Sarmiento descubre, al pasar, la isla de Robinson, que describe en páginas inimitables, dobla el cabo de Hornos y, por fin, en medio de una tormenta deshecha, entra en aguas del Río de la Plata y desembarca en Montevideo. La descripción de lo que allí ve, hecha con un brío y un color incomparables, salpicada de retratos que en tres líneas dibujan una página para la posteridad, es lo único que tenemos de real, de vívido, sobre esos días de honor de nuestra historia. Un libro sobre el Sitio, hecho, no al frío resplandor de los documentos oficiales, sino iluminado por la vibración del recuerdo, con toda la pasión viril y generosa de la causa que se defendía, eso es lo que Lucio V. López, poco antes de morir, pedía a su padre, nuestro ilustre historiador, eso es lo que todos nosotros hemos pedido y pedimos al general Mitre, en vez de la labor mecánica a que ha dedicado sus últimos años de vigor intelectual.

Sarmiento pasa rápidamente por Montevideo, pero su sensación es tan fuerte y tan intensa, que creo difícilmente que ningún libro del futuro nos dé, con igual verdad, la impresión real del cuadro. Hoy que nuestro país ha entrado definitivamente en la ruta banal de la marcha de las sociedades modernas, para las que los problemas vitales de hace cincuenta años se han convertido en axiomas de archivo, que no se discuten, ese sitio de Montevideo, con sus antecedentes y sus consecuencias, toma cierto carácter de novela romántica que nadie lee ya, que se recuerda en uno que otro texto de literatura, pero cuyo estudio, como el de los poemas clásicos, tiene poca o ninguna utilidad a los ojos de los que sólo ven, como signos positivos de la grandeza de un pueblo, sus estadísticas de aduana y el kilometraje de sus caminos de hierro. Ese escepticismo, esa sonrisa despreciativa para el recuerdo de los días de mayor sufrimiento y de mayor pureza moral de nuestro pueblo, han permitido, han sugerido ya la publicación de libros, cuya buena fe no salva que sean una injuria para la memoria de los que dieron o su vida o su juventud y su felicidad en holocausto a su país.

Los que hemos nacido en los últimos años de ese asedio inmortal, bajo la bandera y en las cuadras casi de esa legión argentina que el plomo enemigo acabó por reducir a un puñado de hombres, hemos oído a nuestras madres, a los viejos servidores de la familia, durante los años de la infancia, las narraciones heroicas de aquellos días. ¡Qué desprecio por la vida! ¡Qué connaturalización con aquella atmósfera de fuego, dentro de la que se jugaba el porvenir de un pueblo, y más de cerca, no ya la existencia, sino el honor de madres, hijas, mujeres y hermanas!... Podéis sonreir del épico momento, escépticos satisfechos que gozáis hoy, en la plena obesidad de vuestra atrofia moral, de la fortuna territorial amasada por vuestros padres a favor del acatamiento y la adulación del bárbaro sangriento que los nuestros combatían! Podéis sonreir, que nadie ni nada borrará de nuestro corazón ni de nuestro nombre el sello de nobleza de ese abolengo...

Sarmiento venía de Chile, a donde los últimos rebotes de la ola de barbarie que asolaba al pueblo argentino, le habían arrojado por sobre los Andes. Su acción intelectual de Chile la volvía a encontrar en Montevideo, pero candente y desesperada, como el jadear de los pechos en la trinchera perenne. ¿Cómo aquel apretón de manos que dió entonces a Mitre, a Gutiérrez, a Mármol, a Alsina, a Cané, no hizo sagrados, para la vida entera, a esos hombres entre sí? ¿Cómo, más tarde, la política pudo dividirlos y arrojarlos a campos opuestos?...

Al pisar la cubierta del barco que le llevaba a Río de Janeiro, en rumbo a Europa, Sarmiento debió sacudir su poderosa cabeza, como para disipar el mal sueño y preparar su espíritu a la esperanza. La bahía de Río, la estupenda aparición de la región tropical, le inspiran páginas, entre otras aquella en que pinta la esclavatura y el canto de caridad con que los miserables se sostienen y se alientan en su faena, como quisiera que de tiempo en tiempo se escribieran en nuestra lengua. ¡Qué variedad de tonos en esa paleta admirable! Todos los que en nuestra tierra leéis, conocéis el estilo general de Sarmiento, ese ímpetu un tanto desordenado, aquel atropellarse de las ideas, que se quitan el sitio unas a otras para llegar primero, aquellas indicaciones bien vagas a veces, que nos obligaban, a Del Valle y a mí, a ir metiendo en las frases los verbos ausentes[22]. Todos recordáis el látigo iracundo de la polémica, el apóstrofe que aplastaba a un hombre o a una camarilla para toda la siega, como también el movimiento majestuoso de su verbo, cuando, en vuelo soberano, postrándose ante la bandera, su espíritu invocaba la bendición divina sobre su pueblo. Pues bien, leed la página sobre la poesía, que le inspira su encuentro con Mármol y la lectura que el poeta proscripto le hace de sus cantos del Peregrino, y veréis la inagotable fecundidad de esa paleta, de la que el artista arranca, al pasar y sin esfuerzo, todos los tonos, todos los colores para reflejar el mar y los cielos, la tierra y el alma.

Allí se topa también con el pardejón Rivera, el teniente de Artigas, el teniente de los portugueses, el teniente de Lavalleja, el teniente de todas las causas, buenas y malas, por las que se derramaba sangre en las orillas del Uruguay. ¡Qué delicioso tipo de imbécil, guarango, soez y bruto, de gaucho pretencioso! Nada comparable a aquella comida en la que, delante del ministro francés y otras personas cultas, Rivera cuenta, muy suelto de cuerpo, que don Pedro I del Brasil le quiso casar con su hija doña María da Gloria, pero que él se había resistido. Sarmiento le toma el pelo en el acto y deplora que haya desdeñado de ese modo la corona de Portugal! ¡Don Frutos I, rey de los Algarbes!... Allí en mi juventud, con Ricardo Gutiérrez, que acaba de terminar su misión de luz y caridad sobre la tierra, estuvimos a punto de persuadir a uno de nuestros compatriotas, otra cuerda que Rivera, pero también tipo genuino del país, que la impresión que había producido, en un teatro, a una reina, entonces joven, le abría el acceso a un trono de Europa, pequeño, pero confortable...

[ [22] Cuando corregíamos en el «Nacional» las pruebas de los artículos de Sarmiento.

II

Al fin pisa Sarmiento tierra de Europa, remonta el Sena y por Rouen, gana París.

La carta que de allí escribe es dirigida a don Antonio Aberastain, aquel mártir del Pocito, una de las últimas víctimas de la barbarie argentina. Siendo yo niño aun, recuerdo haber visto a mi padre, con las lágrimas en los ojos y presa de una indignación profunda, dictar uno de sus artículos más enérgicos sobre aquel asesinato.—"¡Pobre Buey! repetía mi padre a la noticia de la catástrofe: ¡el hombre más puro y más sano que he conocido!" Ese apodo había sido dado a Aberastain en el colegio (se había educado en Buenos Aires) por su corpulencia obesa, pesada y la indiferencia tranquila con que miraba todo. Algunos años más tarde entraba yo al Colegio Nacional y tenía por condiscípulo en mi clase al hijo del mártir; era idéntico al retrato que de su padre había oído al mío, y pronto el apodo paterno le distinguió entre nosotros. Pedro Goyena, que empezaba, a los veinte años, a dictarnos una clase de filosofía, descubrió en el Buey una inteligencia de una claridad extraordinaria, pero de una lentitud curiosa para ponerse en movimiento. El joven Aberastain fué una de las primeras víctimas del cólera entre nosotros. Cuando tuve el honor de ser compañero de Sarmiento en el Consejo General de Educación de la provincia de Buenos Aires, le hablé un día de mi joven condiscípulo, tan prematuramente arrebatado a la vida; su fisonomía se cubrió de una tristeza profunda y sin duda pensando en el amigo de los días amargos, pensaba también en su hijo único y querido, que había dado su vida a la patria, privándole a él del bastón de su vejez...