Hice la corta travesía del Avila, montaña que separa Caracas de la Guayra, en la costa, en tres o cuatro horas y en carruaje. Llegué a Caracas con mi secretario y, naturalmente, nos dirigimos al único hotel que existía con reputación de decente. El hotel estaba lleno y a duras penas encontraron alojamiento en él mi secretario y dos jóvenes franceses con quienes habíamos hecho la travesía desde Europa. No teniendo pieza que darme, digna de mi jerarquía, como decía el hotelero, me acordó magnánimamente el anexo del hotel, que parece se reservaba para las grandes circunstancias. Era este famoso anexo una pieza baja, contigua al hotel, con una sola puerta, enorme y maciza, que daba directamente del cuarto a la calle. No habiendo otra entrada, ni nicho ni cuartujo alguno donde alojar un sirviente, el ocupante debía servirse a sí mismo de portero: abrir, cerrar, responder a los llamados y, para alcanzar los auxilios de un camarero, salir a la calle e ir en persona a buscarle al hotel.

Fatigado por el viaje, después de dar una vuelta en compañía de nuestro cónsul general en Caracas, me recogí, cerré mi puerta, me metí en cama y traté inútilmente de dormir. La excitación nerviosa de la llegada y las preocupaciones de mi misión me tuvieron desvelado hasta que, cerca ya el alba, el cansancio me rindió. Estaba en lo mejor de mi sueño, cuando desperté sobresaltado por unos rudos golpes dados en la puerta, desde la calle. Miré el reloj: eran las 7 de la mañana. Después de un "¿quién es?" mal humorado y una respuesta que no entendí, por el espesor de la puerta, como continuaran los golpes, salté de la cama y en el mismo traje sumario en que me hallaba, bajé los pasadores y entreabrí una hoja. Un hombre pequeño, recién afeitado, rigurosamente vestido de negro y con un enorme sombrero de copa, me saludó con dignidad. La gravedad del personaje me impuso y disminuí un poco la abertura, a través de la que íbamos a parlamentar.

—¿Se puede ver al señor ministro argentino?

—¿Es algo urgente, señor? Me parece que la hora...

—He querido apresurarme a saludarle. Soy el ministro de relaciones exteriores y...

—Mil perdones, señor. Yo soy el ministro argentino, muy agradecido a su atención, pero, por el momento, en un traje tan poco diplomático y en una instalación tan exigua, que no me es posible recibir su visita. Así que me vista, tendré el honor de pasar a saludar al señor ministro.

—No, vístase Vd. tranquilamente. Voy a dar una vuelta y vuelvo. Hasta dentro de un momento, señor ministro.

—¿Sería abusar de la amabilidad de Vd., señor ministro, si le rogara que al pasar frente al hotel contiguo tuviera la bondad de enviarme un camarero?

—Con mucho gusto. Hasta luego.

—Hasta luego y gracias, señor.