Entre tanto destaqué a mi cónsul general para que explicara al señor ministro todo lo que había pasado en Antímano. En el fondo, yo estaba persuadido de que el presidente era completamente inocente de lo ocurrido, salvo de la omisión del aviso previo de mi llegada. Sabía, por tanto, que el pato de la boda iba a ser el coronel; pero me encontraba en una disposición de ánimo feroz, y esa noche habría suscrito gustoso la sentencia de un centenar de azotes en las robustas partes carnudas del guerrero indígena.

No habría pasado una hora del envío de mi epístola, cuando recibí un telegrama del presidente, datado en Antímano, en el que me pedía disculpara lo ocurrido por pura imbecilidad de un subalterno y me anunciaba que al día siguiente vendría expresamente a Caracas para recibirme, esperándome a las dos de la tarde en su casa particular. Así, cuando llegó alarmado el señor ministro de relaciones exteriores encontró que el estado de ánimo, que había determinado mi carta, real o fingido, había cedido el sitio a cierta conformidad, sin entusiasmo, pero sin rencor.

Al día siguiente tuve el gusto de conocer al "ilustre americano". Un hombre alto, robusto, cargado de espaldas, algo miope, con una enorme pera blanca, cariñosamente cuidada, sin duda, por el carácter militar que su propietario pensaba deber a ese apéndice. Cierta cultura nativa (por la madre pertenecía a una antigua familia colonial); barniz de una sola capa de ilustración general; una colosal opinión de sí mismo, una soltura incomparable para resolver, en frases sentenciosas y estudiadas, los más arduos problemas sociales y políticos; teorías constitucionales abundantes, pero propias, exclusivas, que para nada tenían en cuenta ni la experiencia de la historia, ni las dificultades que el razonamiento podía oponerles. En política americana, árbitro, materia propia, dominio inenajenable, indivisible de su inteligencia. Heredero, continuador de Bolívar, no sin señalar con cierta expresión de respetuosa compasión, los errores cometidos por el Libertador. Un desprecio por los hombres análogo al que se atribuye a Tarquino; no volteaba las cabezas de las plantas que sobrevivían, pero las islas contiguas al continente, las calles de Nueva York y de las capitales europeas, contaban entre sus paseantes y vagos, más de un venezolano a quien el talento, la fortuna o la audacia parecían ofrecer un porvenir brillante en su país[17]. Se aseguraba también, por aquel entonces, que las cárceles estaban bien pobladas. Tenía la reputación de no ser cruel, sino frío de alma. El cansancio de una larga e interminable anarquía, había hecho aceptar el primer gobierno fuerte que logró cimentarse en la agitación incesante de las luchas intestinas. Guzmán Blanco ahogó la libertad, llenó sus arcas e hizo bajar el nivel moral del pueblo venezolano, pero dió diez años de paz a su patria y no derramó sangre. "La paz de Varsovia!" dirá un estudiante de retórica. Eh! eh! diez años de paz representan muchos caminos carreteros, muchas escuelas abiertas, muchas hectáreas sembradas de cacao, tabaco, añil y cereales, mucho hábito de orden. No sólo de eso vive el hombre, convenido; pero si sólo se alimenta con el recuerdo de los Gracos, la declaración de los derechos del hombre y la lectura de una constitución más libérrima que el estado primitivo, paréceme que se ha de crear un tantico entecado, con un cerebro diforme, para unas piernas muy flacas y un vientre muy vacío[18].

Mi juicio de entonces (hablo de 1881) sobre el "ilustre americano", ha persistido casi idéntico. Nunca fué de una severidad cruel; nunca olvido que esos hombres son productos de un estado social determinado, agentes inconscientes de la naturaleza en la prosecución de sus fines. Es natural que pensemos que la naturaleza se equivoca, si juzgamos su acción con el criterio (bien estrecho, hermanos míos!) de nuestra moral convencional. Mientras el hombre crea que lo bueno y lo malo son y no pueden ser de otra manera, que como él los concibe, Nerón será tratado como de acuerdo con esas nociones merece, y Vespasiano ensalzado. Pero si algún día (todo es posible, hasta Dios, dice Renán), los hombres llegan a concebir la acción de los personajes históricos, como el desenvolvimiento de fuerzas análogas a las que hacen germinar las plantas, girar los astros, subir las aguas o temblar el suelo, todos nuestros anatemas históricos, han de hacerles sonreir. Puede muy bien que el balance de Guzmán Blanco, hecho por esa remota posteridad, no le sea muy desfavorable, si es que su nombre llega hasta ella. Las acciones de Bacon se han de cotizar más altas que las de Sócrates (a esa distancia, casi contemporáneos), sin que influya, en el juicio definitivo, ni la degradación del primero, ni la cicuta del segundo. Me agita, a veces, el espíritu, el esfuerzo por concebir la idea que, dentro de dos o tres mil años, si no se queman las bibliotecas o si nuestros idiomas actuales persisten siendo inteligibles para la comunidad, se tendrá de Byron o Víctor Hugo. Paréceme que no estará distante de la que tenemos los hombres maduros de los juguetes que nos entretuvieron en la infancia...

La recepción oficial tuvo lugar de acuerdo con la rutina—un coche de gala, un oficial de ministerio, amable y sonriente, una pequeña escolta y al Capitolio. En el palacio de gobierno que lleva ese modesto nombre, perfectamente justificado porque recuerda las violencias y profanaciones de que la augusta colina fué objeto, un par de discursos, lo más breve posible el mío, verdadero trabajo de benedictino para evitar la fraseología obligada de solidaridad americana, lazos indisolubles, comunidad de origen y otras paparruchas que han de concluir por cerrar herméticamente las puertas de la diplomacia, en tierra de Colón, a los hombres de buen gusto. Porque en esto de los discursos diplomáticos pasa algo curioso; si los intereses de momento determinan en la sociedad a cuyo seno se llega, una actitud de calurosa simpatía, instintiva invitación para que el diplomático que llega, aconseje a su gobierno marchar en la senda que conviene al país que lo recibe; si la acogida es entusiasta, repito, el empleo del sentido común y del buen gusto, que aconseja discursos sobrios y moderados, resalta como una nota discordante en la armonía del conjunto y parece deshacerse en un minuto todo el camino andado. En cambio, si el diplomático, sea por contagio de la atmósfera ambiente, sea por frío cálculo, se entrega a un ditirambo desmelenado, con más retórica que una alocución tribunicia, es casi seguro que el contragolpe en el país que lo mandó, y que está lejos y frío, puede costar al enviado extraordinario su reputación y su buen nombre.

Es por eso, hermanos del futuro, diplomáticos en cierne, a quienes el porvenir, reserva tal vez recorrer los países americanos, que este viejo viajador en esos mares, os da el consejo sano de ser siempre parcos en palabras, reemplazándolas, para las efusiones, quizás indispensables del primer momento, por la opulenta gama de gestos expresivos que la naturaleza ha puesto a nuestra disposición, como ser los ojos húmedos, la mano sobre el corazón, la mirada vuelta al cielo, en actitud reconocida, y cuando la cosa apura y la escena es coram populo, la elección del más haraposo de los pilletes que os circundan, para estrecharle en vuestros brazos y darle el ósculo de solidaridad americana. Con lavaros más tarde, no queda rastro, mientras que el colorete metafórico de un discurso bombástico, no se borrará ni con todas las aguas que se desprenden de los Andes...

Al día siguiente de mi recepción oficial, el "ilustre americano", por un acto de deferencia especial, se dignó visitarme en mi morada, que era ya entonces una buena, hermosa y cómoda casa, llena de luz, aire y árboles, que había tenido la fortuna de arrendar amueblada. Recibíle con los honores debidos y, mientras hablábamos, ví, a través de los cristales del salón, todos los pilletes de Caracas, a más de las mujeres del barrio, en asamblea delante de mi puerta, contemplando la brillante escolta a caballo que había acompañado al presidente, así como un piquete de infantería que guardaba todo el frente de mi casa. La presencia de esa gente de a pie me intrigó; a la despedida acompañé al presidente hasta el umbral. El coche, precedido por la escolta de jinetes, partió a escape, y atrás, con el fusil en la mano, el kepi en la nuca y la lengua de fuera, los infantes, desalados tras del coche, para no perder su contacto. Si a turno todo el ejército venezolano hubiera sido sometido a ese ejercicio, las marchas de Sylla, Aníbal o Napoleón, hubieran quedado pequeñitas ante las hazañas que aquél habría llevado a cabo.

Poco tiempo después de mi llegada, había ido a gozar, por la noche, del aire embalsamado de la principal plaza pública de Caracas, sitio habitual de reunión entonces. En el centro se levantaba la estatua, en pie, del general Guzmán Blanco. Había otra del mismo, ecuestre, enorme, de fabricación yankee; pero esa estaba en la cumbre del próximo paseo, llamado el "Calvario". Esa noche un movimiento inusitado me reveló la presencia en la plaza del "ilustre americano". Así que me vió vino hacia mí y me invitó a dar unos pasos. Caminábamos lentamente por las anchas veredas que rodean la estatua. Vivo y perspicaz, comprendió tal vez por la indiscreta dirección de mi mirada, que mi espíritu estaba preocupado por el peregrino caso que me ocurría.

—¿No le hace a usted, señor ministro, me dijo con un acento especial, un curioso efecto pasearse con un hombre al pie de su propia estatua?

—A la verdad, señor, "es un caso original, que no me ha ocurrido nunca".