En fin, ve a M. Thiers. Este le escucha con atención, le pregunta por Varela, se muestra satisfecho de sus datos, del nuevo aspecto de la cuestión que le presenta, mucha agua bendita, mucho jarabe de pico, pero en el fondo, el egoísmo feroz del orador y del político, que no ve sino temas de discursos y argumentos de oposición, en la agonía de un pueblo entero que perece bajo la bota de un bárbaro. A la despedida, como un obsequio singular, Thiers comunica a Sarmiento, bajo la mayor reserva, que en la próxima sesión de la Cámara, a la que le invita a asistir, va a hablar tres horas. Me represento al petulante marsellés regocijándose ya del efecto que va a producir sobre el espíritu de ese joven americano, a quien ha descubierto ilustración y talento y que se va a convertir, de regreso a su lejana patria, en trompeta de su fama.

Y Sarmiento va a la Cámara, contempla el curioso espectáculo, sobre todo para un sudamericano de entonces, de esas sesiones tumultuosas, vacías y teatrales. Desde entonces me parece que el régimen parlamentario está condenado a sus ojos. Treinta años más tarde, redactaba yo El Nacional de Buenos Aires y no era, por cierto, tierno para la administración de Avellaneda. Sarmiento, como era natural, era siempre el primero en la casa y los artículos que se le ocurría escribir, venían directamente al Gerente, que los entregaba a la composición, sin darme aviso, de acuerdo conmigo, sino en los casos en que era necesario mechar de verbos el artículo o apuntalar una que otra frase que había quedado en el aire. No recuerdo a propósito de qué incidente en el que el Ministerio había hecho un triste papel en el Congreso, y tomando como base los estudios sobre la Inglaterra en el siglo XVIII, de M. de Rémusat, escribí un artículo convencido, entusiasta y, a mi juicio, irrefutable, sobre las ventajas del régimen parlamentario y la necesidad de reformar nuestra constitución en ese sentido. Al día siguiente, al mismo tiempo que recibía cuatro líneas cariñosas y aprobatorias del doctor Vicente F. López, llegó a mis manos... mi propio diario, El Nacional. En el sitio de honor, que era el que se reservaba siempre a todo lo que Sarmiento escribía, porque el estilo bastaba para firmarlo, se registraba la filípica más furibunda que el redactor de El Nacional hubiera recibido hasta entonces. Iluso, ignorante, atrevido, propagador de malas ideas, ¡qué no me decía Sarmiento! Tuve un momento de indignación ante esa falta de atención, de consideración para con un hombre que desde que había empezado a pensar por sí mismo, había sido un partidario decidido y ardiente de Sarmiento. Tomé el diario y me fuí derechamente a su casa, dispuesto a decirle todo lo que tenía adentro y poner las cosas en su lugar. Me recibió con su cordialidad un tanto uniforme para todo el mundo, y antes de darme tiempo de tomar una actitud trágica y comenzar mi dolora, tomó la palabra, como siempre, y debutó por esta frase:—"¿Ha visto usted un artículo preconizando el sistema parlamentario en El Nacional de ayer?"—Ni una palabra del autor; y en el fondo, no sé si sabía que era o no mío, ni le importaba un bledo. De ahí partió para una carga a fondo contra su cauchemar, tan completa, tan enérgica y tan decisiva, que mis convicciones tambalearon y ante aquella elocuencia, aquel saber y aquella experiencia, en vez de formular las recriminaciones proyectadas, incliné la cabeza, hice la venia y salí.

Después he visto el régimen parlamentario en acción, como todos los que han inventado los hombres para gobernar las sociedades; lo que he visto en Francia y especialmente en España, país cuyas condiciones políticas y electorales se acercan más a las nuestras, no ha sido por cierto como para debilitar las opiniones de Sarmiento. Ningún sistema es bueno cuando no encarna la tradición de un pueblo, sus costumbres y sus ideas. Por eso el gobierno parlamentario es una maravilla en Inglaterra y un absurdo en España. Por eso pienso que, hoy por hoy, el mejor régimen político para la Rusia, es la autocracia. Nadie me podrá quitar de la cabeza que es una inspiración de insano dar derechos electorales a los negros de Dakar o a ciertos blancos del otro lado del agua...

En el recinto, Sarmiento ve a "M. Mauguin, centro izquierdo, a Berryer, centro derecho, en la izquierda a Barrot, Arago, Cormenín, Ledru-Rollin. Lamartine, el vizconde, que tenía su asiento en la extrema derecha, va caminando hacia la izquierda, como Beaumont y Duvergier de Hauranne; Emilio de Girardin está en el beau milieu del centro, es ministerial". La descripción del discurso de Thiers, a pesar de la admiración que su facundia y su habilidad le causan, revela en Sarmiento la triste impresión que le produce la inanidad de esas paradas oratorias. El aplomo doctrinario, el soberbio desdén de M. Guizot, la autoridad pedante de sus maneras de magister, la falta de honestidad que en el fondo hace ver la defensa de hechos turbios, de verdaderos atentados a la moral pública, la obediencia servil de aquella masa de elegidos del sufragio restringido, pero cuidadosamente escogido, todo hace comprender a Sarmiento que aquel régimen está condenado y sus días contados. Esa monarquía de Julio, que muchos conservadores en Francia consideran hoy mismo como la época edénica de la libertad política, fué uno de los sistemas más corrompidos y corruptores de la historia francesa. Entre otros detalles, Sarmiento recuerda aquella donación a Luis Felipe del corte de los bosques, que a razón de un corte por siglo debía producir cuatro millones de francos anuales y al que, por una talla devastadora, el rey ciudadano hizo producir setenta y cinco millones el primer año!...

V

La narración de la visita de Sarmiento a San Martín, es floja, o mejor dicho, la entrevista misma no responde a nuestra expectativa. Se adivina que ha debido ser incómoda, poco cordial, a pesar de la deuda de gratitud que el ilustre guerrero tenía para con el escritor que había reivindicado en el corazón de Chile, el puesto de honor que correspondía a San Martín. Podemos hoy hablar, con la reverencia que debemos a nuestros mayores, sobre todo a hombres como el vencedor de Maipo, con la verdad que la justicia de la historia impone. Debía ser necesario todo el respeto y toda la gratitud inteligente de los hombres como Varela, Sarmiento y otros argentinos ilustres que visitaban a San Martín en su retiro, para rendirle ese homenaje. El envío de la espada de los Andes, símbolo vivo de la más pura de nuestras glorias, al tirano brutal que condenaba ante los ojos del mundo el esfuerzo por la independencia, debió herir mortalmente el alma de los patriotas que hacía quince años, en el destierro, en la prisión, en el martirio, sostenían la causa de la libertad. Es esa una triste página en la historia del gran emancipador, tan triste como el abandono frío que hizo de su patria agonizante, para ir a buscar en los campos de batalla, con un ejército que consideraba suyo a la manera de un condottiere italiano, la gloria militar que ambicionaba. No, no es posible sostener que la adhesión de San Martín a Rosas venía de su americanismo exaltado y de su temor o su odio al extranjero. El extranjero, para él, había sido el español, el godo, y precisamente la única legión de extranjeros que combatía por Rosas, era el cuerpo de 600 españoles que, a las órdenes de Oribe, estrechaba el sitio de Montevideo. Lo que había en el fondo era un odio, sí, pero contra los hombres del congreso de 1826, contra los unitarios, que al pasar San Martín delante de Buenos Aires, no pudieron olvidar que a su desobediencia y al indiferentismo con que miró las angustias de su patria, bajo pretexto de no manchar sus laureles en las luchas civiles, debimos los horrores del año XX. Los unitarios pudieron equivocarse y la historia empieza ya a juzgar severamente los errores de los más preclaros de entre ellos; pero la pureza de intención de los que elevaron a Rivadavia a la presidencia, será siempre un título de respeto para todas las generaciones de argentinos.

Nada encuentro más digno de veneración que la figura y la acción de los hombres civiles de la lucha por la independencia, nada más noble y grande que el valor, la perseverancia inteligente, la serena tenacidad de Pueyrredón. La vida de campaña, la batalla, la victoria, la entrada triunfal en las ciudades conquistadas ¿no es acaso un sueño vivido para un militar? ¡Para ellos, a quienes el mundo dió todo lo que el hombre puede aspirar sobre la tierra, las estatuas, las tumbas regias, los honores póstumos! ¡Para el patriota abnegado que luchó, con el santo amor de la patria en el alma, en medio de la asechanza, del odio, de la división y de la discordia, sacando de la miseria recursos para armar ejércitos, con la Europa entera coaligada contra su país, con Artigas en las selvas, los portugueses en Montevideo y Morillo en el horizonte, para él, para Pueyrredón, el olvido y la ingratitud nacional! ¡No sé donde está su tumba!

Fuera de las páginas consagradas a su acción colosal en los trabajos históricos de López y Mitre, no hay un libro en nuestra literatura sobre el Directorio de Pueyrredón. Y sin embargo, ¿qué vida más preciosa y qué tema más simpático puede encontrar la pluma de un escritor argentino? Las estatuas han empezado a levantarse sobre nuestro suelo, símbolos vivos de la gratitud nacional. No sé que exista ni un busto de Pueyrredón. Nuestros partidos de campaña, nuestros departamentos lejanos, van recibiendo el nombre de los hombres secundarios de la revolución o las luchas civiles. A Pueyrredón también se le asignó el suyo, pero como si fuera por un propósito premeditado de olvido, nadie llama al partido Pueyrredón, sino Mar del Plata. Por fin, en la misma ciudad de Buenos Aires, donde existe una plaza "Lorea", pero no un habitante que pueda decir quién fué ese ciudadano así glorificado, donde dos de las calles principales se llaman de Buen Orden y la Piedad, existe sólo una callejuela, creo que es la más corta de todas, para conmemorar la memoria del gran Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata.

Hago un llamado a la juventud argentina y le entrego esa obra de reparación. Si ella estudia esa vida, su entusiasmo por aquella nobleza de alma, esa altura y esa distinción intelectual, ese valor moral incomparable, la llevará a realizar lo que nosotros debimos hacer y no hemos hecho, y pronto la soberbia figura de Pueyrredón se levantará en una de nuestras plazas, para orgullo de nuestros ojos.

VI