"La diffa se anunció al fin; precedíala un plato de madera lleno de tortas fritas, colocadas simétricamente para dar lugar y apoyo a una docena de huevos durísimos que formaban una pirámide hacia el centro. Un árabe se lavó sólo la punta de los dedos en una sucia y abollada vasija de cobre, en la cual se nos sirvió en seguida agua para beber, más tarde leche de oveja, y luego agua de huevo. A cada ronda que la malhadada vasija hacía, seguíanla mis ojos de mano en mano para llevar cuenta de los puntos del borde donde los árabes ponían sus labios. ¡Esfuerzo inútil! Al fin descubrí una abolladura inaccesible que me reservé desde entonces para mi uso personal. El árabe que se había lavado dos dedos lo suficiente para alcanzarse a discernir de lejos la costa firme que descubría la parte virgen de la mano, me descascaró dos huevos que engullí casi enteros, a fin de que pasase cuanto antes aquel cáliz de mi boca."
"Tenga Vd. paciencia, mi querido amigo, ya ve que cumplo con la promesa que a petición suya le hice de describirle las costumbres árabes. Las tortillas fritas vinieron en seguida, y aunque crasas y espirituosas en fuerza de lo rancio de la mantequilla, yo sostuve como un héroe mi posición, sin pestañear, sin titubear un momento, sin echar mano siquiera de uno de tantos subterfugios y engañifas de que en iguales casos se habría servido un gastrónomo vulgar. Más hice todavía. Habiéndome revelado algunos que aquel lago fangoso que se divisaba en el fondo del plato y que yo había respetado, tomándolo por sebuno depósito de la fritanga, era miel de abejas, descendí hasta él con los pedazos de las tortillas, alzando una buena porción en cada revuelco. Hasta aquí todo marchaba en el mejor orden; pero aún faltaba lo más peliagudo de la empresa, y nada se había hecho, si no lograba hacer pasar el cuscussú, verdadero quis vel quid, para estómagos europeos, de la regalada gastronomía del desierto. Es el cuscussú una arenilla confeccionada a mano, hecha con harina frita sin sal y anegada después en leche. Confieso que cuando se presentó el enorme plato que lo contenía, el cuerpo me temblaba de pies a cabeza, no obstante que nunca he tenido miedo a manjar ninguno; un sudor helado corría por mis sienes, y el estómago, no que el corazón, me latía cual gime el niño a quien el pedagogo manda al rincón. Lo peor del caso era que yo debía principiar, como el héroe de la fiesta, sin lo cual nadie era osado de hundir su cuchara de palo en la movible arena farinácea. Repentinamente, como el que al bañarse en el mar se precipita de cabeza después de haber vacilado largo tiempo, presintiendo la impresión del frío, yo enterré mi cuchara hasta el mango, y sacándola llena de cuscussú y leche la sepulté en la boca. Lo que pasó dentro de mí en ese momento resiste a toda descripción. Cuando abrí los ojos, me pareció hallarme en un mundo nuevo; todos mis tendones contraídos por el sublime esfuerzo de voluntad que acababa de hacer, se fueron estirando poco a poco, y dispersándose con la alegría de soldados que abandonan la formación después de disipada la alarma, hija de alguna noticia falsa. De todo ello he concluído que, o el cuscussú no es abominablemente ingrato; o que Dios es grande y sus obras maravillosas; o, en fin, que no se ha inventado todavía el potaje que me ha de hacer volver la cara."
IV
Un momento, Sarmiento se había halagado con la idea de que la fuerza de la oposición contra el ministerio Guizot, encabezada por M. Thiers y uno de cuyos tópicos más formidables de ataque era la cuestión del Río de la Plata, empujaría al gobierno francés a tomar una actitud enérgica no sólo en nombre de la civilización y la humanidad, sino también de la dignidad de la Francia. Para dar una idea de la indiferencia pública respecto a los asuntos argentinos, indiferencia que reflejaba con mayor vigor aún en las esferas del gobierno, Sarmiento recuerda el folletín, que era el corte periodístico literario a la moda, que acababa de escribir León Gozlan, anunciando el establecimiento de una casa donde todos los agitados de la política, de las artes, de las letras y de la finanza, encontrarían, tarifadas, las horas de sueño necesarias para reparar sus insomnios caseros. Por el momento, la receta era hacer leer, en voz alta y entre bostezos, por un empleado de la casa "noticias del Río... de... ¡aah!... la... Plata! el Ge... ne... ral ¡aah!... Madari... aga ha derro... ta... do...!" El remedio era infalible y todo el mundo dormía a los cinco minutos. "Ese es el lugar que en la opinión pública ocupan nuestros asuntos del Río de la Plata", agrega Sarmiento.
Ya don Florencio Varela, a pesar de la acogida personalmente simpática que recibió de altas notabilidades francesas, había hecho la misma triste experiencia, y antes que él, Rivadavia y don Valentín Gómez, como después de todos ellos cuantos han tenido por su desgracia que ocuparse de las relaciones de nuestro país con esta Francia fantástica, que ardía de entusiasmo por los griegos sometidos a la dominación, en el fondo mansa, de los turcos, y consideraba a Rosas como un gobierno conservador, estable y progresista. Lamartine, recuerda Sarmiento, preguntaba a Varela qué idioma hablábamos, y un periodista pedía al mismo Sarmiento pormenores sobre nuestras luchas con los mahometanos. Medio siglo más tarde, un ministro de negocios extranjeros de una monarquía europea, me preguntaba a mí si era cierto que la República Argentina pensaba, con el Salvador, Guatemala, Honduras, etc., formar un solo Estado... Hay que habituarse a estas cosas, trabajar en silencio y orden, hasta que nuestro país se levante tan alto sobre la línea del horizonte, que la distancia, como a los cuerpos celestes, no impida verlo y admirarlo. Si no me es permitido llevar, como Sarmiento, piedras ciclópeas para la fundación, llevemos cada uno nuestro grano de arena; nuestros hijos harán el resto, como nosotros hemos tratado de completar honradamente la obra de nuestros padres...
Sarmiento no se desanima, como no se desanimó jamás, por ese estado de la opinión y emprende su patriótica cruzada. Su primer choque es con M. Dessage, jefe del departamento político del Ministerio del Interior y brazo derecho de M. Guizot. Sarmiento le explica: "Entre nosotros hay dos partidos, los hombres civilizados y las masas semibárbaras.—El partido moderado, me corrige M. Dessage, esto es, el partido moderado que apoya a Luis Felipe, el mismo que apoya a Rosas.—No, señor, son campesinos que llamamos gauchos.—¡Ah! los propietarios, la petite propriété, la burguesía...—Los hombres que aman las instituciones, continúo...—La oposición, me rectifica el ojo y el oído de M. Guizot, la oposición francesa y la oposición a Rosas de esos que pretenden instituciones! Me esfuerzo en hacerle entender algo, pero imposible! Es griego para él todo lo que hablo. En resumen, para ellos: Rosas igual Luis Felipe. La mazorca=el partido moderado.—Los gauchos==la petite propriété.—Los unitarios=la oposición.—Paz, Varela, etc.==Thiers, Rollín, Odilon-Barrot."
La conversación con M. Guizot es premeditadamente banal por parte de éste, que afecta creer que Sarmiento, viniendo de Chile, donde ha pasado seis años, no está interiorizado de los asuntos del Río de la Plata.
La entrevista con el vicealmirante Mackau, ministro de marina, es uno de los buenos trozos de la narración. Mackau es un imbécil acabado, de espeso cerebro al que no penetran las ideas ni a martillo. Cuando no entiende, sonríe afablemente, lo que hace que pase la vida sonriendo. Sarmiento, más cómodo que con M. Guizot, le espeta un discurso en tres partes, soberbio, admirable, el mejor que haya pronunciado jamás, según él, y de pronto se apercibe que el ruido de sus palabras llega al oído del almirante como un "vago auvergnat" que no ha escuchado ni comprendido. El rencor de Sarmiento es formidable, y cuando más tarde ve a Mackau ocupar su asiento en la Cámara, en el banco de los ministros, le llama molusco!
Sarmiento va a buscar la opinión de los americanos mismos, residentes en París y en todas partes encuentra "igual incapacidad de juzgar". "San Martín es el ariete desmontado ya, que sirvió a la destrucción de los españoles; hombre de una pieza; batido y ajado por las revoluciones americanas, ve en Rosas el defensor de la independencia amenazada y su ánimo noble se exalta y ofusca. Sarratea el compañero de orgía de Jorge IV, antes de ser rey de Inglaterra, viejo escéptico, Voltaire que no ha escrito, hoy todavía en París mismo modelo de finura, de gracia noble y de sencillez artística en el vestir, tiene, con más talento y menos despilfarro, la gastada conciencia de Olañeta. Rosales, el hombre más amable, el cortesano de la monarquía, todo bondad para nosotros, ha sido educado en este punto por Sarratea, su Mephistópheles, el cual lo lanza a las confidencias con Luis Felipe, a quien pone miedo con la indignación de la América."