La primera impresión de París que Sarmiento comunica a Aberastain es característica; como el joven que llega a Edimburgo o a Verona, cree ver por todas partes a María Estuardo o a Romeo y Julieta, la generación de Sarmiento sólo veía a París a través de los Misterios de Eugenio Sue. La influencia del romanticismo francés había penetrado y conquistado los espíritus americanos, con más fuerza, ayudada por la imaginación, que treinta años antes los enciclopedistas. A mis ojos, esa influencia no pudo ser más perjudicial para el porvenir de las letras argentinas. La lucha constante y la excitación intelectual que traía habían producido un núcleo de escritores que, librados tal vez a su propia inspiración, habrían reflejado en sus libros el ambiente, el color, el sabor de nuestra tierra y habrían dejado una base inconmovible a nuestra literatura nacional. Pero Byron, Hugo, Lamartine, en la poesía; Dumas, Hugo, Sue, Féval, en el teatro y la novela, se apoderaron de tal manera de la inteligencia argentina, que, desdeñando o pasando al lado sin verla, la fuente viva y fecunda del suelo y la sociedad natal, los jóvenes que manejaban una pluma, se limitaban a copiar los poemas y reflejar el ideal de los románticos en boga, como los poetas de la revolución habían imitado, en sus odas de pesado vuelo, el modelo de los poetas españoles de la decadencia. Echeverría (salvo en algunos y no muchos momentos de la Cautiva), Mármol, Gutiérrez, Domínguez (los de Rivera Indarte no eran versos, ni cosa que se les pareciera) seguían el movimiento de la lira francesa. Mitre traducía el Ruy Blas de Hugo, que cincuenta años más tarde publicaba con su valor habitual: V. F. López, lleno de Walter Scott, escribía la Novia del Hereje, en vez de dar forma a los cuadros de la Revolución, que concebía ya bajo el molde de la novela; mi padre, a quien la naturaleza había dotado de un gusto artístico exquisito y de un estilo de una galanura inimitable, doblemente impregnado por el romanticismo francés y el wertherismo italiano, a lo Ugo Fóscolo, fúnebre y sentimental, escribía su bluette de Esther o imitaba, en la Noche de boda, las más románticas concepciones de la época. Sólo dos hombres escaparon a esa influencia y, conservando su personalidad propia, buscaron en el suelo patrio la fuente de su inspiración: Sarmiento, por ímpetu interno y porque vivía, respiraba y soñaba dentro de un ideal exclusivamente americano, y Ascasubi, porque ignoraba la existencia del movimiento intelectual europeo; sintiendo como un gaucho y sabiendo hablar como él, nos dejó en sus cantos, en forma imperecedera, la nota moral de las masas argentinas de entonces...

¿Pero qué queréis? En Chile, en Montevideo, en Buenos Aires mismo, allá en los últimos rincones donde se leía aún, el Churriador, la Lechuza, Rodolfo y Flor de María, eran tan populares como un momento lo fueron en Francia los héroes de Madame Cottin o en Inglaterra Lovelace y Clarisse Harlowe. Por eso Sarmiento, frescamente desembarcado en París, da noticia de Tortillard, Brazo-Rojo y la Rigoleta, sintiendo que, por los barrios donde Rodolfo daba aquellos puñetazos fenomenales, se haya "abierto por medio de la Cité, una magnífica calle que atraviesa desde el Palacio de Justicia hasta la plaza de Nuestra Señora, iluminada a gas y bordada de estas tiendas de París, envueltas en cristales como gasas transparentes, graciosas y coquetas como una novia".

Luego se echa a vagar, a flaner, como él dice, deteniéndose extasiado ante esta palabra que ninguna otra lengua posee y que tan bien expresa ese dulce abandono del cuerpo y del espíritu, flotando entre los mil atractivos que lo solicitan al pasar. "Ando lelo; paréceme que no camino, que no voy, sino que me dejo ir, que floto sobre el asfalto de las aceras de los boulevares". Siento consignar este detalle, ¡oh jóvenes snobs de todas nacionalidades, inclusa y especialmente la nuestra, que llegáis a París como si hubiérais visto la luz en la ciudad ideal de todas las perfecciones y encontráis todo común, vulgar, chato y despreciable! Siento daros ese mal rato: Sarmiento se quedaba "con un palmo de boca, contemplando la Maison Dorée, el Café Cardinal o los Baños Chinescos". ¿Pero es un mal rato, en verdad, para los snobs, esa reminiscencia? Para ellos, Sarmiento no figura, acaso, entre esas cosas vulgares, chatas e indignas de atención? Por mi parte, tengo mi juicio hecho bien pronto, a favor de esa piedra de toque invariable: joven que, llegado a París, le juega indiferencia, no se admira de nada y hasta mete pullitas compadres al compañero que, como Sarmiento, se queda lelo: imbécil.

Sarmiento, vagando en las calles, se pierde a cada momento y es de ver la admiración profunda que le causa la hospitalaria cultura del pueblo francés, la solícita atención con que el primer viandante le pone en el buen camino, le acompaña si es necesario, corre tras él si de nuevo toma una calle que no va—y todo dentro de esas fórmulas exquisitas de: Ayez la complaisance... Soyez assez bon... que son la menuda moneda de la urbanidad de esta gente. Hoy mismo pasa el mismo fenómeno, y en todo tiempo los viajeros que han recorrido la Francia han consignado igual impresión. Pero a la verdad, fuera de que en Alemania o en Inglaterra cualquier pasante os pone en el buen camino (sólo entre nosotros se suele encontrar al chusco que endereza al extranjero camino del Once, cuando quiere ir al Retiro) ¿esa hospitalidad, en Francia, se encuentra también de puertas adentro? Sarmiento mismo, si la hubiera buscado ¿habría encontrado en París una acogida del género de la que recibió Gotinga, en aquel sereno centro intelectual, perdido en el fondo de la Alemania y al que no parecían llegar las brisas del mundo? Cuando un inglés os recibe en su casa, veis en su cara, sentís en la atmósfera de su hogar, que aquel accueil es sincero, completo y sin límites. Un francés os recibe sonriendo, os presenta sonriendo a su familia, que sonríe toda, os da muy bien de comer, en un comedor abrigado, os brinda buenos vinos y malos cigarros y os despide sonriendo siempre, hasta la vista. Para volver, necesitáis una nueva invitación, que reanude, por así decir, la relación. Algunos prefieren el sistema inglés, los que creen que la humanidad puede ser sincera en algunos momentos y aman verla bajo ese aspecto; otros, que creen saber a qué atenerse, piensan que todo lo que debe y puede exigirse a los hombres, es la cultura externa, y se dan por satisfechos con la sonrisa francesa, que no exige en cambio sino otro pliegue de labios y que pone a todo el mundo cómodo. Entre nosotros, el problema se ha resuelto por lo hondo: no se abre la puerta, no se recibe a nadie: la señora no está!!

III

Haciendo Sarmiento la enumeración de todos los atractivos que ofrece París para el pensador, el literato, el petimetre, el gastrónomo, el artista, etcétera, habla de un tal Leverrier, que "anda persiguiendo en los espacios celestes y llamando a todos los astrónomos que se aposten en tales o cuales lugares que él señala, para cogerlo al paso a un planeta que el dice que hay en el cielo, porque debe haberlo, por requerirlo así una demostración de las matemáticas". Neptuno estaba, en efecto, en el punto del cielo fijado por la genial penetración de Leverrier y encuentro admirable esa robusta fe en la ciencia y la razón, por parte de un joven americano, como Sarmiento, sobre el que no hace mella la burlona incredulidad del París de entonces.

Otra de las miradas penetrantes de Sarmiento, en ese momento, atraviesa el caos de la situación social y política de la Europa. "En medio de la gendarmería de las ideas dominantes,—escribe—oficiales, moderadas, ve usted moverse figuras nuevas, desconocidas, pensamientos que tienen el aspecto de bandidos, escapados al bagne, al presidio en que los han confundido con los criminales de hecho, ellos que no son más que revolucionarios". Más tarde, en Italia, su visión se completará y poco le faltará para predecir el trastorno profundo que, un año después iba a sacudir la Europa entera y abrir las puertas, por decir así, a las verdaderas corrientes modernas. La revolución de 1848 estalló en París y repercutió en Berlín, Viena, la Europa entera, cuando Sarmiento estaba ya de regreso en Chile. Esta noticia debe haberle producido el mayor júbilo de su vida, porque había regresado de Europa con la convicción de que mientras imperaran como ideas dirigentes los residuos de la Santa-Alianza o el impuro y estrecho burguesismo de Luis Felipe, no habría esperanza de regeneración para el mundo americano.

Al pasar, Sarmiento da cuenta de que también ha desaparecido, como las tabernas de la Cité, otra fisonomía del pensamiento francés, el eclectismo, que "ha muerto de muerte natural, como todas las cosas caducas que no están fundadas en la verdad". Para Sarmiento, que veía las cosas de arriba y que no iba a buscar en los programas universitarios cuál era la corriente de ideas imperante, el eclectismo, la pomada de M. Cousin, había realmente muerto. Sin embargo, en esos meses, Jacques y Simón trabajaban en el manual que debía ser, hasta poco antes del 70, el libro clásico de la enseñanza filosófica. Si en vez de perder su tiempo en visitas inútiles y empresas inspiradas por el más puro patriotismo, algún amigo hubiera llevado a Sarmiento a la bohardilla donde trabajaba Augusto Comte ¡qué admirable retrato tendríamos del ilustre pensador y con qué claridad Sarmiento habría valorado la influencia de su doctrina sobre el desenvolvimiento de la ciencia! ¡Cómo habría reído también, dentro de su barba, él, profundamente liberal, pero profundamente práctico también, si Comte le hubiera comunicado su visión de una sociedad organizada sobre los principios de su política! Después de la tiranía bestial de un Rosas, nada ha detestado más Sarmiento en su vida que el jacobinismo en todas sus formas...

Pero helo ya hecho un parisiense; un amigo, que no debía de ser lerdo, le da de entrada una lección de vida práctica, de gran valor para él. "No bien hubimos llegado, dice, llevóme a los Frères Provençaux, donde cenamos ambos por 60 francos; al día siguiente, por 30, almorzamos en el café de París; en un restaurant comimos por 10, en un pasaje; al día siguiente, fuimos a almorzar por 3 y a comer por 32 sueldos al Passage Choiseul; últimamente a una abominable pocilga, detrás de la Magdalena, decorada con el nombre de Hotel Inglés, donde se sirve carne cruda de procedencia más que sospechosa, porotos duros y cerveza infame, todo por un franco, para regalo de los que quieren salvar el honor de la bolsa, afectando anglomanía. Había, pues, en tres días, recorrido los siete escalones de la vida parisiense y conocido el camino que va de la opulencia a la escasez, haciéndome mi mentor este curso para precaverme de todo accidente. Lá-dessus, podía permanecer tranquilo; en una crisis financiera, conocía ya el camino del soi-disant Hotel Inglés".

He quedado pensativo después de este párrafo. ¡Cómo sería aquel Hotel Inglés, para haber hecho esa impresión sobre un estómago como el de Sarmiento! Para darse una idea de la indiferencia absoluta con que acometió—y eso hasta en su vejez—cualquier plato que se le ponía por delante, y de la conciencia de su valor en esas refriegas, no puedo resistir a la tentación de transcribir este delicioso cuadro. Sarmiento viaja en Africa y es agasajado por un jefe árabe bajo la tienda. En una postura incómoda, que él trampea un poco, a pesar de su origen árabe, levantando una rodilla a la altura de la cara, esperaba a pie firme la diffa, el banquete obligado. Pero oigámosle: