[ [19] El general Guzmán Blanco murió en París, en Agosto de 1900. Hacía ya muchos años que había cesado de figurar en la escena política de su país.

[Sarmiento en París]

Salgo del taller de Rodin; la figura de Sarmiento va tomando vida y forma. El soberbio viejo, que fué uno de los raros cultos individuales de mi vida, me llena el espíritu; su memoria suscita la de tantos otros seres queridos que la ola nos ha arrebatado, sin darles tiempo, como a él, de cumplir la misión que sus cerebros luminosos y sus almas levantadas les marcaban en la tierra... Decididamente, es bueno que por algún tiempo deje de andar entre tumbas; bastan para echar sombras persistentes sobre mi alma los diarios de la patria, que día a día me traen la noticia de que uno más ha entrado al reposo eterno. Es el lado negro de la espera del turno.

De vuelta, me echo a vagar por las calles de este París que entra a su vida normal, pasado el síncope[20] y de nuevo Sarmiento surge en mi memoria, como si su personalidad absorbente saltara de la tumba para imponerse a los vivos, como en tiempo de la acción, por el vituperio o el entusiasmo, por el cariño o el odio.

Y pienso que hace cincuenta años, justo medio siglo, él también recorrió estas calles, allá en el mes de Octubre de 1846. Tenía ya más de treinta años, había publicado el Facundo, y hecho la campaña periodística de Chile que, por el vigor, la originalidad y la luz intensa que proyectó, no sólo sobre las cuestiones de su tiempo, sino sobre el porvenir y la ruta de salvación del mundo americano, no tiene rival en los fastos de ningún país. Al fin pudo realizar un sueño de su vida, y en 1845 se embarcó en Valparaíso para Europa, a completar sus estudios sobre educación popular y, sobre todo, para ver, con los ojos de su cuerpo, lo que los ojos de su espíritu habían admirado, la tradición, el arte, la cultura de este viejo mundo.

Vosotros, los que tenéis en vuestras bibliotecas sin vida, los ocho o diez tomos publicados de las obras de Sarmiento[21], haced un esfuerzo sobre vuestro horror de la letra de molde y abrid, por cinco minutos, el volumen de Viajes. Y vosotros, jóvenes, los que os quejáis dolientes de que no hay atmósfera intelectual en nuestro país, hacedla revivir, volviendo a las fuentes puras e incomparables del pasado. Leed esos Libros admirables, escritos hace más de medio siglo y que, como las telas de los grandes maestros, conservan en sus líneas y en su color una frescura jamás igualada en el correr de los tiempos. Declaro que no conozco, en prosa castellana, ni aun en los grandes modelos del género, páginas comparables a algunas de las de Sarmiento en sus Viajes, al retrato de don Domingo de Oro, en sus Recuerdos de Provincia, o a esa armonía profunda con que el genio del escritor acaricia la memoria de la madre. Leed, leed esos libros, jóvenes, y veréis con qué orgullo sentiréis el alma de vuestra raza palpitar en sus páginas. Son libros genuinamente nuestros, que no han podido ser escritos en otra parte y que constituyen, hoy por hoy, la nota más clara y luminosa para ayudarnos a comprender la gestación caótica de nuestra nacionalidad. No os hablo de moral, no os hablo de patriotismo, no os hablo de que esa lectura pueda determinaros a ser pequeños Sarmientos, en lo que, por otra parte, no perderíais nada ni vosotros ni el país: os hablo de arte, os hablo de la única manera posible de resucitar entre nosotros esa atmósfera intelectual por la que lloráis; os invito a entrar a esos libros, como empujo a todos los jóvenes argentinos que hay en París, a ir al Louvre, al Colegio de Francia o a la Facultad de Letras, para que se den cuenta que hay otras cosas en el mundo que el oficio de abogado, la chicana política, la operación de bolsa o el casamiento ventajoso...

[ [20] Estas líneas fueron escritas pocos días después de la visita, a París, hecha por el tzar de Rusia.

[ [21] Son hoy (Enero 1908) 51 y no contienen una página que no haya sido escrita por Sarmiento; hay muy poco inédito, porque para Sarmiento, escribir era obrar. Así, en esa publicación, en la que, como se debía, se nos ha dado "todo" lo que en vida publicó ese espíritu extraordinario, no se encuentra, como en los "escritos póstumos" de Alberdi, una sola línea que produzca la impresión dolorosa de una profanación.

I

Sarmiento se embarca, pues, sobre la Enriqueta, uno de esos barcos de vela que fueron el martirio de nuestros padres y que deben haber sacado de quicio y arrancado a su compostura colonial, hasta a las personas más graves de nuestra revolución; sólo concibo, después de diez días de calma chicha y treinta de frejoles secos, igual, solemne, acompasado, abrochado y manteniendo su actitud con dignidad, por si los pescados le miran, a don Bernardino Rivadavia...