—Sí, añadió: y su fisonomía tomó una expresión de détachement completo de las cosas terrenas, un vago tinte de más allá; sí, es anómalo y admira al extranjero. No he podido evitarlo, o mejor dicho, no me he sentido ni con fuerzas ni con derecho para impedir que el pueblo glorifique su propia acción, que la Providencia ha personificado en mí. Por lo demás, yo he entrado ya a la posteridad y ese homenaje es ya un juicio póstumo...

Yo miraba a aquel hombre con la admiración profunda que me inspiran las dotes de que carezco, llevadas a su más esplendoroso desarrollo. El buen gusto, el tacto, la delicadeza moral, el sentido común, cual me aparecieron entonces como la triste impedimenta que nos obstruye a nosotros, los vulgares, el camino de las grandes situaciones y de las ilustres denominaciones! Me sentí pequeño; comprendí que no estaba predestinado, que no se fundiría el bronce que había de dar forma a la estatua que me inmortalizaría, ni aun en la plaza de un pueblo de campo de las pampas argentinas, y volví mis ojos reverentes, para admirarle una vez más, al hombre que, tranquilo y sonriente, se contemplaba a sí mismo, con cuerpo de metal, de pie, sobre granito, duras materias, resistentes al tiempo y al olvido!


Dos años más tarde, recibía en mi modesto cuarto del Grand Hotel, en París, la visita del general Guzmán Blanco, instalado en la capital francesa con su familia, en virtud de un vuelco político ocurrido en Venezuela, con caracteres de terremoto, por cuanto dió en tierra con las estatuas del "ilustre americano", teniendo la posteridad, por ese accidente, que rehacer su juicio sobre el distinguido personaje. A ella l'ardua sentenza[19].

1890

[ [16] De esos proyectos, sólo he realizado el primero, en las páginas que van a leerse.

[ [17] Entre los que abandonaron la patria, buscando aire libre que respirar, se contaban los señores Zárraga y Herrera Vega, muerto el primero entre nosotros, muy joven aún, habiendo el segundo, médico insigne, conquistado altísimo puesto en la consideración y el afecto de la sociedad argentina.

[ [18] El triste y desconsolador espectáculo que ofrece Venezuela en los momentos en que se imprimen estas páginas, justifica aun más, si cabe, el juicio que precede.

Cuando se piensa en lo que, en los últimos años, han hecho tres de los pueblos más cultos de la tierra, la Inglaterra en Sud Africa, los Estados Unidos en Filipinas y la Alemania en Venezuela, puede augurarse tranquilamente la muerte del derecho público, aun en su forma externa, en época no lejana.

Pero hay que esperar también que la página vergonzosa de Venezuela, dentro y fuera, sea única en la historia de América.