Supe más tarde que el señor ministro de relaciones exteriores había tenido la deferencia de interponer sus buenos oficios a fin de conseguir fuera un camarero a servirme; pero, sea porque se le desconociera jurisdicción o por causas que la historia no pone en claro, el hecho es que no vino nadie y que, cuando al cabo de una hora volvió el señor ministro, casi me sorprende tendiendo con mis diplomáticas manos una colcha que ocultara el desorden de mi alborotado lecho.

Como había entrado de noche, recién me apercibí que mi cuarto no tenía ventana, recibiendo todo su aire y toda su luz por la puerta de calle. Abrí ésta cuan grande era (el señor ministro tuvo la bondad de ayudarme, encargándose de la hoja más recalcitrante, cuyo pasador inferior necesitó el empleo de una toalla torcida, a guisa de tirador), acercamos dos sillas y nos pusimos amistosamente a platicar.

Era el señor ministro el decano de los funcionarios del ministerio de relaciones exteriores, en el que había pasado su vida entera, hasta que la alta dignidad que ocupaba, le sorprendió mientras desempeñaba el puesto de archivero. Tenía el título de general, como muchos centenares de sus compatriotas civiles, pero lo había recibido como una mera distinción, sin que abrigara el menor propósito de cambiar su apacible existencia por la agitada vida militar. Era un hombre callado, taciturno, seguramente enfermo del estómago y quizá con algunas perturbaciones en el hígado. Nunca pude hablar con él sin tener que dominarme para no ofrecerle una botella de agua de Vichy. Creo, aún hoy mismo, que le habría hecho mucho bien.

Respecto a los negocios de estado, especialmente de aquellos de carácter esencialmente político, como los que yo llevaba, su modestia llegaba a tal punto que, a pesar de su innegable y reconocida competencia, no abría opinión nunca sobre ellos y hasta evitó conmigo ese género de conversación, fundándose en que todo eso tendría que hablarlo más tarde con el "ilustre americano". Como esta designación del primer magistrado de Venezuela, volviera con insistencia, por su parte, en el curso de la visita, insistí con igual tesón en llamar a dicho magistrado, cada vez que a él me refería, "el señor presidente". Por fin, mi distinguido visitante me comunicó, que, si bien Su Excelencia estaba arriba de las pequeñas vanaglorias de títulos y honores, todos los funcionarios públicos, en gratitud a los eminentes servicios prestados al país por S. E., le daban siempre, en sus comunicaciones oficiales y en el trato directo, el título de "ilustre americano" que le había sido discernido por el congreso de Venezuela. Ante esa insinuación cortés, pero luminosa en su ingenua claridad, contesté que yo trataría al señor presidente exactamente de la misma manera como le trataran mis colegas del cuerpo diplomático, para lo que me apresuraría a conferenciar ese mismo día con el decano.

Excuso decir, para terminar este punto, que ningún diplomático dió nunca al presidente de Venezuela tal título; más tarde, en plena confianza ya, yo sostenía al mismo presidente, que sólo la América entera, reunida en convención especial, podía discernir ese honor. A ningún argentino escapará la impresión penosa que ese título me causaba, por la triste y odiosa reminiscencia histórica que suscitaba.

El señor presidente estaba informado de mi llegada y, como se encontraba con su familia tomando campo en Antímano, pequeña población en el mismo valle de Caracas, a dos horas de ésta, me hacía invitar por el señor ministro a pasar a verle en el día, a eso de las tres de la tarde. Anuncié que lo haría, como era natural, y nos despedimos cordialmente, prometiéndome el señor ministro, en su inagotable bondad, darme cuenta de cualquier noticia que le llegara de alguna casa amueblada, donde poder instalarme con la legación, conviniendo conmigo en que, por poco que se contagiara su matinal amabilidad, me iba a extenuar en viajes, de la cama a la puerta, sin contar con los resfriados, que hacía poco probables el bendecido clima de Caracas.

Eran dos horas de viaje; a la una en punto, con la puntualidad que caracteriza a los diplomáticos y cuya observancia, para los noveles, es ya un rasgo de vaga semejanza con Metternich, tomamos un carruaje, el cónsul general y yo, y nos pusimos en camino. En efecto, el trayecto duraba el tiempo indicado, a lo largo del pintoresco valle, estrechamente encerrado por dos líneas de montaña, bien cultivado y lujoso en su vegetación tropical. Serían las tres cuando el carruaje se detuvo frente a una casa de antigua construcción española, de un solo piso, pero amplia y con vastos patios llenos de árboles y flores. Echamos pie a tierra y nos encontramos con el cuadro siguiente: En la puerta de la casa, cuatro o cinco soldados recostados contra la pared; en medio de la calle, otros soldados teniendo de la brida algunos caballos ensillados ya. Dos niñas de 7 a 9 años de edad, de singular belleza (una de ellas es la que fué más tarde duquesa de Morny y es hoy festejada en la alta sociedad de París como una de sus beautés más consagradas) y un niño, un poco mayor, esperaban que se acabara de cinchar un petizo, de aire tranquilo, pero de enorme panza, que se entregaba resignado a la operación. El operador, o sea el que cinchaba, y que debía estar dotado de una dentadura férrea, porque era a colmillo limpio que pretendía reducir el abultado abdomen del petizo, había echado hacia la nuca su kepi, en el que se contaba el número de galones necesario para hacerme comprender que me encontraba en presencia de un coronel.

Yo había sacado una de mis flamantes tarjetas, fabricadas expresamente en París, por Stern, en finísimo bristol, vírgenes aún, pero anhelando entrar en batalla. Después de mi nombre se leía: "ministro de la República Argentina". Si se me pregunta por qué no había puesto mi título exacto, esto es, "ministro residente, etc." diré que la supresión de la palabra "residente" podía dar lugar a dudas, que nunca serían resueltas para abajo y sí, algunas veces, para arriba. Los diplomáticos, mis hermanos, me comprenderán.

Armado, pues, de mi tarjeta, me avancé hacia el coronel, esperé hábilmente que un feliz golpe de colmillo hiciera llegar el clavo de la hebilla al agujero ansiado y, si bien con correcta dignidad, con acento afable, dije al guerrero en reposo:

—¿El señor presidente está visible?