenas características, en las que era actor obligado y observador forzoso. Ocúrreseme hoy, tras largos años pasados, recordar cómo he sido recibido, en mi carácter diplomático, por los diferentes gobiernos ante los cuales fuí acreditado.

Habría deseado contar, pues, por su orden, cómo fuí recibido en Venezuela, siendo presidente el general Guzmán Blanco; en Colombia, siendo presidente el doctor Rafael Núñez; en Alemania, reinando el emperador Guillermo I; en Austria-Hungría, por el emperador Francisco José; en Sajonia, por el rey Alberto; en España, por la reina regente María Cristina; en Suecia, por el rey Oscar; en Francia, por el presidente Faure, y en Bélgica, por el rey Leopoldo II[16]. Como se ve, había para todos los gustos, desde la sencillez republicana hasta la pompa monárquica. Algo tal vez hubiera sido más interesante que ese tema: la pintura de los diversos cuerpos diplomáticos de que me ha tocado en suerte formar parte. Pero, además de que en el curso de aquellas páginas se habrían ido acumulando rasgos y anécdotas suficientes para caracterizar a esas amables y monótonas colectividades, quizá me hubiera repetido, porque nada he visto más parecido en el mundo que un cuerpo diplomático a otro cuerpo diplomático. La larga lucha por el ascenso, la constante sujeción, el temor de desagradar, no menos constante, el campo restringido de los estudios, el hábito de cambiar de residencia, indiferentemente, el egoísmo determinado por la falta de afección y simpatía por todo lo que se mueve y vive alrededor, el uniforme mismo, las distinciones honoríficas, casi nunca merecidas, anheladas siempre; las rivalidades de oficio, desenvolviéndose sordamente; el amor a la patria que se agria por el alejamiento; todo esto reunido, concluye por dar al espíritu del diplomático un corte sui generis, análogo a la deformación física que ciertos oficios mecánicos acaban por imprimir al cuerpo del obrero.

Recuerdo que durante una de mis licencias fuí a visitar, así que llegué a la patria, a mi jefe, el Ministro de Relaciones Exteriores, que era entonces el Dr. Eduardo Costa. Estaba en su gabinete con uno de mis colegas en el extranjero, también en congé, hombre penetrado de sus altas funciones, acompasado, creyente en su misión, fijos los ojos de su espíritu en un Talleyrand invisible, a cuyo criterio parecía someter todos sus actos y, por lo demás, tan acabado imbécil, que se me figuraba, despojado de su carácter diplomático, como una mujer flaca y sin formas, una vez caídas las artísticas ropas que disimulan sus áridos contornos. Cuando mi colega se despidió, sin que yo hubiera desplegado los labios, no pude menos que echarme a reir. El Dr. Costa, que me había tratado poco, me miró sorprendido y me dijo en voz baja: "Veo que usted no cree en el cuerpo diplomático; hágame Vd. el favor de cerrar la puerta y vamos a charlar".

Es la verdad, no creo en el cuerpo diplomático. La vida que la diplomacia impone, determina con tal rapidez un pliegue tan tenaz, que cuesta un verdadero esfuerzo deshacerlo y volver a la vida normal, a la vida humana, con penas, alegrías, expansiones, esperanzas, luchas, triunfos y caídas. Bien feliz aquel que consigue desprenderse de ella antes que sus facultades se hayan cristalizado en la estrecha órbita de una función idéntica y constante. Hasta los cuarenta y cinco años o cincuenta, con un régimen tonificante y vigoroso, empleando remedios heroicos, en el último caso, se puede volver a hacer un diplomático, un hombre; pasados los cincuenta, un diplomático, que no ha sido otra cosa, salvo muy contadas excepciones, no sirve ya para nada, inclusive, a veces, sus mismas funciones... ¡Pobres colegas, algunos tan bien dotados ab initio, a lo que se traslucía por los hermosos restos que solían vislumbrarse allá en las penumbras de su fisonomía moral! Pero a la verdad, sus discusiones, sus cuestiones, sus disputas de rango, me hicieron siempre el efecto de aquella grave disidencia sobre la manera de romper el huevo, por el lado grueso o por el puntiagudo, que dividía a los liliputienses... Me ha salido la palabra; severa, pero no tengo ánimo para borrarla.