Debo decir que durante la operación, a la que acababa de dar coronado fin, nuestra llegada, descenso y avance, habían sido observados por el señor coronel, a cuyo efecto había impreso a su ojo izquierdo una desviación que, a ser definitiva, habría introducido un elemento perturbador de la armonía de su rostro; al oir mi voz, cesó la desviación, pero los ojos se dirigieron a un punto vago en el espacio, frente a él, sin duda de un interés palpitante, porque no los apartó un momento para fijarlos en nosotros. Su silencio me hizo nacer la duda de una alteración de sus órganos auditivos y repetí mi pregunta en voz más alta. Entonces contestó:

—S. E. no recibe a nadie.

—Pero habiendo tenido el honor de ser citado por S. E., creo que hará una excepción en mi favor. Tenga usted la bondad de pasarle mi tarjeta.

—¿Qué tarjeta?

—Este pequeño trozo de papel, en el que están escritos mi nombre y calidad.

—Yo no le paso nada: a esta hora no le gusta que le incomoden y después la bronca es para mí.

—Me parece que la bronca firme le va a venir si usted no hace lo que le digo. Soy el ministro argentino, vengo de dos mil leguas de distancia a saludar a S. E., S. E. me espera y no es natural que por un capricho de usted deje de verle.

—¡Eche leguas! ¿Cuántas dijo? ¿Dos mil? y echó una mirada a un soldado próximo que, ruborizado de mi enormidad, sonrió subordinado.

En tanto, los chicuelos, a quienes el coronel debía acompañar a caballo, le invitaban a cada instante con sus ¡vamos! apurados y se habían puesto instintivamente en contra del que amenazaba aguarles la fiesta.

Una nueva tentativa no me dió mejor resultado. Medité un momento y resolví, por si acaso aquel síntoma revelaba un sistema completo, cortar por lo sano desde el principio. Arrastré al coche al cónsul, que quería penetrar hasta por la fuerza y dí orden de volver a Caracas. Abandono a la penetración del lector las reflexiones del camino. Era mi primer acto diplomático, y el éxito, a la verdad, prometía poco para el porvenir. Luego temía dos cosas: o que la cólera me hiciera hacer una tontería o que la risa me impulsara a tomar el incidente con demasiada indiferencia. Debo recordar que yo no había aún cumplido treinta años, y el hecho es que me preocupaba enormemente la apreciación futura de mi conducta en Buenos Aires, cuando, a la noticia del incidente, dijeran los unos, con esa suave benevolencia que es el rasgo característico de mis congéneres: "¡claro! ¡de llegada, se peleó con Guzmán Blanco!" o esta otra frase en caso contrario: "¡de llegada hizo un barro, aceptando en silencio una grosería de Guzmán Blanco!" Yo no quería pelear, ni aceptar groserías de nadie. Pedí, pues, a mi cónsul general que se entregara durante el viaje a la contemplación del paisaje y me hundí, durante el regreso, en una reflexión honda y pareja que me suministró una resolución, a la que me decidí sin vacilación. Así que llegamos a Caracas, tomé la pluma y escribí una carta a mi amable ministro de relaciones exteriores, en la que le decía que, siguiendo su indicación y, de acuerdo con los deseos que me había expresado en nombre del señor presidente, me había trasladado a Antímano, a la hora indicada, siendo recibido por un jefe del ejército venezolano cuya tenacidad en no querer anunciarme al señor presidente, bajo pretexto de que éste estaba ocupado, sólo igualaba la mala crianza empleada con ese objeto. Que el hecho de no haber dado orden el señor presidente de introducirme, así que llegara, justificaba hasta cierto punto la actitud del coronel y que en vista de las apremiantes ocupaciones que embargaban, a lo que parecía, el ánimo del señor presidente, aprovechaba la circunstancia de estar también acreditado en Colombia y partiría a la mañana siguiente para la Guayra, a tomar el vapor que me acercaría a la ruta de mi nuevo destino.